Pero esto nos aboca a un problema, del que se haría eco (e institucionalizaría de alguna manera) Hume: el problema de la inducción. Berkeley lo explica con estas palabras: «Quizá alguno se preguntará: ¿Cómo podemos saber que una proposición es cierta para todos los triángulos particulares sin que antes la hayamos visto demostrada u obtenida de la idea abstracta de triángulo, aplicable por igual de todos ellos?» (§16). Es decir, ¿hasta qué punto, si una propiedad se cumple en uno o en varios triángulos particulares, podemos afirmar que es común a todos los triángulos que podamos confeccionar, sin pasar por su comprobación en esa idea abstracta de triángulo? Pero esto es otra historia.
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13 de octubre de 2020
Diferencia entre ideas abstractas y nociones generales
Acabé este post con la afirmación de que Berkeley negaba la posibilidad de que pudiéramos conocer ideas abstractas. A poco que lo pensemos, esto puede parecer algo absurdo, porque a todos nos es familiar el pensar en conceptos generales de lo que sea. Pero el caso es que, con ello, Berkeley no está pretendiendo decir que no seamos capaces de abstraer ciertas generalizaciones partiendo de la percepción de cosas concretas, sino del hecho de que podamos pensar en un concepto abstracto absoluto al margen de cualquier nota particular, que es algo distinto. Esta crítica tuvo una gran importancia en una época en la que este tipo de conocimiento abstracto estaba catalogado entre los modos más elevados de conocimiento. De hecho, aunque pueda parecer algo sutil y sin mayor importancia, supuso para Hume uno de los pasos más grandes en el ámbito de la filosofía, tal y como lo escribió en su Tratado de la Naturaleza Humana.
Dice Berkeley: «Reconozco en mí la aptitud de abstraer en cierto sentido, como sucede al considerar determinadas partes o cualidades separadas de otras con las cuales coexisten en algún objeto. (…) Pero lo que no admito es que pueda abstraer una de otra, o concebir separadamente aquellas cualidades que es imposible puedan existir aisladas; ni tampoco que pueda forjarme ideas generales por abstracción de las particulares, en la forma antes expresada» (§10). La causa de que estuviese asumida la posibilidad de pensar y reflexionar sobre conceptos generales, se debía a una extralimitación de carácter lingüístico. Era consciente de que este uso de conceptos generales estaba (y está) íntimamente ligado al uso del lenguaje, cuyos términos se correlacionan con conceptos; el término ‘árbol’ se refiere al concepto general de ‘árbol’, tal y como acontece, por ejemplo, en la definición del diccionario. Y así lo entendía Locke quien, en su Ensayo sobre el entendimiento humano, afirmaba que ‘las palabras adquieren sentido general porque se convierten en signos de ideas generales’. Y aquí está el meollo, pues es aquí precisamente donde Berkeley descubría una inexactitud, porque el correlato de las palabras no son exactamente ideas generales abstractas, sino un conjunto de varias ideas particulares, «cualquiera de las cuales puede indistintamente sugerir a la mente mediante la palabra» (§11).
La verdad es que esta reflexión de Berkeley, aun pareciendo
un matiz menor, es muy sugerente. Si pensamos en nuestro propio pensar,
efectivamente cuando pensamos en el concepto ‘árbol’, nos representamos
distintos árboles, cada uno de los cuales posee unos determinados rasgos particulares que esquematizan de alguna manera los rasgos correspondientes al árbol ‘en general’; y, precisamente por poseerlos, nos pueden remitir al
concepto general. Pero no pensamos en el concepto general en sí mismo. Este
procedimiento se puede hacer con muchas representaciones concretas de ‘árbol’,
como así acontece.
