Berkeley es consciente de que las ideas de la conciencia no son creadas por ésta, sino que son representaciones de algo otro. Ya vimos que él distinguía entre unas ideas que le son impuestas a la mente de alguna manera (ideas del sentido), y otras que la mente puede manejar mediante el recuerdo o la imaginación (ideas de la reflexión). ¿Cuál es, para Berkeley, el origen de esas ideas que nos son impuestas? Sí, está en las cosas; pero ¿qué son las cosas, metafísicamente hablando? Porque él no duda de que existan cosas; dice al respecto: «Ya hemos hecho ver anteriormente que está muy de acuerdo con nuestros principios el sostener que las cosas existen, que hay cuerpos o sustancias corpóreas, tomando estos términos en su sentido corriente y no en el filosófico» (§82). ¿Cuál es entonces su problema?
En su opinión, el problema pasa por entender que para dar razón de esas cosas haya que apelar a eso tan oscuro y confuso como es el concepto de sustancia. En el parágrafo §86 hay un texto que no tiene desperdicio, en este sentido. Berkeley se hace eco en él de que el conocimiento humano abarca el ámbito de los espíritus (los espíritus creados o conciencias, y el espíritu divino) y el ámbito de las ideas (o entes que no piensan, y que nos dan noticia de las cosas reales). Y dice: «En cuanto a las ideas, o cosas que no piensan, diré que su conocimiento se ha oscurecido confusamente, lo que ha llevado al género humano a peligrosos errores por la suposición de la doble existencia de las cosas sensibles: una, inteligible o in mente, y otra, real, o pretermental; con esta última se da por supuesto que las cosas no pensantes tienen en sí mismas subsistencia propia, independientemente de que sean percibidas por los espíritus».
Esto para él es una fuente de error porque ¿cómo afirmar que no conocemos una cosa hasta que seamos capaces de conocer algo de ella que per se es incognoscible, a saber, su sustancia? ¿Cómo tenemos noticia de esa sustancia, cómo sabemos de su existencia? Berkeley hace un análisis interesante del concepto clásico de sustancia, algo que realiza ex profeso en el parágrafo §73. En él se hace eco de los posibles motivos que hayan podido inducir a los hombres a suponer la existencia de las sustancias, apoyándose sobre todo en su Locke. Se asumió que no cabía pensar en la existencia real de las cualidades secundarias o accidentales independientemente de la mente, motivo por el cual se apeló precisamente a la existencia de un substratum que les sirviera de apoyo, ya que no se podía pensar que los accidentes subsistieran por sí mismos. Este substratum estaría formado únicamente por las cualidades primarias, «que todavía concebían [aquellos filósofos] existiendo fuera de la mente y que por lo mismo necesitaban un apoyo material». Locke era consciente de que «de la sustancia material no se tiene ninguna noticia clara y distinta, pues de la sustancia no hay idea ni de sensación ni de reflexión», explica Lema-Hincapié.
La conclusión a la que llega Locke es que el concepto de sustancia material es de inteligibilidad incomprensible, aunque necesario ontológicamente para dar razón de las cosas: afirmaba que «de la sustancia, ‘apenas puede decirse que sea algo de lo que nosotros no sabemos qué es’, y que por esta razón ‘la palabra sustancia no es sino una suposición sobre la que nada sabemos, es decir, de algo sobre lo cual no tenemos ninguna idea particular y precisa, y que consideramos el substratum, o soporte, de las ideas que sí conocemos».
Lo que hace Berkeley es dar una vuelta de tuerca más al argumento de Locke. Es la comprensión de Locke de esa materia de inherencia de las cualidades secundarias lo que se dibuja como la antesala del ‘idealismo empírico’ de Berkeley (tal y como lo califica Zubiri). Esta necesidad ontológica será la que Berkeley cuestionará, argumentando que, el único modo de ser coherente hasta el final, continuando el camino que Locke ya inició, pasa por negarla. Lo que hace Berkeley es extender este mismo argumento a las cualidades primarias: si bien aquellos filósofos sí que afirmaban su existencia [la de las cualidades primarias] fuera de la mente, no había en realidad motivo alguno para mantener esa postura. Berkeley explica que no es legítimo otorgar a las cualidades primarias un estatus distinto del de las secundarias, en tanto que ambas son, en el fondo, percibidas por la mente. Y habiendo demostrado que estas cualidades tampoco pueden existir fuera de la mente o espíritu que las perciba, ya no queda ninguna razón para seguir suponiendo la existencia de las sustancias, es imposible que exista un substratum no pensante que serva de apoyo, «en el cual los accidentes puedan radicar sin la mente». Éste es el argumento principal del primer diálogo entre Hilas y Filonús, en el que defiende ampliamente la taxativa afirmación de que «no existe en el mundo eso que se llama sustancia material».
Efectivamente, se suele entender que la sustancia es el sustrato sobre el cual se apoyan los accidentes (como la extensión, el peso, la forma, etc.). Pero claro, para poder comprender esto en profundidad, se ha de hacer hincapié en dos cosas: se ha de saber lo que es la sustancia en sí misma, y se ha de saber qué relación guarda con los accidentes, es decir, de qué modo los soporta o les sirve de base. ¿Es posible tener noticia de una sustancia sin accidentes? ¿Cómo soporta esa sustancia a los accidentes? Porque es evidente que la sustancia no debe soportar a los accidentes igual que los pilares sostienen a un edificio. «¿En qué sentido los sustenta?» (§16). Berkeley se hace eco (§17) de que, ni aún en la época clásica estos interrogantes tienen respuestas claras. Y, si es así, ¿qué quiere decir exactamente la expresión ‘sustancia material’? En su opinión, desde la filosofía clásica no hay una respuesta convincente a esta pregunta. Por este motivo, concluirá que esa ‘materia de los filósofos’ será un concepto sin fundamento, que la sustancia material es una abstracción injustificada, de la que en absoluto se puede afirmar su existencia: «Es nada esta sustancia material, que la tradición filosófica también ha llamado materia, sustancia corporal, substratum o el lugar de inherencia de las cualidades primarias de la res extensa».
Y además, se plantea: ¿qué necesidad tenemos de ella? Aun cuando se pudiera suponer que los cuerpos existiesen sin la mente, es decir, existieran en base a las sustancias, «no dejaría ello de ser una opinión harto precaria, pues obligaría a pensar sin razón alguna que Dios había creado un gran número de cosas inútiles, sin objeto ni finalidad visible» (§19), a saber: las propias sustancias. De esta manera, las cosas quedan reducidas a aquello que es perceptible por los sentidos, a sus accidentes; desde el punto de vista clásico, las cosas aparecen como vacías: si la sustancia como soporte de los accidentes ya no está, ¿qué es lo que queda?, pues «el conjunto de caracteres que componen la cosa», como afirma García Nuño.
Un aspecto para destacar de esta empresa es —como asume Hilas en el segundo diálogo— la prudencia con que hay que aproximarse a lo que es la materia, no sólo desde su consideración física, sino también y sobre todo desde su consideración metafísica, haciéndose eco de que, más que de un conocimiento positivo, hay que dar ‘respuestas negativas’, algo que recuerda al concepto formal zubiriano de realidad como respectividad.