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3 de marzo de 2026

¿Qué color tienen las cosas? (2 de 2)

Tal y como comentábamos anteriormente, no estaba tan clara nuestra percepción de las escenas, así como el papel que la iluminación jugaba en ello, lo cual va unido inextricablemente a nuestra visión de los colores. Y veíamos también cómo los artistas manejaban todo ello para conducirnos por su cuadro por los caminos que ellos habían trazado previamente, y de los que nosotros no somos conscientes. Efectivamente, no hay ‘una’ iluminación, sino que más bien la iluminación se puede entender como un campo en el que se encuentra el objeto y nos encontramos nosotros, y en virtud de la cual ciertas cosas destacan ante nosotros, y otras permanecen en el fondo, en segundo plano. Si ese campo está iluminado por el Sol, la luz de una bombilla se nos presenta amarillenta; si lo está por una bombilla, la luz solar se nos presenta anaranjada.

Pero lo llamativo o asombroso de esto es que el color de los objetos se nos presenta constante, aun cuando su apariencia bajo luz solar o luz artificial sea diferente. En nuestro mirar hay una correlación natural entre las apariencias y nuestras respuestas cinestésicas, algo que vivimos continuamente en nuestras experiencias visuales. Se da una especie de pacto entre nuestro modo de estar en el mundo y las cosas que se nos presentan así iluminadas, pacto que difícilmente rompemos. Cuando estamos bajo una bombilla, seguimos hablando de la constancia de los colores del espectro, aun siendo fenoménicamente diferentes a esos mismos colores bajo la luz solar. Lo cierto es que en cada uno de estos dos casos los objetos son percibidos con colores diferentes, de modo que todo color-cualidad de los objetos siempre está mediatizado por un color-percepción. Y, cuando el nuevo ambiente diferente al solar se convierte en habitual, recomponemos de nuevo el espectro de colores en función de dicho nuevo ambiente, vinculándolo de alguna manera con el espectro habitual bajo la luz solar, aun cuando veamos colores diferentes.

Una cosa es el color que tenga un objeto (color-cualidad) y otra cosa es cómo yo me lo represente (color-percepción). Pero el caso es que yo sólo percibo colores-percepción, en el sentido, no de que yo construya arbitrariamente los colores que percibo, sino de que toda percepción se debe a la incorporación de mi cuerpo a un espacio con una iluminación concreta, desde el cual percibo. Incluso en el caso de la iluminación solar no todas son iguales, sino que hay muchas y diversas, tantas como posiciones del Sol en el firmamento. «Así, la iluminación no es más que un momento en una estructura compleja cuyos demás momentos son la organización del campo tal como nuestro cuerpo la realiza y la cosa iluminada en su constancia. Las correlaciones funcionales que pueden descubrirse entre esos tres fenómenos no son más que una manifestación de su ‘coexistencia esencial’», dice Merleau-Ponty. Hay una constancia en el ser de los objetos, lo que no quiere decir que sean de un color determinado, o de que, en su caso, que lo podamos percibir como tal; todo color será siempre un color-percepción, el cual dependerá de la iluminación del campo, de la posición de mi cuerpo en él, así como del carácter del propio objeto y su posición en el campo.

Esta coexistencia es de carácter estructural, no sumativa. Nuestra experiencia es única, resultado de todo ello. Y es una experiencia primaria: sólo por un análisis posterior de carácter científico o intelectual podremos distinguir en ella los momentos que estamos comentando. Si nos quedamos con uno de estos momentos y prescindimos del resto, en el fondo no tenemos nada: ¿de qué color es un objeto separado del resto de objetos, sin iluminación, o sin nadie que lo vea?, ¿qué sentido tiene la iluminación si no hay algo sobre lo que recaiga?, ¿qué puede percibir un sujeto sin iluminación y sin cosa iluminada? La percepción visual es posible únicamente por su reunión estructural, afectándose mutuamente cada uno de estos momentos en el resultante final.

