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22 de marzo de 2022

Hannah Arendt según Karl Jaspers

El motivo de este post son unas páginas que he leído en la Autobiografía filosófica (que publicó el año pasado la editorial Ygriega) de Karl Jaspers, un filósofo contemporáneo al que quizá no se le ha otorgado la atención que se le debiera. Conocido es el enfoque existencialista de su pensamiento con el que, recogiendo el hilo de Kierkegaard, supo establecer horizontes de sentido y esperanza en un contexto tan complejo como la Alemania de la primera mitad del siglo XX.

Es sobrecogedor leer los testimonios de personas que vivieron enfrentados al régimen en el drama de la Alemania nazi. Un testimonio privilegiado es sin duda el de Karl Jaspers, un intelectual que no sucumbió a ‘lo normal’, tal y como hicieron no pocos compatriotas suyos; algo de lo que tampoco se vanagloria, pues reconoce que muy bien pudo hacer más de lo que hizo. Según nos cuenta, esos largos doce años se redujeron a «impotente espera basada en cautela meditada, cuidadosos en nuestros contactos con la Gestapo y las autoridades nacionalsocialistas, resueltos a no hacer ni decir nada incompatible con la integridad moral, pero aviniéndonos, sí, a pasividad culpable». De hecho, honestamente admite que no dudó en echar mano de algunos contactos nacionalsocialistas para reivindicar algunos derechos como alemán, aunque también es cierto que en varios casos renunció tácitamente a la ayuda, sobre todo cuando algún colega o miembro de la administración justificaba lo que se estaba haciendo con las personas judías. A mi modo de ver, creo que no se puede dejar de poner en valor esa integridad, insuficiente para él, pero meritoria en su contexto; más allá de una resistencia activa, ejerció esa resistencia moral ‘pasiva’, en un ambiente en el que el gobierno, consciente del valor político y social que posee la filosofía, la censuraba fuertemente; como muy bien nos dice, ya más mayor, «no es una casualidad que el nacionalsocialismo y el bolcheviquismo hayan considerado a la filosofía como su enemiga mortal en el plano espiritual». Toda coacción al libre pensamiento y a su libre expresión dentro de los márgenes razonables que dicta la legalidad cívica, es una estrategia totalitaria.

Según parece, estaba previsto que él y su mujer fueran deportados el 14 de abril de 1945, suceso que no ocurrió gracias a la providencial entrada de los aliados en Heidelberg dos semanas antes. Jaspers destaca el hecho de que tuviera que ser salvado por los americanos: «un alemán ―dice en su autobiografía― no podrá olvidar nunca que él y su mujer deben a los americanos su vida amenazada por alemanes que querían darles muerte en nombre del Estado alemán nacionalsocialista». Por desgracia, algo que sigue siendo frecuente en otros lugares.

Pues bien, en estas páginas ―que es a lo que iba― cuenta cómo, tras el final de la IIGM, toma contacto con Hannah Arendt, con la idea de recomponer la universidad alemana. Y le dedica unas líneas que no tienen desperdicio, y que paso a transcribir literalmente, aunque sean unas cuantas. Dice en referencia a ella:

«En esos años siguientes a la contienda, su solidaridad filosófica y humana fue para nosotros el hecho más grato. Vino ella, que pertenecía a la joven generación, a aportarnos a nosotros, los viejos, sus pasadas experiencias. Habiendo emigrado en 1933 y desde entonces rodado por el mundo, sin que las adversidades sin cuenta consiguieran abatir su ánimo, sabía ella de los terrores elementales que rodean nuestra existencia cuando, cortada del Estado de origen y desamparada, se halla reducida a la condición subhumana de apátrida. No obstante su siempre renovado y logrado intento de rehacer su vida en un nuevo medio, en ninguno había llegado a arraigar hasta el punto de aceptarlo sin reservas. Su íntimo sentimiento de independencia había hecho de ella una ciudadana del mundo, su fe en la fuerza única de la Constitución americana (y en el principio político que se había mantenido como el mejor de todos), una ciudadana de Estados Unidos. Gracias a ella adquirí una noción más clara que antes había sido posible de ese mundo del máximo ensayo de libertad política y, por otra parte, de las estructuras del totalitarismo; si ocasionalmente experimenté una leve vacilación, fue porque ella aún no había asimilado los modos de pensar, los métodos de investigación y las comprensiones de Max Weber [a quien Jaspers siempre consideró su maestro]. A partir de 1948 nos visitó de vez en cuando para mantener conversaciones intensivas con nosotros y cerciorarse de una coincidencia que escapaba a toda fijación racional. Con ella podía yo, una vez más, discutir en la forma que toda la vida he anhelado pero que, en rigor, desde mis años juveniles ―abstracción hecha de las personas más estrechamente unidas a mí por comunidad de destino― sólo me ha sido deparada en el trato de algunos hombres: e sea con la absoluta franqueza que veda segundos pensamientos; con la libérrima despreocupación de quien sabe que no debe tener cuidado de no equivocarse, porque el error será corregido e indicará algo que vale la pena; en la tensión de discrepancias, acaso hondas, pero envueltas en una confianza a toda prueba que permite que incluso ellas se manifiesten, sin que por ello se resienta el afecto, en un radical mutuo brindarse y el cesar de demandas abstractas por cuanto se extinguen en la lealtad de hecho».

9 de junio de 2020

La reflexividad nacional

Comentaba en este post una primera idea de Ortega y Gasset, extraída de su ensayo “Sobre los Estados Unidos”. Voy a comentar otra que, igual que la anterior, creo que su actualidad es manifiesta. En su opinión, es muy estrecha la vinculación que hay entre la idea de Estado que una determinada nación pueda tener, y el Estado real en el que vive; como dice él mismo, «lo que el Estado sea en una nación, simboliza la idea que esa nación tiene de sí misma». Se puede decir que el Estado es el reflejo de lo que la nación piensa de sí misma: es lo que denomina reflexividad nacional. Esta reflexividad nacional puede ser más consistente o menos, más pensada o menos, más fundamentada o menos, más epidérmica o menos, más inopinada o menos. ¿De qué depende?

El filósofo madrileño piensa que, para que la reflexividad nacional posea mayor calado, es necesario conocer su historia, algo que en sus años ya echaba de menos (¿qué diría si levantara hoy la cabeza?). Quizá fuera la falta mayor de su tiempo; dice: «nunca, desde el siglo XVI, el hombre medio ha sabido menos del pasado. Ahora bien, adjunta a sus desventajas, la superioridad de una civilización vieja es la experiencia histórica acumulada que le permitiría evitar las fatales e ingenuas caídas de otros tiempos y otros pueblos. Conforme un ciclo histórico avanza, los problemas de convivencia humana son más complejos y delicados: sólo una refinada conciencia histórica permite solventarlos. Pero si se encuentra con problemas muy difíciles y su mente, por haber perdido la memoria, vuelve a la niñez, no hay verosimilitud de buen éxito. Los errores mortales de otras épocas volverán indefectiblemente a cometerse».

Esta ignorancia, es uno de los grandes errores en que cae la sociedad, abriendo la puerta a cualquier tipo de abusos autoritarios por parte del Estado. El hombre que no tiene curiosidad por su pasado, por su historia, dedica su vida a actividades más o menos superficiales, todo lo cual lo convierte, quiérase o no, en un ser manipulable. Pensando que su vida es libre, el caso es que sólo elige realizar actividades triviales, totalmente inocuas para aquellos que, de verdad, están manejando los hilos de la sociedad.

La espontaneidad del hombre trivial es una espontaneidad liviana, pero no una espontaneidad honda, vital, preocupada por su devenir y el de su sociedad. Esta despreocupación ignorante, le pone a merced de la autoridad del Estado, en quien confía ciegamente, hasta que quizá sea demasiado tarde. «Se ha olvidado, o no se ha querido aprender, que no hay nada más peligroso para una nación o conjunto de ellas, que pasar la raya en la intervención y autoritarismo del Estado. Cualesquiera sean las últimas causas de la ruina del Imperio romano y de la civilización grecorromana, es indubitable que la más inmediata consistió en el aplastamiento de la espontaneidad social por un Estado desproporcionadamente perfecto. El Estado romano aniquiló, secó hasta la raíz la vida de aquel mundo espléndido». Esto es algo que ―en su opinión― ocurría en la Europa de 1929, fecha de este escrito. Por lo general, la solución a los grandes problemas se delegaba en el Estado, lo cual lleva irrevocablemente a una salida; esta renuncia a la propia responsabilidad de todos y de cada uno en beneficio del Estado, significa que éste acabe absorbiendo ‘todo el aire respirable y aplaste individuos y grupos’. Riesgo que ya fue puesto de manifiesto por John Stuart Mill quien, en Sobre la libertad, destacaba la tendencia por parte de los poderes estatales a alcanzar cotas de poder cada vez más elevadas, en ese difícil equilibro entre las libertades individuales y las obligaciones sociales.

