La otra noche comenzamos una nueva edición de nuestras sesiones de ‘Filosofía entre tapas y vinos’. Este curso vamos a trabajar la Historia de la filosofía de Julián Marías, que hoy en día se puede considerar ya un clásico. Marías le pidió a Zubiri, profesor suyo, que se lo prologara, tarea que éste aceptó con gusto. Si traigo esto a colación, es porque en este ‘prólogo a la primera edición’ Zubiri hace una introducción a lo que es la filosofía en cuanto a su ejercicio y su objeto ciertamente interesante. Empecemos por el segundo asunto, y en segundo lugar atenderemos al primero.
Ha sido frecuente, sobre todo en los últimos siglos que es cuando se han delimitado sus ámbitos, contrastar el conocimiento científico y el filosófico. Ambas, tanto la filosofía como la ciencia, comparten un afán por conocer, por saber. Ambas pretenden alcanzar el mismo objeto, a saber: la realidad, en el seno de la cual estamos nosotros, las personas. Pero no pretenden alcanzarlo igual, lo que propicia que, en el fondo, no traten por igual tampoco a sus objetos: «la distinción fundamental entre ciencia y filosofía no se resuelve comparando el estado de conocimientos de ambas, sino que surge de la naturaleza distinta de sus objetos», dice Pons Doménech. ¿Qué quiere decir esto?
Desde que surgió la ciencia tal y como la conocemos hoy en día, en la época moderna, se puso enseguida sobre la mesa (así Descartes, pero también Kant, o Husserl) si se podía comparar la filosofía con las disciplinas científicas desde el tipo de conocimiento que proporcionan: ¿puede la filosofía suministrar un conocimiento apodíctico como las matemáticas, aun como la física? Con la intención de conocer del modo más riguroso y posible, de la anterior comparación surgió de modo natural la aspiración al método que proporcione el mayor número de evidencias. Al final, la mayor proximidad o lejanía a este método acabó estableciéndose como un criterio del conocimiento. Dice Zubiri: «en la medida en que la filosofía no posee este tipo de conocimiento y este método seguro de las demás ciencias, su defecto se convierte en una objeción contra el carácter científico de la filosofía».
La cuestión es si así se trata con la suficiente radicalidad la diferencia entre ciencia y filosofía, o no se roza la cuestión fundamental, porque no está claro que se pueda establecer esa diferencia en torno al carácter más o menos riguroso del conocimiento respectivamente alcanzado. Quienes así piensan, critican a la filosofía desde una cierta concepción del conocimiento cuyo paradigma no es sino el científico, pretendiendo aplicarlo unívocamente a todo saber estricto y riguroso, también a ella. ¿Es esto correcto?
Si se parte de esta concepción, lo que se está haciendo es dar ingenuamente por supuesto que el objeto de la filosofía está ahí, en el mundo, y que de lo único de que se trata es de encontrar la vía segura que nos conduzca a él. ¿Es el objeto de la filosofía un objeto de este tipo? Zubiri piensa que las ciencias en general, tanto la física como la historia o la teología, se refieren a un objeto más o menos determinado con el que ya se ha encontrado, de modo que lo que tiene que hacer el científico es dirigirse ‘a él’ y plantearse ‘ante él’ varios problemas cuyo intento de solución constituye la realidad de la ciencia. Si una ciencia no tiene claro qué es lo que persigue, más allá de la complejidad asociada a cualquier objeto científico, significa que todavía no es ciencia. En absoluto se quiere decir con esto que el objeto científico esté perfectamente definido, así como establecida la estrategia para alcanzarlo, ni mucho menos, sino más bien que el científico trata con algo que espera encontrar ahí, motivo por el cual realiza un sinfín de experimentos de carácter empírico para confirmar o desmentir sus teorías.
La suerte de la filosofía es muy diferente en lo que a su objeto se refiere. Y ¿cuál es el objeto de la filosofía? Cuando uno se plantea esta pregunta se da cuenta que no está tan clara la cosa, comienza por no tener claro cuál es su objeto propio, o cuanto menos no parte de su previa posesión como la ciencia. La filosofía se puede entender ante todo como un esfuerzo, una pretensión por esclarecer aquello que pretende estudiar: «la filosofía tiene que comenzar por justificar activamente la existencia de su objeto, su posesión es el término y no el supuesto de su estudio, y no puede mantenerse sino reivindicando constantemente su existencia». Esto llama la atención: ¿no es algo paradójico?, ¿qué se quiere decir con ello? No hay que entender que se trata de un objeto muy complicado, o que no se sepa exactamente cómo cogerlo, sino más bien de que su objeto es intrínsecamente problemático, una problematicidad que Zubiri articula en torno a dos caracteres: que es constitutivamente latente y esencialmente fugitivo.