Esto es algo que saben perfectamente los artistas. Cuando un pintor quiere destacar algo, no lo pinta con colores más llamativos, sino que reparte adecuadamente los reflejos y las sombras en los objetos circundantes para que destaque: así nuestra mirada se ve enderezada hacia él, como si viéramos la luz al final de un túnel. Si giramos una linterna alrededor de una figura, aun cuando no veamos la linterna, la identificamos siguiendo el juego de luces y sombras a que da lugar. Es decir, hay una lógica de la iluminación, una coherencia vivenciada a nivel prelógico, que será la que dé lugar a un análisis lógico de la misma. Una lógica prelógica que es la que nos hace determinar algo como aberrante, precisamente cuando no casa con nuestra experiencia previa prerreflexiva, porque no entendemos que pueda formar parte del mundo.

Esto que hablamos desde la percepción del color encaja con lo que decíamos sobre la percepción en general, y de cómo lo relevante era que, bajo toda percepción, subyacía un fondo, una constancia fundada en una ‘consciencia primordial’ del mundo como horizonte de todas nuestras experiencias. Y, del mismo modo, lo que se ha dicho sobre el color se puede extender al resto de sentidos, como por ejemplo al tacto.

9 de septiembre de 2025

La noticia perceptiva privilegiada

Veíamos en otro post cómo hablar de cuál es lo complicado que era hablar de la ‘imagen objetiva’ de las cosas. La verdad es que los análisis que realiza Merleau-Ponty en su Fenomenología de la percepción son sumamente interesantes. Pensemos, por ejemplo, en nuestra percepción de una mesa: su forma o su magnitud no es algo que me sea dado como algo invariable, todo lo contrario: es algo que va cambiando continuamente conforme yo voy girando alrededor de ella. En cada posición que ocupe a su alrededor obtendré una percepción diferente, formas y magnitudes distintas: desde arriba, desde abajo, desde el costado, de frente, más cerca, más lejos. Cada cambio de posición de mi cuerpo, por minúsculo que sea, implica una percepción diferente de esa mesa. ¿Cuál de todas es su imagen objetiva?
  
Mi experiencia es que, contando con esto que estoy diciendo, presumo que bajo todas esas percepciones hay un objeto que es como es, y que es precisamente el que se me presenta de diversas maneras. Es en la sucesión de percepciones de la mesa en lo que se funda la constancia de sus relaciones, y desde la que aventuro la estabilidad de sus propiedades. Esta constancia de las formas y de las magnitudes en la percepción no es resultado de una tarea intelectual, sino que surge naturalmente de mi relación con ella; es decir, es algo que se constituye en la relación prelógica que tengo con la mesa, que el sujeto tiene con el mundo, y en virtud de la cual se instala en él. Es con esta postulada estabilidad con la que identifico una percepción ‘objetiva’ de la mesa, la cual luego emparejo con aquella realizada a una distancia y a una posición relativa oportunas, que será la que a posteriori me sirva de referencia para hilvanar las percepciones que de ella pueda tener. Será a partir de esta percepción privilegiada que podré afirmar que la mesa está cerca o lejos, está derecha o al revés; sin ella, ¿cómo lo podría saber? «Esta percepción privilegiada garantiza la unidad del proceso perceptivo y recoge en ella todas las demás apariencias», dice Merleau-Ponty.

Los objetos solemos percibirlos según esta referencia privilegiada, realizada tras la asunción de una distancia óptima y una perspectiva adecuada para percibirlos, y que mantenemos memorizada sin darnos cuenta. El trato continuado con las cosas va cristalizando en nosotros cómo es objetivamente, aun cuando, seguramente, ninguna o casi ninguna de nuestras percepciones de facto se corresponda con ella. Así, todo objeto ‘solicita’ esa distancia y esa perspectiva para ser visto, bajo las cuales da de sí mismo lo que puede dar ‘objetivamente’, de modo que, más acá o más allá, más arriba o más abajo, sólo se obtiene una noticia confusa. Pero estos parámetros óptimos no son definidos científicamente, sino que son consecuencia de la percepción prelógica y acostumbrada según la función que adopten en nuestras vidas, y que será la que tensione cualquier otra percepción. Será ello lo que me diga que estoy situado oblicua, y no frontalmente; que estoy muy lejos, o muy cerca; que estoy en la posición relativa adecuada, o en una desacostumbrada. Estas percepciones ‘distorsionadas’ no nos proporcionan noticias realmente distorsionadas de las cosas, sino otras percepciones también reales pero que se distancian de la asumida como privilegiada. Y nos dan información de la posición de nuestro cuerpo respecto de ella.