Partiendo de aquí, la pendiente que conduce hacia la condición del estado totalitario ―tal y como lo entiende Hannah Arendt― es suave y resbaladiza. Un modo de organización en todo se presenta como una dimensión de lo político: las distintas dimensiones de la sociedad (jurídica, económica, educativa, sanitaria, etc.) no son sino problemas políticos; el camino hacia el totalitarismo es el camino en el que todas las cosas y aspectos sociales se van tornando políticas, convirtiéndose la política en la única clave desde la que leer todas las cuestiones sociales y personales. Para ello es precisa una maniobra de desarraigo, para que todo individuo se sienta radicalmente sólo, sienta rota cualquier relación con los otros. A lo que tiende el totalitarismo es a la destrucción de la vida privada, de las relaciones personales de confianza, fruto de las cuales se crean vínculos sociales y de pertenencia a la realidad. Una sociedad atomizada, en la que todos están juntos, pero que se erigen en perfectos desconocidos, cuando no en sospechosos de cualquier amenaza. La sociedad ya no es sociedad, es masa, una mera agregación de individuos incapaz de solidarizarse por algo así como el bien común, y ya no porque no sea preciso, sino porque una sociedad en la que prima la soledad y el desarraigo ya no puede hacer nada. El gran reto del totalitarismo no es gobernar despóticamente a una sociedad, sino que los hombres sean superfluos, banales: hombres masa. Y el hombre masa no se consigue tanto por un poder opresor, como por un convencimiento fruto de una comunicación debidamente orientada, patrimonio del discurso común. El gran éxito del estado totalitario es que el ciudadano, con plena convicción, abandone su vida personal en beneficio de la vida pública, sintiéndose en legítimo ejercicio de su libertad. Se busca la división, el enfrentamiento entre los ciudadanos, romper relaciones, romper lazos. Con Hannah Arendt lo totalitario deja de referirse únicamente a los tristes totalitarismos del siglo XX (entre otros) para erigirse en una categoría filosófica.

Pero claro, esto es un arma de doble filo, porque, en definitiva, supone el mayor error en que puede caer un Estado. «Si esta tendencia no es vencida pronto ―continúa Ortega―, el Estado notará que no puede vivir de sí, que no es él mismo vida, sino máquina creada por la vitalidad colectiva; por ello, menesterosa de ésta para conservarse, lubrificarse y funcionar. Bolchevismo y fascismo son dos ejemplos de esta solución elemental y anacrónica —dos ejemplos de primitivismo político que irrumpe en una civilización donde los problemas son de madurez y de alta matemática».

Y ello, ¿por qué? Pues básicamente porque el saber hacer no se aprende así porque sí, sino que necesita el continuo roce y contraste con la realidad de las cosas, único modo que uno aprenda a adquirir esa sensibilidad gracias a la cual podrá dirigirse bien en la vida y, por ende, dirigir a los demás. Recuerdo una idea que Bertrand Russell dijo en su Elogio de la ociosidad que creo que puede ser de aplicación aquí. Dice Russell: «Hay dos clases de trabajo; la primera: modificar la disposición de la materia en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con otra materia dada; la segunda: mandar a otros que lo hagan. La primera clase de trabajo es desagradable y está mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada. La segunda clase es susceptible de extenderse indefinidamente: no solamente están los que dan órdenes, sino también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben darse. Por lo general, dos grupos organizados de hombres dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar y escribir persuasivamente, es decir, del arte de la propaganda». Ojalá políticos de talla no dejasen la política a tan baja altura.

10 de noviembre de 2015

La banalidad del mal

Finalizamos ya esta serie de posts dedicados a Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt. Las últimas páginas del libro las dedica la autora a reflexionar sobre todo este proceso, y sus repercusiones éticas y políticas a nivel internacional. No fue sino en este proceso en el que la cuestión judía estuvo verdaderamente presente, más incluso que en Nuremberg o en cualquier otro lugar. La situación que se dio tras la guerra fue que todo lo que había que plantearse a nivel político tras las atrocidades cometidas, no tenía cabida en ninguna legislación vigente. Fue entonces cuando comenzó a tomar fuerza el término de crímenes contra la humanidad.

Se criticó a Israel que el hecho de juzgar a Eichmann allí era llevarlo directamente al patíbulo, ante lo cual se defendía diciendo que sus jueces eran tan legítimos y profesionales como los de cualquier otro país. ¿Acaso los polacos no juzgaron a alemanes que cometieron delitos en su tierra? ¿Acaso eran los jueces polacos —por ejemplo— ‘mejores’ que los israelitas? Y efectivamente, no había motivo aparente para que no pudiera ser así. Cierto era que en el momento de los hechos (durante la guerra) no existía el Estado israelita; pero también lo era que fue entonces (en la época de la captura de Eichmann) cuando los judíos podían juzgar por sí mismos los crímenes sufridos, sin tener que depender de autoridades de otros países para juzgar crímenes padecidos por judíos.

Insiste Arendt —y creo que con razón— en destacar la gravedad de las primeras leyes discriminatorias dictadas por los alemanes en 1935, leyes que ya quebraban el derecho internacional, pero que fueron pasadas por alto por el grueso de la comunidad internacional. Ésta empezó a preocuparse cuando comenzó a darse la ‘emigración forzosa’, sobre todo por lo que les suponía tener que recibir repentina e inesperadamente a miles de personas en sus territorios. Y el crimen más grande aconteció entonces: fue la declaración de los nazis de que no sólo no querían ningún judío en Alemania ni en el territorio del Reich, sino que la totalidad del pueblo judío debía ser exterminada.

Y digo que fue el más grande porque este crimen no fue sólo un crimen contra el pueblo judío, sino contra toda la humanidad (perpetrado, eso sí, en el pueblo judío en concreto). De ello se hizo eco Karl Jaspers, afirmando en una entrevista que al ser así —un crimen contra la humanidad— debía ser juzgado por un tribunal internacional ya que sólo un tribunal así, en tanto que representante del género humano, podía dictar sentencia. Como dice Arendt, «si en la actualidad el genocidio es una posibilidad futura de realización, ningún pueblo del mundo —y en especial el pueblo judío, tanto si es el de Israel, como si no— puede tener una razonable certeza de superviviencia, sin contar con la ayuda y la protección del derecho internacional». Claro ejemplo de este riesgo son los propios grupos (alemanes) de enfermos incurables o disminuidos psíquicos (genéticamente lesionados), a los que Hitler pretendía dar una muerte piadosa. No sería desmesurado imaginar que Hitler no tendría mayor problema en hacer extensivo ese trato de favor a otros grupos con distintas ‘taras’ (como al mismo pueblo judío).

Hay un aspecto que destaca Arendt y que según ella los jueces no acabaron de comprender del todo: la personalidad del acusado. Los israelitas seguían pensando que Eichmann era un monstruo, y según Arendt no era así. Y no era así porque de hecho hubo muchos hombres como él, hombres que no eran ni pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terroríficamente normales. Normalidad terrible, ya que la mayoría no era consciente del grado de maldad de sus acciones.

Si caemos en la cuenta, por suerte o por desgracia el mal no se da según los parámetros que uno normalmente espera: perversiones, crueldad, terror, abusos,… no. Esto sería la consecuencia de un mal previo y que normalmente pasa inadvertido, y que es el que se esconde en el engranaje cotidiano del funcionamiento de las cosas bajo distintos ropajes: el formalismo, la eficiencia, la rutina, lo políticamente correcto, los tópicos, la uniformidad, las generalidades,… ropajes todos ellos de una vida anodina y mediocre. Este maldad inadvertida se va ‘cocinando’ en las mentes de las personas antes que en sus actos públicos: vidas sin brillo sometidas a la complacencia y a las modas que nos dictan los medios, que traslucen mentes mudas de pensamientos oxidados incapaces de indignarse ante lo indignante.

Muchos de los acusados eran gente que sólo se dio cuenta de sus maldades cuando se confrontaban ante las acusaciones de un tribunal o de la opinión pública. ¡Antes no! Y se pregunta la autora: ¿lo habrían hecho, habrían sido conscientes de todo ello, en el caso de que hubieran ganado la guerra? Por lo general, estas personas no querían causar daño sino que… es que éste era inevitable, una obligación por el bien de su país. Y sin esta intención de hacer daño, ¿son verdaderamente culpables, reos de juicio?

No hay que decir que este libro levantó polémica, y dio lugar a muchas controversias. Incluso se crearon campañas organizadas para desprestigiarlo, buscando en él intenciones lejanas a las motivaciones de la autora. Ella insiste en que su principal motivación no fue ni hacer historia del holocausto, ni del III Reich ni del pueblo alemán, ni un tratado sobre la naturaleza del mal; tan sólo —y que no es poco— centrarse en el acusado, alrededor de quien giraba el proceso. Y esperar de ese proceso que efectivamente hiciera justicia de los hechos. Eichmann carecía de motivos personales contra los judíos, salvo aquellos derivados de su ‘diligencia’ profesional. Hubiera sido incapaz de asesinar a alguien a sangre fría por motivos meramente personales. Sin ánimo de catalogarle como un enajenado mental, Eichmann no acababa de ser consciente en toda su magnitud de lo que estaba haciendo. Era la personificación del conocido concepto de la autora: la banalidad del mal.