Pero, entonces: ¿no podemos pensar en las generalidades de cosas que posean parentesco entre ellas, entre las distintas especies de seres vivos, por ejemplo? La respuesta de Berkeley es negativa, es decir, que entiende que sí que se puede pensar en este tipo de generalidades; precisamente es por este motivo que distingue entre ‘ideas abstractas’ o ‘conceptos generales’, y nociones generales. Porque Berkeley no niega esta posibilidad: en su opinión se da la existencia de ciertas ideas generales de las cosas forjadas mediante nuestra capacidad de abstracción; lo que niega es la posibilidad de las ideas generales abstractas ya que, como vimos, éstas siempre han de estar presentes en la mente concomitantemente con propiedades de algún individuo particular, por mucho que Locke dijera lo contrario. Y añade Berkeley una idea interesantísima (que, personalmente, me recuerda al concepto de ‘estructura empírica’ de Julián Marías). Cuando explica el pensamiento de Locke, éste asume que el concepto general incluye caracteres que forman parte de cualquier individuo concreto, aunque, al ser el concepto abstracto, digamos que ese carácter aparece hueco, vacío, sin ser llenado de modo efectivo por ningún carácter concreto. Por ejemplo, cuando pensamos en el concepto general de hombre, de naturaleza humana: según Locke, en ella, «va ciertamente incluido el color, pues no hay hombre que de él carezca, pero no es un color determinado, blanco o negro, ya que no hay color alguno que convenga a todos los seres humanos. También incluye en dicha idea de humanidad la estatura, pues todos los hombres tienen una u otra; pero no es ni elevada, ni baja, ni mediana, sino algo que prescinde de estas particularidades. Y así con todo lo demás» (§9). Aparecen todos los rasgos que le corresponden, pero sin adoptar ningún valor concreto, como en vacío.
Berkeley piensa que, lo que en realidad ocurre, es que se adopta una idea particular y, partiendo de ella, se la convierte en general «cuando se la hace representar o se la toma en lugar de otras ideas particulares del mismo tipo» (§12). Pero el caso es que siempre es preciso que cuando se piensa sobre generalidades esté presente, de alguna manera, la representación concreta de algo. Además, en su opinión tampoco son necesarias las ideas generales abstractas ni para el conocimiento ni para la comunicación entre las personas, sino que con las ‘nociones generales’ es suficiente: «Bien sabido es, y lo reconozco de buen grado, que todo conocimiento y toda demostración se apoyan en nociones universales: pero eso no quiere decir que tales nociones se formen por abstracción según el modo ya explicado» (§15).
¿Dónde cabe situar entonces este carácter universal de las
nociones generales? «La universalidad
no consiste, a mi entender, en una realidad absoluta y positiva o concepto puro de una cosa, sino en la relación que ésta guarda con las demás particulares, a las cuales representa o
significa; en virtud de lo cual, lo mismo las cosas que las palabras y
nociones, de suyo particulares, se
convierten en universales» (§15). Ya
digo, esta idea me parece interesante, porque supone una crítica importante a
nuestro modo de pensar las cosas; nos es fácil hablar de ciertos entes
universales, los conceptos, pero, lo cierto es que esos conceptos no pueden ser
efectivamente pensados, en todo caso mentados, lo cual es distinto. Podemos
hablar del concepto ‘árbol’; pero no puede pensarse en sí mismo este concepto,
no podemos pensar puramente en un árbol abstracto y universal abstrayendo todas
sus notas particulares según las cuales cada árbol existe.
Lo que de hecho
hacemos, y creo que Berkeley tenía razón, es pensar en uno o varios árboles
concretos y, a partir de ellos, hablar de las características generales de los
árboles. Ello no quiere decir que no existan características generales de los
árboles (de hecho, podemos hablar de ellas, en general), sino de valorar
críticamente la posibilidad o no de poder pensar el concepto general de árbol,
su idea abstracta, en toda su pureza.
23 de junio de 2020
¿Es posible conocer ideas abstractas?