Mi cuerpo siempre influye en la percepción que tenga de la cosa. Siempre ha de estar en una posición concreta, en virtud de la cual percibiré la cosa de una manera y no de otra. Como digo, la relación entre esta perspectiva y la privilegiada no es el resultado de un estudio científico, sino de mi experiencia prelógica con un mundo. Mi experiencia se da entre las cosas, pero a la vez las trasciende, porque toda experiencia se da en ‘el marco de cierto montaje respecto del mundo’. Y las trasciende porque, implícitamente, tensionamos nuestras percepciones hacia esa percepción privilegiada que nos dice lo que sea la cosa objetivamente, invitándonos a ir allende la primera. Esa percepción privilegiada la identificamos con cómo sea la cosa en sí misma cuando, como hemos visto, no deja de ser una percepción más, y en absoluto la más frecuente.

Efectivamente, esa constancia subyacente a todas las percepciones de una cosa nos remite a la postulación de un mundo, y de una experiencia de que sus fenómenos junto con mi cuerpo están rigurosamente vinculados. Pero esto no es algo que se despliegue ante nosotros como si fuéramos poseedores de una mirada divina, como un espectador absoluto, sino como un sucederse de puntos de vista en cada uno de los cuales participamos formando parte de los mismos; y es esa pertenencia nuestra a un punto de vista lo que posibilita que, desde él, podamos transitar a los demás: se trata de un punto de vista finito, limitado, y, a la vez, en franquía, abierto a otros puntos de vista con los que se vincula fenomenalmente, llevándonos a un ‘mundo total’ como horizonte de toda percepción. Las experiencias perceptivas se encadenan, se implican unas a otras, se precipitan entre sí, de modo que la percepción del mundo no es sino una dilatación de mi campo de percepción propiciado por mi situación en él, sin transcender nunca las estructuras esenciales de ello: ¿podría ser? «El mundo es una unidad abierta e indefinida en la que estoy situado».

7 de enero de 2025

Esa pretendida objetividad de las cosas

Es experiencia común percibir las cosas con ciertas propiedades o caracteres estables, lo cual se traduce en nuestra percepción en ciertas ‘constantes perceptivas’, tal y como las define Merleau-Ponty. Ahora bien, aquí hay que distinguir dos aspectos: uno, que efectivamente las cosas presenten una estabilidad en virtud de las cuales las percibimos así, como ‘estas’ cosas y no estas ‘otras’; y dos, que para nada es evidente que, de aquí, podamos dar con cómo sean las cosas ‘objetivamente’, en una objetividad suya ajena a nuestras percepciones, o como resultado de todas ellas. A poco que lo pensemos, nos damos cuenta de que, efectivamente, solemos distinguir en nuestra percepción de los objetos aquello que entendemos que les pertenece a ellos mismos, de lo que pensamos que son noticias accidentales de las percepciones que hemos hecho de él, y que no le afectan en cuanto tal. Lo que no está tan claro es qué sea accidental y qué le pertenezca objetivamente: ¿dónde está la frontera?, ¿a partir de qué estimamos que tal forma o tal magnitud son, efectivamente, una forma o una magnitud que le pertenecen objetivamente a ese objeto?, pregunta interesantísima que nos lanza el pensador francés.

Pensemos en la percepción de una figura geométrica, un cuadrado. Solemos definirlo en virtud de cómo se presenta en un plano frontal a nuestra visión, y a una distancia media (ni muy lejana, pues iría empequeñeciéndose hasta convertirse en un punto minúsculo, ni muy cercana, pues nuestra mirada quedaría empastada en el plano que lo alberga confundiéndose en él). Así, podemos distinguir a un cuadrado de un rombo, por ejemplo, el cual queda definido en las mismas condiciones: mirada frontal y a una distancia media. Estas condiciones de percepción se definen en virtud de nuestra posición respecto a tales figuras, adoptándolas como punto de referencia, con relación a las cuales identificamos las ‘apariencias fugitivas que no se corresponden con lo que ellas son’: es así como construimos la pretendida objetividad de las cosas.