Lo que nos lleva a la siguiente cuestión, verdaderamente difícil si nos la planteamos en serio: ¿cómo saber cómo comportarse cuando los valores éticos de una sociedad se han invertido, cuando lo normal deja de ser lo bueno y se convierte en lo malo?, ¿desde qué parámetros juzgamos lo correcto y lo incorrecto, cuando lo incorrecto es lo normal y lo correcto es lo heroico? Por lo general, un juicio individual y honesto iba en contra de la opinión general; y aquellos que todavía eran capaces de poseer un juicio así, en realidad eran idénticos que aquellos que no lo hacían. Porque los que no lo hacía no eran seres depravados ni maleantes: eran el vecino de enfrente, el tendero de abajo, el repartidor,… Si uno ve que la gente de su alrededor se comporta de un modo en principio inmoral, pero que lo hace con toda normalidad, y que lo hacen muchos, ¿en qué apoyarse para mantenerse uno firme en sus convicciones? Quien responda fácil a esta pregunta es que no acaba de ser consciente de las limitaciones de nuestra condición humana.

Démonos cuenta de que con Hitler las máximas morales que rigen una sociedad buena, se habían vuelto del revés; y que ejercer un juicio honesto implicaba enfrentarse contra el sistema y contra todos aquellos seres normales como tú, pero que ya habían sucumbido. ¿Podríamos afirmar, cualquiera de nosotros, que si nos hubiésemos encontrado en la posición de aquella ‘buena gente’ alemana, no hubiéramos actuado igual, que no nos hubiéramos dejado arrastrar por la corriente, y que incluso no nos hubiéramos sentido orgullosos de hacerlo? ¿Pensamos que nuestras sociedades son mejores que la Alemania de entonces? ¿En qué nos apoyamos para decirlo? ¿Dónde acaba lo socialmente normal y comienza lo éticamente correcto? ¿Es únicamente una cuestión estrictamente social o es preciso realizar algún otro tipo de consideraciones? Si es así, ¿cuáles? Como podéis ver no son pocos los interrogantes que se abren, y que son de difícil respuesta. Simplemente, para pensar.

Bueno, acabo aquí esta serie de posts dedicada a Eichmann en Jerusalén. He de decir que su lectura me ha supuesto un enriquecimiento muy importante, no tanto para conocer pormenores de lo ocurrido durante la II Guerra Mundial en este contexto que nos ocupa (que también) como para crecer en lo que es la comprensión del comportamiento humano. Qué cierto es que no conocemos a nadie (ni a nosotros mismos) hasta que somos puestos en una circunstancia concreta, si es difícil mejor. Desde la retaguardia es fácil interpretar, juzgar, culpar e incluso perdonar, pero cuando uno está ahí, con las circunstancias en vida y su propia personalidad puesta en juego, las cosas cambian. Lejos de caer en reduccionismos y condenas fáciles es preciso —creo yo— esforzarnos por encontrar una comprensión global de las cosas y sobre todo de la condición humana, esa condición cuyos aspectos más oscuros tan fácilmente reconocemos en los otros pero nos cuesta quizá un poco más reconocer en nosotros mismos.

Me parece oportuno acabar con el siguiente vídeo que me refrescó una amiga virtual hace unos días. Si tenemos que padecer a algún dictador, por favor… ¡que sea como éste!

24 de octubre de 2015

¿Acaso soy yo el responsable de mis actos?

Llegamos ya casi al final de nuestro recorrido por estas páginas. En estos últimos capítulos (antes del Epílogo y del Post scriptum), Hannah Arendt se dedica a relatar los últimos días del juicio a Eichmann con toda la sucesión de testigos, etc., así como a relatar su historia personal desde el fin de la guerra hasta el pleito: sus últimos días en Alemania, la huida a Argentina, su captura,…

El juicio dictó sentencia considerando esta especie de máxima de que «el grado de responsabilidad (ante un acto criminal) aumenta a medida que nos alejamos del hombre que sostiene en sus manos el instrumento fatal», para recaer en aquél que dictó la orden. Esto se le aplicó a Eichmann, quien finalmente fue acusado de haber realizado delitos ‘contra el pueblo judío’, es decir, contra los judíos con el ánimo de destruir su pueblo. Y ello de cuatro maneras: siendo causante de la muerte de millones de judíos; situando a millones de judíos en condiciones conducentes a su destrucción física; causándoles graves daños físicos y mentales; y dando órdenes de interrumpir la gestación a mujeres judías embarazadas impidiendo que dieran a luz. Y le absolvieron de otros cargos. La condena correspondiente fue la pena de muerte.

Lo sorprendente de todo esto (por lo menos para mí) es que Eichmann —según sus propias palabras— nunca odió a los judíos, ni nunca deseó la muerte de ninguno de ellos. ¿Por qué lo hizo entonces? Según relata en su declaración, su única culpa fue su profesionalidad, su obediencia, siendo los verdaderos responsables sus jefes que abusaron de su bondad. Él era una víctima de la maquinaria nazi, y eran los dirigentes los que realmente merecían el castigo. No era el monstruo en que querían convertirle —decía— sino una persona que había sido manejada. No obstante, finalmente la pena fue ejecutada.

Hubo personas que no querían que Eichmann fuera ejecutado. Unos porque consideraban que era un mero chivo expiatorio que Alemania había abandonado en manos de la justicia israelita, en contra incluso de las disposiciones de la justicia internacional. Otros —entre los que estaba Martin Buber— por entender que con dicha ejecución muchos (jóvenes) alemanes expiarían sus sentimientos de culpabilidad. Arendt es especialmente crítica con este ‘sentimiento de culpabilidad’ de la sociedad alemana. Puede ser más o menos fácil sentirse culpable por todo lo que ha hecho la gente de tu país, y estar arrepentido. Pero más difícil es tomarse ese sentido de culpabilidad en serio. En la época en que el juicio se estaba celebrando, muchos dirigentes alemanes investidos de autoridad política y jurídica, eran realmente culpables por todo lo que hicieron y consintieron durante la guerra. Ante esa flagrante situación, ¿no sería lo lógico que surgiera un fuerte sentimiento de indignación hacia ellos por parte de los otros miembros de la sociedad? Pero claro, eso suponía un enfrentamiento y un riesgo ya no de morir o de ser mutilado (ya no eran tiempos de guerra), pero sí de ver truncada una carrera social, por ejemplo. Es fácil dar la imagen de un arrepentido; llevarlo hasta sus últimas consecuencias arremetiendo con los responsables es más difícil. Pero si no se va a hacer esto, por favor que no digan nada de lo otro; en tal caso no es más que un mero sentimentalismo barato. No hay que decir que todo esto le granjeó no pocos problemas mediáticos a la autora.

Todo esto nos tiene que dar para pensar. Y enlaza con lo que decía Eichmann de que era tan sólo una víctima. Salvando todas las distancias del caso que nos ocupa, ¿hasta qué punto uno es responsable de lo que hace, cuando lo hace presionado por sus dirigentes? Recuerdo unos cursos que impartí a gente trabajadora en diversas empresas, en los que en alguna de las sesiones se tocaban precisamente estos temas: ante presiones de los superiores, ¿hasta qué punto es lícito que hagamos algo que va en contra de nuestros principios morales? En teoría es muy fácil (enseguida nos sale que no hay que hacerlo, claro) pero en la práctica, cuando está en juego un puesto de trabajo, un sueldo, una familia que mantener... ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar? Quizá el problema de la banalidad del mal haya que buscarlo por aquí, cuando uno tiene que arriesgar demasiado para mantener a salvo sus convicciones, relativizando aquello que no se puede relativizar, y en vez de asumir la propia responsabilidad y tomarse su vida en serio, justificando ante sí mismo lo injustificable y arrastrando con esa decisión a gente inocente.

Aunque seguramente a menor escala, es algo que nos ocurre a cada uno de nosotros en la cotidianeidad de nuestras vidas: con cierta facilidad tenemos que ‘obedecer’ órdenes de dudosa legitimidad ética, o nos ‘vemos obligados’ a hacer cosas por las circunstancias. La pregunta es: ¿somos responsables o no, o las circunstancias que nos rodean son suficientemente válidas para justificarnos moralmente y liberarnos de nuestra responsabilidad ética? No es una pregunta fácil de responder, sobre todo si está en juego como digo nuestro trabajo, nuestro salario, el bienestar de la familia, incluso en ocasiones nuestra integridad personal,… Supongo que desde la distancia y pensando a nivel teórico, todos lo podemos tener más o menos claro; pero en el caso concreto y en las circunstancias concretas, a lo que habría que añadir además el perfil psicológico del individuo, las cosas se hacen más complicadas. ¿Será cierto, como decía Kant, que las personas no tenemos precio sino dignidad? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar? No puedo sino acordarme de una viñeta que leí de Groucho Marx (tampoco sé si es cierta o no, pero es muy ilustrativa).