Que es constitutivamente latente quiere decir que no es algo
que esté ahí, a la vista, a nuestro alcance, por lo menos en una primera
aproximación; y, en este sentido, se comprende que no sea comparable a ningún
otro objeto de conocimiento, en concreto al científico. Cuanto se quiera decir
del objeto de la filosofía, no se puede decir desde el mismo plano desde el que
se habla del objeto de las demás ciencias, sino que tendrá que decirse desde
otro plano, que habrá que esclarecer. ¿Quiere decirse con ello que es una
especie de objeto oculto, misterioso, que sólo algunos privilegiados podrían
atender? En absoluto: lo que la filosofía estudia no se halla separado de ningún
objeto real, sino que de alguna manera les pertenece a todos ellos, aunque
atendidos desde otra clave a la de las ciencias. Por esto es latente, porque el
objeto de la filosofía se encuentra latiendo bajo todo objeto, palpitando. La filosofía
estudia a la persona y a la realidad, pero no lo hace como lo hacen ni la
medicina, ni la psicología, ni la física ni las matemáticas; y no porque los
estudie desde un ámbito científico que ellas no abarquen, sino porque los
atiende de otro modo.
Este carácter hace que el objeto de la filosofía sea esencialmente fugitivo. ¿Por qué, de qué huye? Huye de la tendencia de la mente humana a quedarse en el plano de lo primariamente dado, que es el plano habitual de nuestras vidas cotidianas, y aun el de las ciencias, a pesar de todo lo que puedan profundizar, porque esta profundización siempre se realiza, como es natural por otra parte, desde su clave metodológica. Es necesario para el filósofo, una vez aprehendidas inicialmente las cosas, que obre sobre ellas una nueva aproximación de modo que su aprehensión no se quede ya en lo primariamente aprehendido, sino que, desde dicha noticia primaria, vehicule su aprehensión a esta dimensión latente. No se trata, pues, de descubrir nuevas cosas, sino de atender a las mismas cosas que otras ciencias atienden, pero desde otro tipo de consideraciones.
Esto no es algo de lo que uno pueda hacerse cargo si a una no va caminando: qué sea el objeto de la filosofía es algo que se esclarece cuando uno —el futuro filósofo— ha comenzado ya la ‘ingente faena’ que es ponerse a filosofar. Es en este abrirse paso que se le va perfilando al filósofo la figura de su problema. Es fácil que uno comience a filosofar sin tener claro esto, pensando que lo que está haciendo es filosofar, cuando seguramente obedezca —desde la ignorancia— a un propósito intelectual diferente. Aun pensando que lo que hacemos inicialmente es filosofar, en absoluto ello quiere decir que este primer avance coincida con el principio de la filosofía; más bien al contrario: será con el paso de los años que se irá dando cuenta de esta circunstancia. Qué sea la filosofía y cuál sea su objeto se comienza a esclarecer al final del camino, y no al principio de su quehacer; un esclarecimiento que no se podría dar si no hubiera comenzado con estos confusos pasos primeros, necesarios por otra parte. ¿Se puede decir que un bebé está caminando cuando da sus primeros trastabillos? Seguramente no. Sin embargo, si no los diera no aprendería a caminar; en el sentido en que, gracias a ellos, aprenderá a caminar, se puede decir que está ya empezando a caminar, aunque no lo esté haciendo en sentido estricto. De modo análogo, se puede decir que estos barruntos iniciales ya son filosofía, aunque no suponga su ejercicio estricto; por esto afirma Zubiri que «la filosofía consiste en el proceso mismo de su madurez». Un proceso de maduración que ha de ser experienciado por cada filósofo, de modo que la filosofía y su concepto llevan de la mano al filosofar.
Esto nos lleva a la conclusión de que todo lo que se tenga que decir del objeto de la filosofía deberá ser dicho desde consideraciones radicalmente diversas a la de las otras ramas del saber, como reconoce Pons Doménech. Por este motivo debemos cuestionarnos si cuando desde marcos diversos al filosófico se realiza una valoración de la filosofía, se trata de un planteamiento adecuado, no sea que esta valoración se realice de modo acrítico. Nos quedaba un segundo asunto que tratar, pero eso ya próximamente.