Thomas Hobbes es conocido por su teoría acerca del Estado, aunque también tuvo formación científica. Nació en el año 1588, y murió a la edad de 91 años, en 1679. De estricta y puritana educación, su padre abandonó a la familia, siendo criado por un familiar. Estudió en Oxford, familiarizándose con la filosofía aristotélico-tomista, de la que se distanció. En 1608 se graduó, comenzando a trabajar como tutor de un noble inglés, el conde de Devonshire, lo que le proporcionó la oportunidad de conocer Europa, contactando con grandes intelectuales del momento (como el mismo Descartes, Bacon o Galileo). Vive en primera persona una época difícil en su país, como es la guerra de los tres reinos (Inglaterra, Escocia e Irlanda), disputada entre monárquicos y parlamentarios, quienes defendían respectivamente la monarquía absoluta (que venía directamente de Dios) o el poder del pueblo.
Según MacIntyre, quizá sea Hobbes el autor más representativo a la hora de recoger la diferencia entre el espíritu social moderno, y el medieval. En él está presente la disolución de la ‘comunidad social’ propia de la Grecia clásica o de la cristiandad medieval, produciéndose una disolución del sentido general y aglutinador de sus miembros, ya preanunciado por Lutero y Maquiavelo. Ya no existe en el horizonte un bien generalizadamente compartido que se identifique con un bien para ‘el hombre’, sino que este paradigma se comienza a fisurar, adquiriendo relevancia el bien para ‘cada hombre’. En este sentido, es difícil hablar de prácticas compartidas, de esfuerzos conjuntos para alcanzar ningún bien, pues todo depende del interés particular. La moralidad deja de girar en torno a la consecución de dicho bien general, para desplazarse hacia las relaciones sociales, tanto las relaciones del individuo con los demás, como las suyas propias que afecten al resto, y en términos en los que el bien común se desdibuja, así como también se desdibuja el bien del individuo y la conexión de éste con aquél.
Seguramente tuvo que ver en esto su bagaje científico, de corte mecanicista. Frente a causas de carácter metafísico, Hobbes apostaba por causas de carácter material: sólo existía lo material, nada que ver con un imaginario mundo de lo inteligible. Fiel al espíritu científico de la época, sólo cabe adquirir conocimiento desde los objetos materiales, que interaccionan entre sí únicamente mediante causas mecánicas: no hay ninguna causa subyacente que diera razón de la naturaleza. No en vano se sintió muy atraído por la ciencia de Galileo Galilei. El método científico tuvo influencia relevante en él. Cuenta Abrey en su biografía sobre Hobbes:
«Se encontraba en la biblioteca de un caballero y los Elementos de Euclides estaban abiertos en el libro I. Leyó una proposición y exclamó (de vez en cuando profería alguna exclamación para dar énfasis a sus afirmaciones): ‘¡Diablos! ¡Esto es imposible!’ Entonces, leyó la demostración, que lo remitió a otra proposición, la que fue leída por él. Ésta lo remitió a otra, la que también leyó. Et sic deinceps (y así sucesivamente) hasta que se convenció de la demostración de esa verdad. Esto le hizo amar la geometría».
Según parece, esto ocurrió el año 1629, cuando Hobbes contaba con 41 años. De alguna manera, estas ideas influyeron en su pensamiento político. Hasta entonces, Hobbes no sentía ninguna simpatía por la ética aristotélica: en su opinión, Aristóteles confundía los conceptos con las cosas designadas por esos conceptos, la reflexión sobre los conceptos con la reflexión sobre las cosas referidas. Con lo cual, se caía también por su propio peso la teoría hilemórfica, así como la teoría metafísica sobre existencia y esencia. No por eso Hobbes rechaza todo esbozo conceptual; de hecho, es lo que él busca, busca establecer las nociones de justicia, de soberanía o de poder, en un contexto muy distinto al ideal clásico, en el que las relaciones entre el poder del estado y sus súbditos eran inciertas e inestables. Pero lo hará no desde el planteamiento clásico, sino desde el marco definido por la geometría euclidiana y el mecanicismo galileano: hay que dar razón del comportamiento humano tal y como la ciencia da razón del movimiento de los cuerpos.