6 de octubre de 2015

Tras lo sucedido en el Este

El Este era para los alemanes la zona comprendida por Polonia, Estados Bálticos y el territorio ruso que tenían ocupado. Toda esta zona tenía una terrible significatividad, pues era la ‘siniestra terminal de las deportaciones’, y de donde era muy difícil escapar (apenas lo lograban un 5%). Por otro lado, era la zona previa a la guerra donde se asentaba la gran mayoría de judíos europeos.

En el juicio se intentó enlazar a Eichmann con lo sucedido aquí, pero no había pruebas, sencillamente porque habían sido destruidas. Algunos supervivientes se ofrecieron como testigos. Sin embargo, la mayoría de ellos no sabían nada acerca de los puntos concretos del juicio; hablaron de su experiencia (de su dramática experiencia) pero a menudo (como es natural) confundían fechas, nombres, caras,… Ninguno de ellos fue definitivo para condenar al acusado. No es que no fuera cierto lo que decían, sino que se refería por lo general a cosas vagas o que ya se sabían: las condiciones de los guetos, los procedimientos empleados en los campos, los trabajos forzados a menudo hasta la extenuación,… Simplemente por respeto hacia ellos se les dejaba hablar, y que se explayaran y se desahogaran.

La verdad es que en el juicio de Eichmann hubo un poco de pantomima, en el sentido de que ya se sabía el final del juicio. De hecho, a nivel legal todo lo que ocurrió con él fue extraordinario. Su detención en Argentina se saltó el protocolo internacional, pero se pasó por alto porque ya se sabía quién era. También es cierto que su papel en la Solución Final fue exagerado, debido a que muchos de sus (ex)compañeros le culpabilizaron de todo lo que pudieron en Nuremberg, así como al hecho de su constante relación con los representantes judíos por ser el oficial alemán con más experiencia en los ‘asuntos judíos’; pero ello no le quitaba ni un ápice a su responsabilidad real. Por su parte, que no fuera ejecutor directo de tantas muertes tampoco le libraba de la responsabilidad, pues como se dijo en el juicio «la responsabilidad moral y jurídica de quien entrega la víctima al ejecutor material del delito es, en nuestra opinión, igual, y en ocasiones mayor, que la responsabilidad de quien da muerte a la víctima». Y ésta fue su principal acusación: el haber enviado conscientemente a la muerte a miles de personas, aunque no fuera la mano ejecutora.

En este sentido, se le asociaba con los Einsatzgrappen o batallones de fusilamiento (cuyos dirigentes eran de la élite de las SS pero sus integrantes eran criminales o soldados a los que habían destinado ahí como castigo), con la deportación de los judíos de los guetos de Varsovia a los campos, sobre su parte de responsabilidad de lo que ocurría en los propios campos de exterminio, así como en las condiciones de vida de los guetos y su liquidación final. De todo ello se demostró que Eichmann estaba informado, pero no había pruebas de su responsabilidad directa. Su papel se limitaba únicamente en tanto que ‘especialista en transporte y emigración’. En el Este, donde la brutalidad imperaba por doquier, no hacía falta un ‘especialista’ en los asuntos judíos.

Destaco un último y terrible punto. A lo visto, la idea de Hitler era poblar todos los terrenos conquistados con población alemana. Para ello, era preciso previamente ‘evacuar’ a la población nativa (no sólo al pueblo judío). «Las medidas adoptadas contra los judíos del Este no fueron únicamente el resultado del antisemitismo, sino que formaban parte de una política demográfica global (…)». Esto es, en el caso de que los alemanes hubieran acabado ganando la guerra, todas las poblaciones nativas (polaca y demás) hubieran acabado igual. De hecho, a los polacos se les distinguía con una P en un brazalete, análoga a la Estrella de David de los judíos.

Y el caso es que ante las matanzas iniciales en las zonas urbanas recién conquistadas, incluso los propios oficiales alemanes protestaron. Protestaron porque se mataba indiscriminadamente a civiles (población judía, intelectuales polacos, clero, nobleza,…) tras las primeras líneas del ejército, lo que era inhumano hasta para ellos. Fue entonces cuando cobró vigencia la idea de concentrarlos en guetos, para poder ‘limpiar’ el territorio de aquel tipo de personas, y luego enviarlas a los campos.

Como digo, a nivel legal no se le pudo acusar a Eichmann de tales delitos con las pruebas y los testigos presentados. Si los jueces hubieran actuado de otro modo, hubieran puesto en evidencia de modo flagrante la validez del proceso. Pero las pruebas y las acusaciones continuaron. Y ahí se comenzó a entrever la verdadera personalidad de Eichmann, de cuyo comportamiento se pueden entresacar repercusiones terribles para las sociedades occidentales actuales.

12 de septiembre de 2015

No fue todo tan fácil

Estos capítulos, en continuación con el anterior, los dedica Hannah Arendt a explicar cómo se fue dando la deportación de los judíos en el seno de cada uno de los Estados que el Reich se iba anexionando. Eichmann iba enviando ‘asesores’ a los distintos países para gestionar este asunto, gestores caracterizados por poseer la suficiente despiadada dureza para ‘tratar de estos asuntos tan desagradables para todos’. No voy aquí a hacer una relación de lo que ocurrió país por país (supongo que será mucho más interesante acudir al propio libro). Simplemente voy a destacar aquellas ideas que me han parecido más relevantes.

Por ejemplo, fue interesante observar los distintos comportamientos de cada país. La suposición de Hitler de que en general los países europeos iban a colaborar (o por lo menos no iban a poner demasiadas dificultades) en el ‘problema’ judío, no se cumplió. Hubo comportamientos verdaderamente ejemplares, aunque por desgracia también los hubo denigrantes. Se puede decir que la forma de actuar en general fue similar a la de Francia: ante la simple deportación de judíos apátridas no pusieron demasiadas pegas. Pero esta actitud cambiaba bajo dos circunstancias: cuando se trataba de judíos del propio país en cuestión, o cuando se conocía el terrible destino que les esperaba (que al principio no se sabía). También se generaba una oposición importante cuando los alemanes decían que en los convoyes se incluyeran también mujeres y niños. Desde estas condiciones, en general la actitud del gobierno sometido solía cambiar y empezaba a dificultar las deportaciones, cada uno fiel a su cultura nacional (estoy pensando en la actitud italiana, saboteadora, irritante,… incluso cómica a veces). Curiosamente, y este dato es muy importante, la actitud alemana solía fragmentarse cuando se encontraba con gente no dispuesta a colaborar; como dice Arendt, «en realidad, resultó que los nazis carecían de personal y de fuerza de voluntad para seguir siendo ‘duros’ cuando se enfrentaban con una oposición decidida».

Claro, los alemanes necesitaban de la colaboración de las instituciones locales (recordemos que a menudo echaban manos de propios grupos judíos para manejar a la gran masa). Y hubo casos, como en Bélgica en que esta colaboración no se dio: ni la policía, ni los responsables del tráfico ferroviario, etc. se lo pusieron nada fácil. Por ejemplo, «procuraban dejar abiertas las puertas de los vagones, e ideaban estratagemas de todo género para permitir que los judíos escaparan» (y supongo que a la vez, jugándose sus vidas los propios belgas). Genial. En Holanda (país que estaba totalmente a merced de los alemanes), por su parte, se dieron huelgas estudiantiles cuando sus profesores judíos fueron deportados. Sólo ocurrió allí. Pero por desgracia, allí había también un movimiento pro-nazi, e incluso entre los judíos había enfrentamientos (entre los apátridas y los nacionales), lo que favoreció la creación de Consejos Judíos que colaboraron con los nazis con la idea de que sólo los judíos extranjeros y los alemanes serían deportados. Nada más lejos de la realidad. El resultado fue terrible, similar a lo ocurrido en Polonia. No pongo cifras porque son escalofriantes; se habla de miles y de decenas de miles de personas como si nada.

Sorprendente (para bien) fue el comportamiento escandinavo. Recordemos que a pesar de que Finlandia se unió al eje, fue el único país en el que no se hicieron deportaciones, y que Suecia permaneció neutral. Hitler pensaba que en la península escandinava iba a encontrar todo tipo de facilidades, ‘hermanos de sangre’ como eran. Pero no fue así. Suecia no paraba de facilitar asilo e incluso la nacionalización a todo judío, en colaboración con Noruega… y con Dinamarca. La actitud danesa fue encomiable, tanto que los alemanes allí destinados no pudieron sino sucumbir ante el poder de su honestidad y comportamiento humanitario. Desde el principio, ya el rey se situó a favor de los judíos, poniéndose él mismo el brazalete amarillo; y desde el principio, obstaculizaron el trabajo alemán. Todo lo que intentaban allí los nazis fracasaba; por ejemplo, los trabajadores en sus astilleros se negaban a reparar los buques de guerra alemanes cuando más falta les hacía (y hacían lo que podían para embarcar por las noches a judíos hacia Suecia). Y lo sorprendente es que poco a poco la actitud de los oficiales alemanes fue cambiando, negándose a realizar órdenes que les llegaban de Alemania. «Cuando se enfrentaron con una resistencia basada en razones de principio, su ‘dureza’ se derritió como mantequilla puesta al fuego, e incluso dieron muestras de cierta auténtica valentía». Qué diferencia con Nuremberg, donde aunque la mayoría de los acusados sabían que iban a ser condenados, en general no tuvieron agallas para defender la ideología nazi.

