29 de septiembre de 2026

La paradójica condición de la persona actual

No hace mucho tuve la ocasión de leer una entrevista que F. Attwood realizó a Zygmunt Bauman en la que se hacía eco de una tensión propia de nuestro mundo occidental, que en absoluto está bien resuelta, y que tiene que ver con las posibilidades con que contamos hoy en día para establecer vínculos. Llama la atención la frase que encabezaba a dicha entrevista: “Cuanto mayor es la facilidad con que se pueden anudar y romper las relaciones, eso constituye la fragilidad (como se aprecia en esta obra de mi amigo José Cosme). Pero estamos perdiendo las habilidades necesarias para que nuestras relaciones sean realmente estables”. Como no podía ser de otro modo, Bauman realiza observaciones muy agudas.

Mirando uno a su alrededor se da cuenta de que cuando la gente comienza una relación vinculante, sea del carácter que sea, no necesariamente afectiva, está más preocupada por la puerta de salida que por la de entrada. Este hecho que puede ser entendido como algo de sentido común, vela una actitud de fondo que es lo realmente problemático; actitud que permea no tanto las relaciones profesionales o sociales, como sobre todo las personales, y en la que podemos identificar dos caracteres: uno, su fragilidad; dos, y quizá más grave, que con dicha actitud se ha perdido el romance. Insisto, no hay que entender este ‘romance’ únicamente en sentido amoroso, sino como esa actitud en virtud de la cual uno lo pone todo, uno apuesta todo porque vale la pena, uno no se reserva nada porque piensa que ahí está el secreto de la vida.

Hasta no hace mucho comprábamos cualquier artefacto con la intención de que durase muchos años, de que si se estropeaba había que llevarlo a reparar. Ello te llevaba a una actitud de respeto; sí, de respeto hacia las cosas, cuidándolas, usándolas como se debían usar. Hoy en día ocurre todo lo contrario: compramos las cosas a sabiendas de que si le pasa algo, o si el mercado ofrece versiones mejores, sólo tenemos que tirarlas y comprar otras nuevas. No nos damos cuenta de que la permanente novedad nos hace tan volátiles en la vida como el humo que se disuelve en el aire; que la facilidad con que se pueden comenzar y finalizar las relaciones nos hace quebradizos, endebles. Estamos perdiendo la capacidad para poder establecer relaciones estables y duraderas. Cuando uno sabe que la salida es fácil, o muy fácil, hasta el más mínimo roce o desacuerdo hará saltar por los aires cualquier tipo de vínculo, dejarlo de lado y olvidarlo. Surge un temor hacia todo lo que suponga un compromiso más allá de lo inmediato, a no poder tirar por la borda aquello que no funcione como uno espera.

Esto supone un problema antropológico muy importante. Por un lado, la novedad, la carga de sorpresa que conlleva lo que está por venir, supone un atractivo muy grande. Además de que da cierta sensación de libertad, quizá engañosa al no ser más que un gustirrinín por la mudanza. Por el otro, no deja de haber en el fondo de nuestro corazón cierto anhelo hondo de establecer vínculos fuertes, de saber que podemos confiar en el otro, de saber a qué atenernos, de amar profundamente en definitiva.

Creo que estas dos dimensiones forman parte de nuestro modo de ser, y de alguna manera son un tanto contrapuestas. Por lo general, lo fácil, lo llamativo, lo extravagante, suele ganar terreno frente a lo difícil, lo desapercibido, lo habitual. No es sencillo en absoluto alcanzar esa sensibilidad que permite buscar lo sereno, o amar lo cotidiano. Qué peso tenga cada una de estas dos dimensiones dibujará de alguna manera la figura humana que es cada cual.

Esta figura está muy condicionada socialmente; por ejemplo, con la idea de bienestar. Nuestra sociedad occidental aspira a ser una sociedad del bienestar. Pero ¿qué es bienestar? Muy rápidamente, se suele entender como la ausencia de problemas, con una día a día más fácil, con la consecución de nuestros objetivos cuantos más y más rapidamente mejor, con poder disfrutar de la vida. Cabe preguntarse qué repercusiones tiene este modelo, tan común hoy en día, sobre nosotros, sobre las personas, sobre nuestro modo de ser. ¿Es esto lo que realmente queremos? ¿Realmente preferimos sacrificar nuestro anhelo de profunda intimidad a la sucesión continuada de novedades de una vida facilona? La novedad siempre me permite no comprometerme demasiado, la posibilidad de empezar de cero otra vida cuando quiera; pero nunca me dejará vivir la gratificante experiencia de un vínculo correspondido: de dos personas que se aman, que comparten sus vidas en toda la profundidad de su existencia. Y es en ese vaivén en el que nos movemos las personas, un baile en el que cada cual trata de situarse.

Para ello lo primero es saber dónde está uno, y si es ahí donde realmente quiere estar. Es fácil encontrar sustitutos que nos dan la apariencia de felicidad, cuando lo que hacen no es sino soslayar los problemas y las dificultades de la vida, barriéndolas debajo de la alfombra. Estos sustitutos, entre los cuales cabe situar la agitación, las continuas relaciones esporádicas, cuánto más si son online, no son sino un refugio ante la dificultad de la vida la cual, en algunas ocasiones, ciertamente se puede volver insoportable. Online las cosas son mucho más fáciles: no sólo porque nos ayuda a evadirnos de la insoportable rutina, sino porque ahí no hay problemas; o mejor: si los hay, rápidamente los hago desaparecer, me desconecto o cancelo el problema en cuestión. Poco a poco lo online se va transformando en ‘nuestro mundo’, donde nos sentimos cómodos, donde se secundan nuestras opiniones o nuestras creencias. Cuando entramos en la nube, accedemos a la zona de confort que nos hemos diseñado: como agudamente dice Bauman, lo que encontramos en internet no son sino cámaras de eco que nos dicen lo que queremos oír. Pero ese mundo es engañoso, difícilmente equiparable al mundo offline, el cual requiere estrategias muy distintas, que aterran al sujeto online: requiere saber hacer frente a las diferencias, a las dificultades, a las crisis. El asunto pasa por averiguar qué mundo, o qué actitud subyacente a cada mundo, quiero para mi vida: uno puede estar profundamente sólo en medio de una multitud, y profundamente acompañado con una sola persona.

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