Pero el caso es que estas percepciones así definidas no son más verdaderas que tantas otras que podamos tener. Es más, muy raramente percibimos en la naturaleza cuadrados frontalmente, sino que las más de las veces los solemos percibir oblicuamente, en forma precisamente de rombos. ¿Cómo sabemos que eso que vemos con forma de rombo, es un cuadrado y no un rombo? O al revés: ¿cómo sabemos que un rombo percibido oblicuamente, apareciéndosenos como un cuadrado, es efectivamente un rombo y no un cuadrado? Sólo podemos distinguirlo si tenemos en cuanta nuestra orientación, la posición de nuestro cuerpo, a partir de la cual hacemos una reconstrucción psicológica de lo percibido, tratando de comprobar si es efectivamente un cuadrado o no, si es efectivamente un rombo o no. Y aquí está el meollo: como muy agudamente ve Merleau-Ponty, «esta reconstrucción psicológica de la magnitud o de la forma objetiva, ya concede aquello que debería explicar: una gama de magnitudes y formas determinadas, entre las cuales bastaría escoger una, que sería la magnitud o forma real».

Esta idea es genial. Definir el cuadrado tal y como lo definimos no es más que una opción entre otras, y ‘decidimos’ que su objetividad resulta de tal definición. Lo que nos abre a dos problemas: el primero es averiguar si, efectivamente, ‘esta opción’ que escojo entre todas las demás es la que nos asegura la forma ‘objetiva’ de eso que estoy percibiendo, es la que nos define las propiedades estables de la cosa en cuestión; el segundo, quizá más grave, es tratar de comprender cómo, ante la infinidad de percepciones que tengo de un objeto, en constante dinamismo, se me puede dar en el flujo de mis experiencias ‘el’ modo de ser de la cosa, su modo de ser ‘objetivo’.

Quizá esa pretendida objetividad de las cosas no sea tal, cuando menos en su definición perceptiva, lo que no quiere decir en absoluto que las cosas no sean estables en su modo de ser, en el seno de determinadas escalas temporales. Ello quiere decir que las magnitudes y formas percibidas nunca son de modo absoluto ‘las’ magnitudes y formas del objeto, sino que son modos de denominar las relaciones perceptivas que, entre el sujeto y el objeto, se dan en el campo fenomenal. «La constancia de la magnitud o de la forma real a través de las variaciones de perspectiva, no sería más que la constancia de las elaciones entre el fenómeno y las condiciones de su presentación». Cómo sea la realidad no se puede saber como resultado de una perspectiva privilegiada, sobre la cual aparecerían todas las demás, sino que es el armazón de relaciones a las que todas las perspectivas satisfacen.

Toda perspectiva no es sino el precipitado de un objeto que se me presenta y una percepción realizada desde una posición de mi cuerpo. Tan cuadrado es un rombo percibido oblicuamente, como es romboide un cuadrado percibido de la misma manera. Si decimos que es aparente o no, lo hacemos en virtud de cómo esté situado nuestro cuerpo en la percepción, y cómo ‘debería estar’ si quisiéramos tener de esos objetos ‘la’ perspectiva ‘objetiva’. En este caso, esa perspectiva aparente ya no se sufre, sino que se comprende. Pero estas formas ya no son ‘objetivas’ como tales, sino ‘escogidas’, escogidas arbitrariamente por la correspondiente situación de mi cuerpo ante el fenómeno. Toda orientación de mi cuerpo presenta una apariencia concreta del mismo objeto, así como de los objetos próximos; en todas estas apariencias la cosa no deja de ser lo que es, con sus propiedades estables, y se nos presenta como tal porque todas las percepciones que de ella tenemos arrojan unas magnitudes y unas formas que caben en las relaciones que definen al objeto como tal, así como en las que mantiene con su entorno. Es en su estabilidad propia en lo que se funda la equivalencia de todas sus perspectivas, así como la identidad de su ser. Una estabilidad que se adivina como el fondo de sus figuras, pero como una presencia no sensorial, sino metasensorial.