En la estrategia que va a seguir Berkeley para investigar cuáles sean los principios del conocimiento humano, va a comenzar por un análisis no sólo de las categorías de nuestro pensamiento, sino también de la posibilidad de decirlas mediante el lenguaje. Es por aquí por donde vamos a comenzar para, una vez hayamos realizado esta aproximación, acometer el meollo de su obra.
El reto que nos lanza Berkeley consiste en que probemos a pensar en una idea abstracta, en cualquiera; por ejemplo, en la idea de triángulo. Aunque primero quizá habría que explicar a qué nos referimos cuando hablamos de una idea abstracta. ¿Cómo se forma la idea abstracta de triángulo, el concepto general de triángulo? Según Locke, cuando pensamos en la idea abstracta de triángulo, abstraemos todas y cada una de las propiedades concretas que pueda tener cualquier triángulo concreto, así como sus posibilidades de combinación. Dice Locke: «Porque en la idea de triángulo no se incluye el que sea oblicuángulo o rectángulo, ni equilátero, isósceles o escaleno; sino que el triángulo en general, tal como lo ideamos, es cada uno de éstos y ninguno de ellos a la vez» (§13). El reto es el siguiente: ¿somos capaces de pensar en la idea abstracta de triángulo, generada únicamente por aquellas propiedades que son comunes a todos los triángulos, pero sin pensar en ninguno en concreto? Os invito a probarlo. ¿Puede pensarse un triángulo en general, abstracto, sin tener en mente ningún triángulo en concreto? Pues bien: aquí cabe situar una de las críticas más importantes de Berkeley a la teoría del conocimiento humano, cuya importancia no reside tanto en el trastorno que suponga en el proceso gnoseológico, sino sobre todo por sus repercusiones en la ontología que lo subyace que —a mi modo de ver— es fundamental, obligando a repensarla.
Cuando Berkeley analiza nuestro proceso gnoseológico, encuentra un punto débil claro, a saber: el salto de lo percibido por los sentidos a la elaboración de conocimiento conceptual. Y establece una causa fundamental, de la que se haría eco Nietzsche (entre otros) muchos años después: los excesos cometidos en el uso del lenguaje, herramienta imprescindible para elaborar el conocimiento, pero que se puede volver contra nosotros cuando se asume con demasiada alegría que todo lo que se puede decir tiene que existir. Si nos damos cuenta, este asunto es harto importante porque, si no se logra alguna solución adecuada al problema del conocimiento, muy bien se puede renunciar a la tarea cayendo en el más profundo de los escepticismos o relativismos (algo que nos puede sonar en la época contemporánea).
Berkeley era consciente de la dificultad del conocer, una
dificultad que él atribuía a dos causas principales (§2): «la oscuridad de las mismas cosas o la natural
debilidad e imperfección de nuestro entendimiento»; quizá —dice— estemos
exigiendo a nuestras facultades más de lo que pueden dar de sí, y quizá estén
más enfocadas a mantenernos en la existencia que a escudriñar la esencia íntima
de las cosas y de los seres. Ciertamente, somos finitos y limitados, motivo por
el cual no es tan extraño que caigamos en paradojas y en contradicciones cuando
nuestro conocimiento aspira a satisfacer las más elevadas ansias de conocer.
Sin embargo, él piensa que no es del todo justo pensar así: ¿hasta qué punto es
razonable pensar que nuestras facultades no están hechas para conocer
efectivamente la naturaleza que nos rodea?
Quizá el problema sea otro, quizá sea que no somos capaces
de emplear nuestras facultades como es debido. Dice él mismo: «Es demasiado
aventurado el suponer que, partiendo de principios ciertos y mediante
deducciones perfectamente lógicas, hayamos de llegar a conclusiones falsas e
insostenibles» (§3).
Y se cuestiona con toda lógica qué sentido tiene que
dispongamos de unas facultades las cuales no son capaces de ofrecernos una
imagen fidedigna de las cosas; ¿qué sentido tiene que nuestras facultades no
sean suficientes para satisfacer nuestras inquietudes y ansias de conocimiento?
