Veíamos en el anterior post la diferencia fundamental que se da entre la aplicación de un saber técnico (el del alfarero, por ejemplo) y la de un saber moral (la aplicación de unas normas morales generales a los casos concretos de nuestras vidas). Para ahondar en este asunto, Gadamer se detiene en la consideración del ámbito judicial, en la aplicación de las leyes por parte del juez. Porque, efectivamente, el caso del juez es diferente al del artesano. No se puede aplicar la ley a rajatabla, en todas las ocasiones y a todas las personas, no por nada, sino porque la casuística es infinita e imposible de recoger en unos cuantos artículos, por muchos que sean. Precisamente por esto ―como muy agudamente observa Gadamer― el juez es consciente de que en ocasiones tendrá que hacer algunas concesiones a la ley general con la finalidad precisamente de salvaguardar la justicia, ya que aplicando la ley general al pie de la letra puede no ser justo atendiendo a la particularidad de la situación concreta. Por su carácter general, la ley no puede contemplar toda la diversidad de la situación concreta y, como ya vio Aristóteles, de esto el juez ha de ser consciente. También nosotros cuando somos ‘jueces’ de nosotros mismos.
Para la definición de la ley general Aristóteles distinguía entre el derecho positivo (humano) y el derecho natural, ninguno de los cuales es inalterable. Esta ‘movilidad’ del derecho natural no iría a favor de ningún relativismo ―en su opinión―, sino todo lo contrario: sería la condición necesaria para su función; por ejemplo, para servir de guía o de contraste ante la oposición entre dos leyes positivas. Gadamer reconoce que para Aristóteles «la idea del derecho natural es completamente imprescindible frente a la necesaria deficiencia de toda ley vigente», pero no de un modo directo, digamos, sino desde un punto de vista más crítico, en el sentido de algo a lo que se pueda apelar ante una discrepancia entre dos leyes. La ley natural tendría que ver con algo así como la naturaleza de las cosas, también la naturaleza de las cosas humanas. Una cosa es ‘la’ valentía, y otra es cómo ser valiente aquí y ahora. Más que algo concretamente aplicable, la ley natural viene a ser como un patrón de las cosas, como unas directrices morales que hay que conocer y saber aplicar. No son meras convenciones, sino que es un reflejo de la naturaleza de las cosas, un aire de lo humano.
Porque claro, el asunto no pasa por resolver cuestiones concretas de nuestras vidas, sino de enderezar buenamente nuestra vida. El saber moral no atiende únicamente a casos concretos (que también) sino que afecta a la vida global del individuo. Es un saber no meramente enseñable, sino un saber que se ha de interiorizar, haciéndolo uno consigo mismo, para convertirnos en nuestros mejores consejeros. No se trata de aprender unas normas morales, sino de ser capaz de discernir en cada ocasión qué sea lo mejor; tarea harto complicada cuando «no existe una determinación, a priori, para la orientación de la vida correcta como tal». Y el que es capaz de saber lo que hay que hacer en cada ocasión posee el nous, cuyo opuesto no es el error o el engaño sino la ceguera: «El que está dominado por sus pasiones se encuentra con que de pronto no es capaz de ver en una situación dada lo que sería correcto», sino que estima como correcto lo que su pasión le sugiere.
Cuando uno alcanza este nous puede llegar a comprender verdaderamente al otro, porque posee la capacidad de desplazarse por completo a la situación del otro (sin quedarse en los parámetros propios). Y esto, ¿cómo es posible? Aquí Gadamer explica una idea aristotélica que a mi juicio es clave: el punto de conexión entre mi mundo y el mundo del otro pasa por ir ambos tras la búsqueda de lo justo, de lo verdadero, de lo bueno… nexo de comunicación que posibilita el encuentro entre los dos mundos, una relación de comunidad que apunta en la misma dirección. Cuando alguno de los dos individuos no responde a esta intención, la posibilidad de comunicación se trunca de raíz, y se genera el desencuentro y el consecuente enfrentamiento. Tal es el caso de quien Aristóteles denomina deinós, quien engatusa a los otros con un aparente saber moral para buscar únicamente su propio beneficio. No es casualidad que esta expresión sea sinónima de ‘terrible’ pues «nada es en efecto tan terrible ni tan atroz como el ejercicio de capacidades geniales para el mal».