13 de agosto de 2024

La percepción prelógica del mundo

Veíamos lo interesante que era analizar el movimiento de un objeto, no tanto desde la trayectoria que describe, sino desde el mismo objeto, desde el móvil que es el que describe tal trayectoria. Cuando analizamos lógica o científicamente un movimiento de un objeto, si podemos hablar de ‘movimiento’, es porque dicho movimiento existe antes que el análisis que de él podamos realizar, y en virtud del cual lo ‘objetivamos’, lo definimos ‘absolutamente’ según descripciones rigurosas o ecuaciones matemáticas; los movimientos existen previamente al ‘mundo objetivo’ origen de todas las afirmaciones que podamos realizar sobre él, movimientos previos de los cuales tenemos noticia también, pero no una noticia lógica, sino prelógica, vivencial, existencial. Este movimiento primario es prelógico: cuando el lógico comienza su trabajo, ya hay todo un mundo prelógico en activo, al cual hay que tratar de acceder para comprender en su génesis la experiencia del mundo. Porque el mundo no está hecho de ‘cosas’ que se mueven, sino de transiciones en general; ninguna cosa es estática; todo, absolutamente todo, está en devenir, está en continua transformación, también nosotros.

Si hablamos de que ‘algo’ está en tránsito es porque ese algo parece que permanece en el seno de un contorno más volátil, definiéndose únicamente porque su forma de pasar está ralentizada respecto al movimiento que posee. Ese entorno no es tampoco un entorno ‘en general’, sino que es el entorno en el que cada observador se sitúa y en el seno del cual pone lo que para él existe; y está descrito por unas coordenadas espaciotemporales. Efectivamente, lo que exista para un observador le está presente en el espacio que le circunda, y envuelto en un mismo intervalo temporal; un intervalo temporal que no es más que una sección arbitraria de ese todo tempóreo que es su estar en el mundo. Cada intervalo deviene del anterior, es su continuación, para desembocar en el posterior, el cual será continuación de éste. Su identificación se debe a circunstancias extrínsecas al propio devenir tempóreo, en función de las cosas que estén presentes y del modo de estarlo. Todo presente encierra algo de su pasado y de su futuro, expresándose precisamente en su devenir tempóreo.

Así las cosas, qué sea aquello que se mueva o no dependerá de nuestro campo visual, el cual es mucho más que un recorte del mundo objetivo al que tenemos acceso, mucho más que un paisaje con bordes claramente definidos. Porque lo cierto es que vemos mucho más de lo que vemos con claridad. E incluso vemos ‘lo que no vemos’, como acontece cuando escuchamos un sonido familiar tras la puerta cerrada que, sin ver explícitamente el objeto que lo ha generado, tenemos la experiencia de que sí que lo vemos. El límite del campo visual no es el tránsito de la visión a la no-visión, ya que muchos elementos no-vistos forman parte también de mi campo visual, como las partes que no vemos de las cosas que están delante de nosotros. Como dice Merleau-Ponty, «nos es preciso reconocer lo indeterminado como un fenómeno positivo. Es dentro de esta atmósfera que se presenta la cualidad».

Qué vemos y qué no vemos depende de nuestra situación en el mundo; y qué se mueve y qué no se mueve, también, pues el movimiento es algo estructural, lo que no quiere decir que sea meramente relativo o arbitrario. Pero no es algo que nos venga dado de modo ‘absoluto’: «lo que da a una parte del campo valor de móvil, a la otra parte valor de fondo, es la manera como establecemos nuestras relaciones con ambas por el acto de la mirada».

Mi mirada influye en las cosas, porque mi ojo no es una pantalla en la que se proyectan las cosas, sino un modo de llegar a ellas. Mi mirada vaga hasta que se fija en el objeto, hasta que hace presa en él, tensándose al atenderlo. Y este ‘fijarse’ no es un desplazamiento geométrico y objetivo, sino una ‘marcha hacia lo real’. El cuerpo proporciona al ojo su poder perceptor, en tanto que le sitúa ante un campo y le engrana al mundo: cómo capte a ese objeto dependerá de cómo el ojo esté anclado en la situación, todo lo cual puede ir cambiando. No es una percepción explícita, clara, sino experiencial, mundanal.

