La realidad tiene que estar presente de una manera u otra en el conocimiento que se pretende tener de ella; y no sólo tiene que estar presente, sino que también es ante ella que ese conocimiento se ha de justificar. Esto ocurre de modo palmario en la ciencia, pero no menos en el conocimiento cotidiano. Y, tanto en un como en otro, se ha de discernir qué hay de realidad en ella. Puede parecer paradójico, en el sentido de que cómo vamos a preguntarle al conocimiento qué hay de realidad en ella, cuando la misión del conocimiento es precisamente conocerla. Pero no es baladí este asunto, en el sentido de que tanto el conocimiento cotidiano como el científico parten de un presupuesto de lo que es la realidad, presupuesto que ‘ya’ existe cuando comienzan la tarea de conocerla. Ciertamente, nadie duda desde la actitud cotidiana qué sea la realidad, aunque pocos científicos dudan también del carácter real de su objeto de estudio, sea éste la materia o las células. Pero las cosas no son tan sencillas pues, quizá debido al método propio de conocimiento, aquello que traten de conocer sea real, sí, pero al precio de dejarse al margen cosas que también lo son. ¿Podría ser?
Por de pronto, podemos detenernos a pensar cómo las cosas están presentes ante el ser humano. Por nuestra inteligencia (sin detenernos en la explicación de todo el calado que tiene este concepto en la noología zubiriana) no nos situamos ―digamos― empastados en la realidad, como pueda estarlo cualquier animal, sino que podemos tomar cierta distancia de ella, distanciamiento en virtud del cual podemos hacernos cargo de la realidad. Es así que podemos pensarla, por nuestro modo de ser humanos, por las posibilidades gnoseológicas de nuestro cerebro. Ese conocimiento está ‘en’ nuestro pensamiento, pero su origen no es algo ni aleatorio ni arbitrario, sino que está propiciado por esa cosa que están ante nosotros. Curiosamente, por haber tomado cierta distancia ante la cosa, podemos saber mejor lo que ellas son.
Todo conocimiento siempre es ‘mío’, pero alcanza su valor en la medida en que está referido a la cosa que pretendo conocer: el conocimiento ‘está en mí’ pero ‘es de la cosa’, insiste Zubiri. El conocimiento, las ideas que me formulo de las cosas, están en mí, pero se refieren a las cosas, tienen la pretensión de ser fieles a la cosa. Otro asunto es lo compleja que puede ser esta empresa.
Podemos plantearnos de qué carácter es esa referencialidad por parte de nuestro conocimiento hacia las cosas. Nuestras ideas no pueden originarse y manejarse alegremente, sino que deben reflejar mejor o peor lo que las cosas sean. Aunque sea preciso tomar distancia para poder conocerla, nuestro pensamiento debe dejarse arrastrar de alguna manera por el movimiento interno de la cosa. Se puede decir en este sentido que si bien son las cosas las que nos dan las ideas, a la vez son las cosas las que nos las reclaman: esto segundo no es otra cosa que la evidencia. Todo lo cual es posibilitado, no lo olvidemos, por esa capacidad humana de tomar distancia ante la cosa, pero no una distancia absoluta, sino una distancia relativa que permita que haya entre la cosa y nuestro conocer una tensión en virtud de la cual nos hacemos cargo de la cosa y somos arrastrados de alguna manera (que habrá que ver) por el modo de ser de ella.
Esto es interesante: por un lado, nuestro pensamiento y nuestras ideas son algo nuestro, pero, por ser de la realidad, podemos descubrir en ella lo más nuclear suyo: «el pensar, que constituye una de las dimensiones más íntimas del hombre, constituye al propio tiempo lo que nos permite colocarnos en el punto de vista de la realidad en sí misma» (Zubiri). Y esto, ¿cómo es posible?, ¿cómo con nuestro conocimiento podemos hacernos eco de cómo sea la realidad? Pues porque nosotros, también somos realidad, de modo que hay una comunión íntima entre la realidad y el pensamiento, en tanto que éste nos pertenece a nosotros que también somos realidad. Hay una comunión originaria entre razón y realidad (Hegel), entre las leyes del ser y las leyes del conocer (Hartmann). Podemos dar razón de que las ideas que surgen en nuestro pensamiento no sólo tienen su origen en, sino que su contenido está propiciado por su trato con la realidad: otra cosas es que las ideas estén más o menos ajustadas a la realidad, pero, si quieren ser conocimiento, desde luego no pueden ser meras ocurrencias.
¿Cómo se presenta la realidad ante el pensar? En primera instancia, podemos afirmar que la realidad es aquello con lo que de modo inmediato tenemos que habérnoslas. ¿De qué carácter es esta inmediatez? Tiene una doble faz: por un lado, entendemos por inmediato esa cosa que está ahí y nos manifiesta lo que es; y, por el otro, la idea que nos hemos hecho en referencia a esa cosa. A poco que nos demos cuenta, esa cosa que se nos presenta de modo inmediato nunca se presenta sola, sino que la vemos inmersa en algo mucho más vasto y más amplio; un algo mucho más vasto y más amplio que también se nos da de modo inmediato. Con esto no se quiere decir que sepamos qué es ese algo en cuyo seno está la cosa, todo lo contrario: ese algo se caracteriza por su indeterminación. Pero que no sea sabido a diferencia de las cosas que conocemos, no es menos cierto que cada una de estas cosas queda destacada sobre ese fondo indeterminado, erigiéndose este fondo en un ingrediente esencial y constitutivo de todo aquello sobre lo que podamos pensar. El ‘todo’ no es sabido, pero sin referencia a él no sería posible siquiera que una cosa se presentara a nuestra mente. Tenemos, por un lado, las cosas situadas en un todo indeterminado, y, por el otro, nuestro conocimiento que, partiendo de la cosa, puede ir hacia afuera, hacia los límites de ese todo, así como hacia la cosa, pudiendo preguntarse paulatinamente qué hay más adentro. Es el carácter discursivo de nuestro conocimiento, que comentaremos más adelante.