Una actitud menos loable tuvieron en los países de la Europa del Este (quizá a excepción de Serbia, o de Bulgaria) o de la Europa Central, a los cuales Hitler les solía prometer aumentar su territorio o su independencia política. Los gobiernos utilizaron las circunstancias para aprovecharse de la situación, bien a nivel étnico bien a nivel económico. Destacable por su crueldad es el comportamiento de Ion Antonescu, mariscal de Rumanía. El celo por la deportación parecía superior a la de los mismos alemanes; y el horror que provocaban, indescriptible (como encerrar a miles de personas en vagones de carga, totalmente comprimidas, y rodar por los campos hasta que murieran de asfixia, durante días y días; por no hablar de los propios campos de concentración rumanos; o aprovecharse de su riqueza para ‘venderles’ la posibilidad de emigrar a la zona de Palestina). Dice Arendt, que Antonescu no es que fuera peor que Hitler, sino que sencillamente le precedía en el tiempo, siempre estaba un paso adelante. «Él fue el primero en privar a los judíos de su nacionalidad, y él fue quien comenzó las matanzas a gran escala, sin ocultaciones y con total desvergüenza, en una época en que los alemanes todavía se preocupaban de mantener en secreto sus primeros experimentos. Él fue quien tuvo la idea de vender judíos, más de un año antes de que Himmler hiciera la oferta de ‘sangre a cambio de camiones’, y él fue quien terminó, cual haría después Himmler, por suspender el asunto como si se hubiera tratado de una broma». Sin comentarios. También fue terrible lo ocurrido en Hungría, cuyas deportaciones (que incluso cuando ya no podían ser por vía ferroviaria se realizaban a pie) no podían ser absorbidas por los campos de concentración alemanes, y muchos de ellos eran utilizados como mano de obra en las fábricas que se habían levantado ‘estratégicamente’ en las cercanías de los campos.

26 de julio de 2015

La deportación de los judíos o el problema de la inmigración

En este capítulo (junto con los siguientes) Arendt explica el trabajo que desempeñó Eichmann desde que comenzaron las deportaciones, trabajo que le absorbió por completo ya que era el responsable de organizar todo el proceso en las diferentes zonas de Europa. Su tarea se centraba en gestionar lo relacionado con el transporte, ya que lo referente a las personas judías (cuántas, quiénes, a dónde) era ordenado directamente por Himmler y no por él. No obstante, en última instancia Eichmann decidía el número de personas que podían transportarse desde una zona determinada, dando el visto bueno (en términos puramente administrativos) a su lugar de destino (¡no todos los campos estaban preparados en un determinado momento para recibir a un gran grupo de judíos!). Es escalofriante cómo Eichmann (y en general todo el régimen) hablaba de este asunto, como si en vez de referirse a personas se refirieran a ganado. Como dice Arendt, no se daban cuenta de que lo que para Hitler era un ‘objetivo de guerra’ especialmente prioritario, y que para Eichmann no era más que un ‘trabajo’ más o menos rutinario, para los judíos significaba sencillamente el ‘final de sus vidas’, literalmente.

En los inicios de esta decisión los nazis pensaban que el odio a los judíos iba a ser un denominador común en toda Europa, y que ello les iba a ayudar a la unificación de los territorios conquistados. Nada más lejos de la realidad. Hubo países que secundaron su antisemitismo (también en algunos casos impulsados por otros motivos diferentes a los nazis), pero fue más común un rechazo a esta decisión (destacando las naciones escandinavas, ‘hermanas’ de sangre de los alemanes).

Las primeras deportaciones se realizaron en el seno del Reich (la propia Alemania, y Austria, Moravia, Bohemia, Chequia y la parte occidental de Polonia que ya estaban anexionadas). La labor de Eichmann cambió, pues: ya no tenía que obligar a judíos a emigrar sino que directamente los deportaba a los campos, primeras deportaciones que no tenían todavía como destino la Solución Final. Hubo dos primeras deportaciones, a modo de prueba,… a ver qué pasaba. La primera  fue en 1940, la ‘noche’ del 13 de febrero, sobre unos mil trescientos judíos alemanes, con destino a Lublin. La segunda, en ese otoño, mil quinientas personas (hombres, mujeres y niños), con destino a la zona no ocupada de Francia. Lógicamente, el régimen se quedó con sus pertenencias (la excusa que se dio para realizarlas, de hecho, fue que eran precisas tales medidas por la ‘economía de guerra’). ¿Por qué se hicieron tan pronto estas dos deportaciones aisladas? Según nos cuenta Arendt, para poder comprobar el ‘pulso’ de la cuestión, es decir: a) para conocer cuál iba a ser la actitud de los propios judíos cuando se presentaran en sus casas por las noches los soldados alemanes; b) para averiguar cuál sería la reacción de sus vecinos al notar su ausencia y sus casas vacías con el paso de los días; y c) para saber cuál sería la reacción de un país vecino al recibirles.

Desde el punto de vista de los nazis, todas estas cuestiones resultaron a la postre ser satisfactorias, ya que en general primó la indiferencia de todos los que no eran directamente afectados (recordemos que tampoco estamos hablando todavía de exterminio, tan sólo de deportación). Ello permitió concluir a los nazis que sus políticas de exterminio serían bien recibidas, ya que pensaban que esa indiferencia no era sino una especie de antisemitismo encubierto.

Tras estos dos primeros ‘experimentos’ hubo un intervalo como de calma, durante el cual Eichmann se puso a «juguetear» con su idea de Madagascar. Pero ya en breve el tema se puso serio, y se decidió en marzo del 41 (durante la preparación del frente soviético) que Alemania debía quedarse prioritariamente judenrein; e inmediatamente después el resto del Reich y de los territorios conquistados. Se dictaron las primeras medidas legislativas (brazalete amarillo, rechazo de la ciudadanía alemana a los judíos, documentación para poder apropiarse de sus bienes,…), y que luego serían extendidas al resto de territorios. Medidas que para ser aplicadas necesitaron la colaboración de todas las instituciones públicas (policía, servicios públicos,…), las cuales no fueron consideradas como criminales en Nuremberg.

Una vez empezados los trámites surgieron tres problemas. Uno, ya comentado, el de los amigos judíos que todo ciudadano alemán tenía, y que intentó solucionarse mediante el centro de Theresienstadt. Otro, qué se iba a hacer con los ‘medios’ judíos. Había dos opciones: la radical, exterminarlos como a todo judío; y la moderada, simplemente esterilizarlos (con la idea de no perder la mitad de sangre alemana que tenía la gente ‘mixta’). En cualquier caso, tuvieron dos elementos a favor: la fuerza de sus parientes no judíos, así como las dificultades técnicas para establecer medidas de esterilización masiva eficaces. Como Eichmann dijo, este ‘bosque de dificultades’ repercutió en su favor. Y el tercer problema: qué ocurría con aquellos judíos no alemanes residentes en Alemania, pues a éstos no se les podía quitar la nacionalidad con la mera deportación. Entonces el régimen nazi todavía era lo suficientemente sensible como para no proceder ‘a la brava’, consciente de que le sería útil en algún momento no estar enfrentado frontalmente con los otros Estados. Así que utilizaron a este colectivo para tantear, para tomar el pulso de la opinión de los demás sobre el problema judío. Se les comunicó que, como Alemania quería quedarse en breve judenrein, se iba a proceder a la devolución de judíos no alemanes a sus países de origen; en función de la respuesta de éstos, se tantearía si la Solución Final era más o menos bien acogida en el seno de Europa, pues en el caso de que algún Estado fuera reacio a acoger a unos centenares de ciudadanos propios, sería razonable pensar que no pondría demasiadas pegas a la Solución Final.

No fue hasta el 30 de junio de 1943 que el III Reich quedó definitivamente judenrein, mucho más tarde de lo que Hitler previó. En total, unas doscientas sesenta y cinco mil personas fueron deportadas del territorio alemán, de las cuales muy pocas consiguieron escapar.