Berkeley ya vio algo de esto en su Ensayo sobre una teoría de la visión (1709), cuando se hacía eco de la profundidad de nuestra visión, es decir, cómo identificar que una cosa está lejos o cerca. Que una cosa la veamos más cerca o más lejos depende del ángulo de convergencia entre la noticia visual de la cosa y nuestros ojos: pero esa distancia siempre estará definida en referencia a nuestro sistema visual; si bien siempre podremos distinguir que un objeto esté más próximo o más lejano a nosotros, hablar de ‘cerca’ o de ‘lejos’ depende de la naturaleza de nuestra visión, de nuestros ojos: lo que para nosotros es cerca, para otro individuo puede ser lejos. Esta propiedad, o también el tamaño de los objetos, se dan en referencia a nuestra instalación corporal en el mundo, precisando por lo demás de parámetros de referencia experimentados, y seguramente no como tales. Las cosas las percibimos de acuerdo con las proporciones y las posibilidades humanas .

Cuando atendemos a ciertos puntos de referencia, estos nos son dados preconscientemente como ‘ya’ puestos en ‘nuestra’ percepción, motivo por el cual, precisamente, nos demoramos en ellos. Para poder ver, antes hay que haber sido visto, con una mirada ‘que me abraza y me permite ver’. Para ‘otros ojos’, para otra percepción, valdrán otros puntos de referencia. Esto se pone de manifiesto claramente en dos situaciones: a) cuando otros eligen unos puntos que no son los nuestros, ‘viendo’ cosas que a nosotros nos han pasado desapercibidas, algo que nos sorprende; y b) en situaciones ambiguas, en las que los puntos de referencia no surgen claramente, de modo que no podemos percibir con todo nuestro ser, en tanto que le falta precisamente un asidero al que anclarse. Es en este nivel prelógico en el que hay que situarse para comprender el origen de nuestra percepción del movimiento, sobre la cual trabajan el científico y el lógico, también el psicólogo.

14 de enero de 2020

La percepción, toda una artista

Uno de los caracteres más notables de nuestro cerebro es su capacidad para procesar la información que le llega desde sus órganos sensibles. Hasta hace poco, se solía pensar que los sentidos actuaban de forma individual y que el cerebro los procesaba por separado. Cada uno se encargaba de un tipo de percepción, y la gestionaba según un curso propio. Los ojos veían, la boca degustaba, las manos tocaban... No obstante, el estado actual de la cuestión parece contradecir esa idea. Para muestra un botón: no hace muchos años, en la Universidad de California se llevó a cabo un experimento cuanto menos curioso. En él, se mostraba a una serie de individuos un flash de luz, al que acompañaban de dos breves tonos sonoros. Luego se pidió a los participantes que explicaran su experiencia. Lo lógico hubiera sido que explicaran aquello a lo que fueron sometidos: una luz y dos sonidos. Lo sorprendente fue cuando la mayoría de ellos afirmaron que lo que ellos experimentaron fue, junto con los dos sonidos, dos flashes de luz. Es decir, la percepción visual ‘fue arrastrada’ por la auditiva.

Este pequeño ejemplo muestra cómo, efectivamente, nuestros sentidos interactúan entre ellos. Desde que comienza una percepción, se encargan de aumentar, potenciar a otros sentidos, de competir incluso entre ellos, y de alterarse unos a otros de formas asombrosas. Lo curioso del caso es que esa mezcla de información sensorial es esencial para que el cerebro componga una imagen del mundo exterior.

Esta habilidad de nuestro cerebro para mezclar las informaciones procedentes de diversos sentidos no es innata, sino que es preciso aprenderla tras nacer. El cerebro nace con unas posibilidades de fábrica, posibilidades que hay que ir definiendo en función de la biografía de cada uno de nosotros. Esta tarea es fundamental, ya que ser capaces de integrar de forma rápida lo que nuestros sentidos nos ofrecen nos capacita para situarnos adecuadamente en nuestro entorno y hacer juicios al instante en referencia a los que sucede a nuestro alrededor. La importancia de sentir y de percibir tiene, desde un punto de vista evolutivo, mucho sentido, puesto que nos prepara para enfrentarnos al entorno y salir airosos de ello. En nuestro caso, no sólo nos permite saber qué comer, de qué defendernos, o si algo es o no peligroso, tal y como acontece al resto del mundo animal; también hace que podamos entender el mundo en que vivimos, lo cual también repercutirá indudablemente en nuestras vidas.