Como decía, quizá el problema no esté tanto en nuestras facultades, como en el
uso que nosotros hacemos de las mismas; quizá es que ‘nosotros hemos sido los
que hemos levantado el polvo, y luego nos quejamos de que no se ve’.
¿Cómo hay que hacer para tratar de solucionar estos problemas o deficiencias en el ejercicio de nuestro conocer? Adoptando una metodología que no puede dejar de recordarme a la fenomenología del siglo XX, lo que va a hacer Berkeley es no atender al problema con una mirada ‘de largo alcance’, ya que ésta no es siempre la más clara, sino enfocar más a lo concreto del problema, camino que muy bien puede ayudarnos a descubrir errores que, desde la otra mirada, permanecerían ocultos. Como él mismo dice (§5), «me da, sin embargo cierta esperanza el pensar que una visión de largo alcance no es siempre la más clara; mientras que los ojos forzados a mirar siempre de cerca pueden quizá mediante un examen minucioso descubrir detalles que hayan escapado a la observación de una vista mejor».
Y esta mirada ‘de corto alcance’ hace una primera parada —como decía al principio— en el uso del lenguaje en lo que se refiere a la génesis de nuestro conocimiento; un uso que, en su opinión, muy bien podría haberse extralimitado, confundiendo los conceptos con los entes. Para explicar su crítica, va a tomar como excusa algo que John Locke había expuesto previamente como uno de los ladrillos de su teoría del conocimiento, a saber: las ideas abstractas. Las ideas abstractas eran consideradas el elemento básico de las ciencias consideradas más elevadas para el pensamiento: lógica, metafísica, así como las más importantes ciencias naturales. Todas ellas, como dice Berkeley, presuponen que la mente posee ideas abstractas, y que las puede manejar perfectamente. Pues bien, para el obispo de Cloyne, para nada es tan evidente que la mente pueda elaborar algo así como ideas abstractas o conceptos generales de las cosas. ¿A qué se refiere exactamente?
Por lo general, el proceso según el cual se forja un
concepto general parte de la percepción de objetos particulares parecidos; lo
que se suele hacer es suprimir todo lo que tenga de particular cada uno de
ellos, quedándonos tan sólo con lo que es común a todos ellos. Así, por
ejemplo, con el concepto de hombre, de perro, de árbol, etc., obteniendo como
resultado una idea abstracta general
que conviene a todos estos elementos particulares, «y que prescinde de todas
las circunstancias y diferencias que pudieran ligarla a una existencia
individual» (§9),
afirmación muy importante, como veremos. De este modo, cualquier concepto
general se forja reteniendo sólo lo que es común a todos los individuos
concretos, sin añadir nada que convenga a la existencia particular de cada
cual. Esto es algo que cualquiera de nosotros podemos hacer con facilidad
cuando tenemos en la cabeza el concepto de árbol, de perro, de hombre…
Pero ¿es verdad que esto es algo que podemos hacer con
facilidad?, ¿de verdad que podemos concebir la idea de hombre, por ejemplo, tal
y como lo acabamos de explicar? Berkeley no está tan de acuerdo; dice
rotundamente: «por mucho que se esfuerce mi pensamiento, no puedo concebir la
idea abstracta de hombre tal como antes la he descrito» (§10). Y quien dice la idea
abstracta de hombre, dice cualquier otra idea abstracta: la de árbol, la de
movimiento… Como le leí recientemente a Fabrice Hadjadj, Mallarmé explicó esto fantásticamente: «Yo digo: ‘¡una flor!’ y (…) musicalmente se levanta, idea misma y suave, la ausente de todos los ramos». Lo que viene a decir Berkeley, es que no es posible pensar en el
‘hombre’ si de forma concomitante no lo hacemos en un hombre en concreto; que
no podemos pensar en el ‘movimiento’ si simultáneamente no pensamos en algo que
se está moviendo.
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