Ya para acabar, una última idea que dio que hablar en la sesión del Seminario. En un momento del juicio, Eichmann llegó a afirmar que no hubo ningún país en Europa que aceptara de buen grado a los judíos, lo que les ratificaba en su antisemitismo. Claro, como si a cualquier estado mínimamente organizado no les supusiera un importante contratiempo la llegada de cualquier grupo amplio de personas extranjeras en estas condiciones. Y es cierto. De hecho esto es algo que está ocurriendo actualmente en nuestros países del sur de Europa, con la llegada de inmigrantes africanos que huyen de sus casas. Podríamos pensar que la situación no es la misma, que los judíos alemanes deportados son de carácter diverso a los inmigrantes del África subsahariana; pero, ¿lo son? Ambos grupos han sido obligados a salir de sus países, y ambos con amenazas de muerte, unos explícitas y los otros implícitas (aunque también a menudo explícitas).



Los inmigrantes actuales salen de sus zonas de origen para sobrevivir a una situación insostenible en sus países, peligrando sus vidas y la de los suyos; por ello no tienen reparos en jugársela cruzando el mar (¿qué tienen que perder?) con la esperanza de poder ganar unos recursos y poder ayudar a los que se quedaron. ¿Qué reacción tienen hoy en día los países europeos? No es un problema de fácil solución. Lo primero que viene a nuestra cabeza (y a nuestro corazón) es acogerlos a todos, como sea; a la hora de llevar a la práctica esa acogida supongo que la cosa es más complicada. Equilibrar estos dos aspectos no es fácil, y entiendo que la solución al problema no se encuentra a ‘golpe de corazón’, sin negar que éste sea indispensable. ¡Somos humanos! Supongo que la solución del problema no pasa tanto por acogerlos aquí (que también, ¿cómo no?) como por intentar ayudarles a resolver los problemas en su país de origen. ¡Hay tantos responsables! Occidente, sin duda; sus dirigentes, (en general) también... Es un problema difícil de resolver, en el que de alguna manera todos tenemos que contribuir. Que estemos sensibilizados es un gran paso pero, ¿es suficiente? Es fácil ser solidario, pero ‘que de ello se encargue el Estado’. ¿Cómo reaccionaríamos si una de estas personas llamase a la puerta de nuestra casa? ¿Cómo reaccionamos cuando alguien imprevisto irrumpe en nuestras vidas solicitando nuestra ayuda? Simplemente para pensar.

24 de junio de 2015

El imperativo categórico del III Reich

Hoy teníamos previsto tratar en el Seminario Fº de Investigación Ética varios capítulos del libro: el octavo referente a la personalidad de Eichmann, y los cuatro que le siguen que tratan el asunto de la gestión de las deportaciones en distintas zonas de Europa. Como veremos en el siguiente post, y tal y como comentó una compañera del seminario, se podía ver un paralelismo más que notable entre el trato que los países europeos daban a los denominados judíos apátridas (judíos alemanes que habían huido de Alemania, y que en cuanto cruzaron la frontera quedaron sin patria) y los inmigrantes que cada día llegan a decenas a las costas europeas procedentes de países africanos. Pero no adelantemos acontecimientos, a lo que iba. Estos capítulos no tienen desperdicio. ¡Cuántas cosas ignoraba de este tema! El caso es que al final no pudimos avanzar demasiado. Nos atascamos con los dos primeros… y bueno, dejaremos el resto para la próxima sesión. Hablaré ahora del primero de estos dos, en el que Arendt analiza el comportamiento de Eichmann.

El capítulo octavo se centra en la personalidad del acusado, un individuo que conforme pasaban los meses y los años, fue ‘superando’ (olvidando) su capacidad de sentir, limitándose a obedecer órdenes. Sólo en dos ocasiones actuó según su corazón (ayudando a escapar a un primo suyo medio judío y a un matrimonio también judío), y curiosamente ello le llevó a sentirse culpable (en tanto que desobedecía sus órdenes).

Eichmann tenía una concepción muy particular de la rectitud: ella fue la que le llevó a no secundar a compañeros suyos que se enriquecían con cobros a los judíos y con la usurpación de sus bienes; y ella fue también la que le llevó a mantener la ‘solución final’ hasta que ya era prácticamente imposible continuar con ella, porque esas eran las órdenes. De hecho, hacia el final de la guerra llegó un momento en que Himmler empezó a mandar que se detuviera el exterminio judío, en contra de las órdenes del propio Hitler (y superando el miedo físico que le inspiraba). Y le obedecieron (a Himmler) no pocos oficiales. Con ello no sólo intentaban (estúpidamente) elaborarse una coartada para lo que pudiera venir tras la derrota, sino que también pretendían establecer relaciones que tras el final de la guerra podrían ser provechosas. Eichmann fue incapaz de unirse a esta 'ala moderada', porque ello suponía sencillamente desobedecer las órdenes del Führer.

Si Eichmann continuó con la solución final, no fue tanto a causa de su fanatismo antisemita como porque sencillamente… se había limitado a cumplir órdenes (de hecho, según parece no era un fanático antisemita). Era perfectamente consciente de que Himmler estaba desobedeciendo a Hitler, y ello no le cabía en su cabeza. Y es que para Eichmann (y para toda Alemania en sus tiempos de esplendor), las palabras de Hitler se erigían en el derecho común básico. Toda actuación debía ir en sintonía con la letra o el espíritu de sus palabras. Tanto es así que tras las órdenes del Führer comenzaba el laborioso proceso de elaboración de leyes, normativas, decretos, etc., que acompañan a cualquier proceso normal de derecho. El gran problema es que en cualquier régimen político —digamos— normal, lo general es que prime un clima ético y que en su seno chirríe aquello que atente contra la libertad y la dignidad de las personas; pero en el régimen nazi, ocurría lo contrario: lo normal era «matar a ciudadanos inocentes por el sólo hecho de ser judíos», y el enfrentarse a ello era lo sorprendente. Ver cómo, cuando estaba cercano el final de la guerra, la mayoría de compañeros buscaban pasaportes falsos, etc., para cubrirse las espaldas y poder huir, para él era indignante. Él sólo hizo algo similar cuando Hitler había muerto ya, cuando ‘la ley’ había desaparecido, porque fue entonces cuando quedó liberado de su juramento.

Todo era como era, todo era como debía ser, esto es, como ordenaba el Führer. Su conciencia estaba tranquila, porque obedecía las órdenes de Hitler; y obedeciendo sus órdenes, todo estaba  bien. Sorprendentemente, Eichman apeló a Kant para justificar en el juicio su conducta. Según él, ¡había actuado siguiendo los preceptos morales del filósofo de Königsberg! Esto nos da que pensar, porque qué fácil es utilizar torticeramente las honestas ideas de otros, con la finalidad de justificar nuestra conducta. Eichmann habló de un ‘imperativo categórico del Tercer Reich’: «compórtate de tal manera, que si el Führer te viera aprobara tus actos». Y efectivamente ese fue su leitmotiv, más allá de su misma persona, pasando por encima de sí mismo.

Pero si por algo se caracteriza el pensamiento ético kantiano, es por el discernimiento moral, ajeno totalmente a cualquier tipo de obediencia ciega, la cual atenta frontalmente contra la dignidad de la persona. Además: según Kant, para poder valorar su imperativo categórico era preciso haberse cultivado previamente, haberse educado, haberse hecho persona. Es cierto que Eichmann nunca quiso aprovecharse a nivel personal de su situación (como sí hicieron tantos otros), pero obviamente está muy lejos de ese individuo capaz —según Kant— de poder comprender el imperativo categórico.

No pudimos evitar cuestionarnos si el individuo de hoy está (estamos) en condiciones de comprender el imperativo kantiano. ¿Lo estamos? Si echamos un vistazo alrededor, ¿qué vemos?, ¿qué resortes son los que mueven al ciudadano contemporáneo, qué es lo que le motiva? ¿Qué queremos en definitiva? ¿Queremos verdaderamente esforzarnos por cultivar nuestra personalidad, por crecer como personas, por colaborar en aras de una sociedad mejor,… o más bien queremos tener cubiertas nuestras necesidades básicas (y a lo mejor no tan básicas), y con eso nos contentamos? No es poco salir adelante en una sociedad como la nuestra (y más con la que está cayendo) pero... ¿es suficiente? Vemos la alienación de los alemanes en la década de los 40 y nos echamos las manos a la cabeza. ¿Acaso no estamos nosotros alienados a nuestra comodidad, a nuestro bienestar,…? ¿No vivimos inmersos en la ideología del progreso, de la tecnología, del disfrute,… en función de la cual estamos perfectamente justificados? ¿Cuál es nuestro imperativo categórico? ¿A qué porción de nuestro bienestar estaríamos dispuestos a renunciar? Sería interesante preguntarse si nuestro imperativo no nos viene marcado por la ideología dominante, por la del progreso tecnológico, por la necesidad de tenerlo todo bajo control; y si nuestro interés no es adaptarnos a esa forma de vida para poder obtener una vida ‘mejor’, una vida sin complicaciones que nos desvíen de nuestra vida acomodada.

Comentando todo esto me vinieron a la cabeza dos cosas. Una, los experimentos de Milgram sobre nuestra capacidad para obedecer a una autoridad aunque ello haga sufrir a otra persona (que dan para pensar, la verdad). Pero también me acordé de otra, de un video más simpático pero que también da que pensar. Recuerdo que lo vi de chaval, hace ya unos cuantos años: un gag de Emilio Aragón. Si ya peináis canas, os acordaréis de ‘Ni en vivo ni en directo’, ¿verdad?