La importancia de este aprendizaje se pone de manifiesto cuando nuestro cerebro no recibe ‘toda’ la información que debiera recibir para su normal funcionamiento. Esta carencia la suple ‘construyendo’ el percepto, es decir, ‘añadiendo’ a dicha información aquello que le faltaba. Quizá sea ésta una de las características más sorprendentes de nuestra forma de relacionarnos con el entorno, como dice Vollmer: «Quizá la característica más sorprendente de la percepción humana es su inclinación a formar totalidades y modelos, completando perfiles incompletos, integrando estímulos-clave de distinto orden y en general valorando las aportaciones de los diversos estímulos como si quisiera lograr una ‘buena Gestalt’». Aquí se encuentra, por otro lado, el fundamento del famoso test de Rorschach.

Esto que estamos comentando se pone especialmente de manifiesto cuando esos procesos no funcionan correctamente. En cualquier momento de los mismos, se pueden dar distintas disfunciones, que hay que saber detectar, identificar y considerar en la vida del individuo para subsanar sus posibles efectos adversos. Y el caso es que el cerebro está diseñado para suplir estas deficiencias, las cuales con frecuencias pasan inadvertidas. Estas deficiencias son de distinta índole. Por ejemplo, en la entrada sensible de la información, se pueden recibir menos datos de lo que se puede considerar normal (deficiencia en nuestros sentidos) o, por el contrario, más (hipersensibilidad). Otra disfunción tiene que ver con la incapacidad para organizar y gestionar la información que nos llega a través de los canales sensibles. Una tercera tendría que ver con la respuesta que damos a la información sensible, que puede o no corresponderse con los estímulos entrantes: frente a una reacción sana o moderada, bien puede darse una infra-respuesta o una sobre-respuesta, en función de si dicha respuesta no considera suficientemente la información estimúlica o la considera de modo excesivo. Es común que personas generen respuestas desproporcionadas o exiguas ante una situación, lo que indica que poseen un trastorno en la gestión sensorial.

Todo esto tiene que ver con lo que Ayres definió como integración sensorial, a saber: «el proceso neurológico que organiza la sensación del propio cuerpo y del entorno y posibilita emplear el cuerpo de forma eficaz dentro de ese entorno». De este modo —continúa— «los aspectos espaciales y temporales de las entradas de información a través de diferentes modalidades sensoriales se interpretan, se asocian y se unen», todo ello en beneficio de la supervivencia y del despliegue vital favorable del individuo. Una información más sencilla es la que ofrece Herron; según este autor integración sensorial se puede definir también como «el proceso por el cual el sistema nervioso recibe, organiza, archiva e integra la información sensorial para producir una respuesta apropiada».

¡Qué importante es que estos procesos funcionen adecuadamente! Gracias a ellos toda la información que recibimos a través de nuestros sentidos, se integra con la que disponemos previamente almacenada en nuestra memoria gracias a nuestro aprendizaje y conocimiento adquirido con él, para producir una respuesta coherente en función de nuestras inquietudes y proyectos. Ahí es nada.

17 de septiembre de 2019

Un saber sin saberlo

A todos nos ha pasado alguna vez que hemos tenido algún tipo de comportamiento, alguna reacción que nos ha sorprendido, sin saber muy bien por qué, hemos actuado de una determinada manera. Incluso hay rasgos de nuestro carácter, sean más positivos o más negativos, que tampoco sabemos muy bien por qué los poseemos, que en un momento dado nos han llamado la atención porque nos han importunado o, por el contrario, nos han gustado, cuando no es que los hallamos cultivado expresamente.

Decíamos en otro post la importancia que tiene en el desarrollo de cualquier ser vivo, en concreto del ser humano, aprender a sentir y aprender a percibir. Un proceso que, un poco como montado sobre sí mismo, depende de aprehender adecuadamente los estímulos que nos llegan del exterior, lo cual depende a su vez de las estructuras neurales del sujeto. Aquí se produce cierta circularidad, porque de un modo —digamos— dialógico, lo que percibimos va conformando nuestras estructuras neuro-sensitivas, y estas estructuras neuro-sensitivas influirán en aquello que percibamos. Un diálogo que no parte de cero, pues contamos con unas estructuras de fábrica, pero que están continuamente abiertas, es decir, en continuo diálogo con el entorno, el cual contribuirá no sólo a su formación, sino sobre todo a su continua configuración durante el resto de nuestras vidas. Si bien hay unos patrones generalizados propios de nuestra especie, no todos percibimos igual, ni mucho menos; diferencia que se acentúa conforme ascendemos en la complejidad de lo percibido. En todo este diálogo confluyen íntimamente lo fisiológico con lo simbólico, configurándose entre ambos procesos un modo personal.