No todo es 'samba'. Tampoco todo es trabajo. Hay que buscar espacios tanto para el trabajo como para el esparcimiento, integrados ambos en una unidad de vida global y con sentido, que nos permita sentirnos partícipes y colaboradores activos de una sociedad (la nuestra) que no se construye sola, sino únicamente con el esfuerzo de todos y de cada uno de sus integrantes.

28 de mayo de 2015

Lo fácil y lo difícil

Llama la atención el lenguaje que se utilizaba en los mandos alemanes para referirse a cuestiones tan delicadas. Por ejemplo, cuando se hablaba en términos de ‘administración’ en referencia a los campos de concentración, o de ‘economía’ en referencia a los de exterminio; o también eufemismos como ‘solución final’ (matar), ‘tratamiento especial’ (llevar a un campo de exterminio), ‘evacuación’, ‘cambio de residencia’, ‘reasentamiento’, ‘trabajo en el Este’,… Un lenguaje que sin duda tenía su eficacia para mantener cierto orden y serenidad. Claro que todos eran conscientes de lo que estaban hablando, pero dicho de esta manera parecía objeto de su cometido profesional. E incluso justificaban así su forma de actuar, tergiversando sus acciones en términos de deber, de misión, de honor… En esto de dar la vuelta a las cosas era especialista Himmler: no se trata de infringir un daño horrible a los demás, sino de soportar ese horrible espectáculo en el cumplimiento de mi deber.

Eichmann no tuvo contacto directo con los campos de exterminio. Cuando Hitler dio la fatídica orden en 1941, el acusado fue enviado por Himmler a inspeccionar algunos de ellos (Lublin, Chelmo, Minsk) y regresó a Berlín fuertemente conmocionado, solicitando que no le enviasen otra vez. Pero consciente de todo lo que se hacía allí, siguió realizando su actividad desde Alemania. Sólo en una ocasión desvió un convoy hacia un gueto en Lodtz, donde aún no estaban dispuestos los preparativos para el exterminio, en provecho de las personas que iban en él. Esto es algo llamativo sobre lo que Arendt llama la atención.

La conmoción que sintió Eichmann fuel algo común a bastantes miembros de los einsatzgruppen. Los alemanes poseían dos grandes herramientas para matar a la población civil. Mientras las cámaras de gas asesinaba a miles y miles de judíos en los campos, los einsatzgruppen (una especie de batallones de fusilamiento) hacían lo propio en el frente no sólo con la población semita o no aria, sino con intelectuales y personas de relevancia de las sociedades conquistadas (e incluso también para acabar con los propios compañeros heridos de gravedad en el frente y que no podían ayudar). Pues bien, como decía muchos de los soldados integrantes de estos batallones no podían soportarlo; no podían soportar acabar con tantas y tantas vidas a sangre fría. Y los mandos lo sabían: a cualquiera que daba señales de flaqueza, a cualquiera que mostrara un mínimo de sensibilidad ante el ejecutado, le relevaban del puesto.

Ya se encargaban los mandos de vender su tarea como algo histórico, destinado a los grandes héroes de Alemania, únicos capaces de soportar semejante carga a favor del Imperio. Pero muchos de ellos no lo soportaban (¡eran personas también!). Los asesinos no eran homicidas por naturaleza ni sádicos. Y ni siquiera las ‘palabras aladas’ con las que les querían motivar para su terrible tarea, podían ir en contra de lo que para Arendt es algo innato en el ser humano: «una piedad instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico». A todo aquel que su piedad (sana) le dificultaba su tarea, era rápidamente sustituido por otro ‘glorioso defensor del Imperio’.

Esta piedad se puso también de manifiesto en innumerables ciudadanos alemanes que conocían lógicamente a muchos otros ciudadanos alemanes judíos, a los que querían ayudar y proteger. Himmler decía que cada uno de los ochenta millones de buenos alemanes tenía su judío decente al que quería ayudar. Si unimos esta circunstancia a que había semitas mejor posicionados socialmente que otros, se provocó que la propia comunidad judía se estratificara jerárquicamente, hecho que no contribuyó a su cohesión.

Un aspecto sorprendente fue la colaboración de los propios judíos a la hora de manejar a toda la comunidad. Hasta había una especie de ‘policía judía’ que fue la que realizó las últimas cacerías de judíos en Berlín. Sin la colaboración de estos grupos, el propio Eichmann reconoció que la labor se habría complicado muchísimo. En su camino hacia la muerte, la población judía era guiada y llevada por equipos de judíos; veían realmente a pocos alemanes en el itinerario mortal. Judíos eran los que ‘engañaban’ a los que eran escogidos para ‘ducharse’ en los baños mortales, los que quitaban los objetos de valor a los cadáveres, quienes les cavaban sus tumbas,…

¿Cómo actuaríamos cualquiera de nosotros en semejantes circunstancias? Ante la pregunta que se le hizo en el juicio a un judío colaborador, éste contestó: “¿Qué podíamos hacer en esas circunstancias? ¿Qué podíamos hacer?”. Supongo que desde mi sillón leyendo este libro, me puedo escandalizar; pero intentando ponerme en su situación, en un país en que eres tratado como un animal, donde lo normal es que te humillen, donde estás esperando el día en que te peguen un balazo en la cabeza, cuando ya no tienes fuerza ni para sostener un hilo de dignidad, cuando no ves a tu alrededor más que muerte y más muerte,… “¿Qué podíamos hacer?” Esas palabras resuenan en mi cabeza. No es una pregunta fácil de responder. ¿Hubiera sido más fácil enfrentarse a los soldados, consciente de que ello te llevaría sin duda a la muerte? En esa vorágine de asesinatos y de sinsentidos, es muy difícil saber cómo reaccionaría uno. Quizá lo único que podemos hacer es compadecernos de ellos, y hacer lo posible para no volver a caer en semejante barbarie. Los judíos que presentaron resistencia, como sabemos, fueron muy pocos. Y es que como dice Arendt, en aquellas circunstancias debía ser un verdadero milagro que alguien tuviera agallas para enfrentarse al sistema.

Eichmann no era un mercenario, sino alguien que pertenecía a una sociedad que idolatraba a Hitler, y a la que pertenecían los personajes más ‘ilustres’. Él, sencillamente, se subió al carro. Llegó a comentar en el juicio que no escuchó ninguna voz que le hiciera cuestionarse su actuación. Todos iban a una, en un delirio de poder y de muerte. Incluso la actuación de este grupo capitaneado por Stauffenberg para atentar contra Hitler (1943), no estuvo motivada tanto por convicciones morales como por su consciencia de que Alemania estaba siendo despedazada, y había que poner fin a aquello; independientemente de que su valor fuera admirable, no estuvo motivado por la inmoralidad del Reich ni por el sufrimiento de tanta gente inocente, sino por la convicción de la inminente derrota de Alemania y su consiguiente ruina.

11 de mayo de 2015

Explicar lo inexplicable

En la sesión de hoy hemos seguido con la lectura de Eichmann en Jerusalén. Arendt continúa el libro comentando la evolución de las distintas ‘soluciones’ que desde el mando alemán se pretendían dar al ‘problema’ judío. La primera de estas soluciones, antes del comienzo de la guerra, fue la emigración forzosa, esto es, la expulsión. En ella Eichmann, como buen gestor que era, demostró ser muy eficiente; circunstancia que utilizó en el juicio para aducir que gracias a él se habían salvado muchos judíos (aunque en aquel entonces aún no se sabía nada de la que más tarde sería denominada solución final).

Según parece, en aquellos primeros compases los nacionalsocialistas simpatizaban con la actitud pro-sionista, ante la cual los judíos asimilacionistas eran mal vistos (tanto por los nazis como por los mismos judíos pro-sionistas). Los judíos sionistas contactaron con las autoridades nazis por entender que era una buena ocasión para poder emigrar a Palestina. Hubo enviados que desde allí viajaron a Alemania, para recabar ayuda y fondos para la que entonces era una inmigración ilegal, pues como sabemos Palestina estaba en manos de Inglaterra, el que entonces era considerado el verdadero enemigo. Démonos cuenta de que estamos mucho antes de que los sucesos tomaran el desgraciado cariz que tomaron, y en ese momento el enemigo no era tanto el que oprimía al pueblo judío en algún país sino quien les prohibía la entrada a la tierra prometida.

Esta ‘sana’ relación cambió a partir de 1939. Las autoridades judías vieron en Eichmann una modificación radical en su forma de comportarse, unida sin duda a su ascenso provocado por la nueva circunstancia. No se tardó mucho en ver que la solución de la expulsión no iba a ser viable, básicamente por dos motivos: a) en tiempos de guerra aumentaban las dificultades para trasladar gente de un país a otro, como es lógico; b) conforme Alemania se iba anexionando territorios, el número de personas judías aumentaba exponencialmente. Y aunque hasta 1941 Hitler permitió la emigración, la segunda solución estaba ya presente: la concentración. Si hasta el comienzo de la guerra el gobierno alemán aún guardaba las formas, tras septiembre de 1939 éstas se radicalizaron.