Nuestra percepción no se agota en aquella información que recibimos de modo consciente. Continuamente estamos recibiendo información, aunque no seamos conscientes de ella. Es cierto que tenemos una capacidad de procesamiento limitada, algo que le ocurre a cualquier especie; pero en el seno de esa limitación, no toda se agota en lo consciente, sino que, a nivel no consciente, estamos recibiendo información de continuo.

Este dato es interesante, máxime cuando le podemos añadir el hecho de que los fenómenos de comprensión del mundo también pueden acontecer de modo no consciente, mediante procesos sub-simbólicos que se dan por debajo del flujo consciente, similares a los que entendemos que se dan en el resto de especies animales. Fijémonos que en los animales se dan procesos mediante los cuales se sitúan en su entorno, convirtiéndolo en su medio. Distintas especies pueden compartir un mismo entorno, pero poseer cada una su medio específico. Estos procesos, si bien no los podemos equiparar del todo a los que se dan en nosotros, sí que es cierto que les proporcionan ciertas herramientas cognitivo-emocionales, de bajo nivel, pero que les habilitan para relacionarse adecuadamente con él. La información es procesada no simbólicamente, sino sub-simbólicamente, pero es procesada también. Pues bien, como afirma Ledoux, este tipo de procesos sub-simbólicos se dan a su vez en el ser humano, además del procesamiento simbólico o conceptual específico de nuestra especie.

A nuestro alrededor se genera una gran cantidad de información, de la cual nosotros sólo captamos una parte en función de nuestras estructuras sensibles; y, a su vez, de la cual sólo captamos una parte aún más pequeña conscientemente. Pero el caso es que recibimos continuamente información de modo no consciente, información que no por ser no consciente, no deja de imprimir una huella en nosotros, todo lo contrario: se aloja en nuestro interior, la almacenamos memorísticamente mediante procesos sub-simbólicos, y en cualquier momento puede ser recuperada apareciendo en nuestro presente. La consecuencia de esto es fundamental: todo aquello que hemos recibido de modo no consciente durante nuestras vidas y que hemos procesado, también contribuye en el modo que tenemos de comportarnos en cualquier presente, pues se erige en una especie de depósito de información, significativa de algún modo, aunque no conceptual, que hemos ido almacenando con el paso de los años. Lo usual es que esta recuperación de la memoria no consciente, este aparecer de repente en nuestro presente, suela darse también de modo no voluntario. Pero aparece. Y este aparecer puede adoptar dos modos principales. Uno, más puntualmente, con motivo de cualquier situación, sin saber muy bien cómo ni por qué. Seguramente tal forma de comportarse, tal reacción, se aprendió en un momento determinado, y se ha producido una nueva situación que evoca aquel momento. El otro, más dilatado en el tiempo, permeando de alguna manera nuestro modo de relacionarnos con el mundo, nuestro modo de actuar, de comprender, de interpretar… Podemos decir que esos aprendizajes van configurando en nosotros una especie de actitud global ante la vida, lo cual unido a todo tipo de experiencias que podamos haber tenido y provocado desde nuestra propia acción, será en definitiva lo que defina nuestro modo de ser, nuestra personalidad.

Todo esto es fruto de esa doble entrada de información, la consciente y la no consciente. Pero no pensemos que la más importante es la consciente, ni mucho menos. En nosotros tiene un peso superior lo no consciente dado que, aunque se extiende a todas las edades de la vida, se da de modo especial en nuestros primeros pasos, que es precisamente cuando nuestras estructuras cognitivas se están conformando. Independientemente de la repercusión que la información consciente tenga en ese bagaje, fruto de todo ello se va generando en nosotros un fondo de conocimientos que no solemos tener claro, unos modos de actuar, de comprender, de vivir, que nos llevan a hacer cosas y a comportarnos sin saber muy bien por qué lo hacemos así. Se trata de un saber sin saberlo.