Cuando Eichmann ocupó su cargo, se encontró en la tesitura de que la emigración forzosa era la solución oficial pero que ya empezaba a no ser viable materialmente. Ideó tres posibles soluciones. La primera era conocida como la idea de Nisko, que consistía en enviar a la población judía a territorios anexionados en el este europeo. Por ejemplo Polonia, en donde se podría crear una especie de Estado judío autónomo. La segunda fue el proyecto Madagascar, que consistía en hacer lo propio en esta isla africana. Ambas ideas fracasaron. La tercera solución pasaba por concentrarlos en una ciudad checoeslovaca, Theresienstadt, pero pronto se vio que era una ciudad muy pequeña y consecuentemente que el proyecto era inviable (para el cual incluso se había evacuado a la propia población checoeslovaca). Mientras se intentaban materializar estas posibilidades (en las que Eichmann puso interés, esto es cierto) el tiempo pasaba, la guerra continuaba, y en 1941 se abrió el frente ruso. Con la complicación que ello supuso, la ‘gestión’ de los campos de concentración al uso se hizo difícil; el paso a la tercera solución fue ya inminente: la ‘solución final’, el exterminio.

No hay que dar ninguna explicación de lo terrible de esta solución. Pero analizando cuál era la mentalidad alemana de entonces, uno va atando cabos, y va comprendiendo (en la medida en que esto pueda ser comprensible) por qué ocurrió. Nos encontramos en una situación en la que la ignominia de la sociedad judía era un hecho. Sí, era un hecho. Lo que había que hacer era intentar dar salida al problema generado por este hecho. A la inviabilidad de las dos primeras soluciones, se unía una circunstancia no menos terrible: la consideración de la eutanasia en la sociedad alemana. La solución final no surgió de la nada. La eutanasia era ya una realidad en el estado alemán, y se aplicaba tanto a personas terminales como a enfermos mentales. Según parece, se dio ‘muerte digna’ a unas cincuenta mil personas. Ante críticas de la propia población alemana, dejaron de practicarse estas ‘muertes dignas’ a personas nativas para comenzar a aplicarlas a la población judía. Los campos de concentración no daban a basto para admitir a todos los vagones que llegaban repletos de personas. No podían enviarlos a otros sitios, no podían mantenerlos,… Al final lo que ocurrió fue que los mismos que construyeron las instalaciones para los enfermos mentales, construyeron las cámaras de gas en los campos de concentración. Y el caso es que esta mentalidad eutanásica estaba firmemente asentada en no pocos sectores de la sociedad. Para la propia población alemana morir gaseada era un modo de no caer en manos del enemigo en una posible derrota: el führer, en su bondad, tenía previsto una muerte sin dolor en el caso de que la guerra no terminara victoriosa. Testimonios hay de ello.

Visto cómo acabó todo, parece que las dos primera soluciones fueran más ‘llevaderas’. Aunque lógicamente eran preferibles a la tercera, no podemos dejarnos llevar por las apariencias, pues suponen una humillación brutal sobre la población judía, o la gitana,… Y el caso es que esto era lo ‘normal’ ya no sólo en el gobierno alemán, sino en buena parte de la sociedad (fueron muy pocos los que se opusieron desde el principio a Hitler y se mantuvieron en su postura; Arendt habla de unos cien mil, entre los que estaba Karl Jaspers). Y es sorprendente cómo esa brutalidad pudiera ser considerada como lo normal. Quizá el problema comenzó en el momento en que se dictó la primera ley (todavía en tiempos de paz) relegando a los judíos a ser ciudadanos de segunda. Eso fue aceptado, y ese fue el primer paso.

Si unimos este tipo de decisiones a la euforia provocada por un estado exitoso y poderoso, se llega a una degeneración moral que ya en su desenfreno puede derivar hacia cualquier cosa. ¿Dónde acaba lo correcto socialmente aceptado, dónde acaba lo ‘normal’ y dónde comienza lo ético? Cuando vives emborrachado de poder, cuando no das ningún valor a la vida de nadie y crees que puedes disponer de todo y de todos con absoluta impunidad, cuando se agacha la mirada temerosa ante tu presencia, cuando miran temblorosos tu figura… ¿no cambia tu modo de entender la vida?, ¿no cambian tus parámetros?,... Lo ético ya no era matar o no matar, sino causar el menor sufrimiento posible ante el ya inevitable asesinato. ¿Cómo no deformar la realidad, cómo no dejarse arrastrar por la vorágine de los excesos y del despotismo? ¿Cómo ser capaz de mantener la cabeza alta y el criterio adecuado ante tanta barbarie? Y el caso es que la mayoría de los que así pensaban eran gente normal, gente normal…

No sé por qué pero veo cierto paralelismo con la vorágine de excesos cometidos en nuestra historia reciente por tantos y tantos ejecutivos y políticos de nuestro querido país, que ante el exceso y el desenfreno económico y financiero cayeron en el pozo de la corrupción y del fraude. ¿Dónde acaba lo ‘normal’ y comienza lo ético?

27 de abril de 2015

El hombre Eichmann

Tal y como decía en el post de ayer, en la primera sesión que dedicamos a Eichmann en Jerusalén (EJ) trabajamos los tres primeros capítulos. Arendt comienza el libro hablando de la relevancia del caso, cuya repercusión mediática lógicamente iba mucho más allá de la persona Adolf Eichmann. ¿Quién era juzgado: Eichmann, los miembros del partido en general, la sociedad alemana, aquellos países que habían ofrecido asilo a tantos nazis y que incluso habían mostrado sus simpatías hacia Eichmann en concreto…? Como decía Ben Gurión y dada la importancia internacional de este juicio, lo que de verdad estaba en juego no era este individuo, ni siquiera el movimiento nazi, sino todo el antisemitismo secular.

Como era de esperar, el eco de este juicio fue notable. Nos dice la autora que tras la detención de Eichmann se sucedieron otras muchas de otros ex-miembros del movimiento, algunos de los cuales ocupaban cargos públicos ciertamente relevantes (hecho que no deja de ser sorprendente, y del que algún diario alemán se hizo eco: ¿cómo estos criminales podían ocupar los lugares que ocupaban?). Este aspecto fue especialmente delicado para la sociedad alemana, pues una cosa es identificar criminales en los bajos fondos, y otra ocupando destacados lugares públicos.

Tras esta contextualización, Arendt incide en la sorprendente actitud con la que el acusado encaraba sus acciones, actitud que según su opinión no acabó de ser comprendida por la audiencia. Eichmann no se veía a sí mismo como un canalla ni nada por el estilo. Ni tampoco como un fanático que odiaba a los judíos: según él, no sentía nada personal contra ellos. Sencillamente, realizaba un trabajo del mejor modo del que era capaz. Era una cuestión de eficiencia. Obviamente, esto no podían creerlo en el juicio; de hecho no le creyó nadie. Ni aunque tras varias entrevistas psiquiátricas fuera certificado como un 'hombre normal' y no como un psicópata; Eichmann no era un enajenado. Pero nadie le creyó porque nadie podía entender cómo alguien pudo hacer todo lo que él hizo y presentarse así, sin más. Todos pensaban que mentía. No podían tomarlo sino como un mentiroso. Pero el caso —como nos dice Arendt— es que no mentía; y que por no atender a su actitud real no dieron con el verdadero asunto del problema. Y esto es muy interesante. En sus cabezas no cabía (cosa por otro lado perfectamente comprensible) que alguien normal no fuera consciente de tales actos criminales. Según Arendt no se daban cuenta de que lo 'normal' en el régimen nazi era la actitud del alemán; y que lo excepcional era lo que en cualquier sociedad podría ser considerado como normal. Y esta es la cuestión: cómo la actitud de Eichmann podía ser la normal en un determinado contexto social, una actitud compartida por el grueso de los miembros del movimiento.

Eichmann tuvo una infancia y juventud sin pena ni gloria; seguramente con más pena que gloria. Sin acabar de encontrar un puesto profesional que le satisficiera, acabó enrolándose en el ejército; aunque no por convicción personal, sino porque veía ahí una vía para recomenzar su vida y alcanzar algún triunfo profesional. Tras un primer puesto en campamentos militares que no era de su agrado, enseguida solicitó el traslado a las oficinas de los Servicios de Seguridad. El cometido de este organismo era vigilar y controlar a los propios alemanes a favor de las SS, tarea que se extendió a favor también de la Gestapo (policía secreta). Según parece, en un principio Eichmann no tenía ni idea de dónde se metía (hecho que puede ser perfectamente cierto); e incluso le contrarió que le enviaran a los archivos para recoger y almacenar información sobre los francmasones en primera instancia, y sobre los judíos en segunda. Y éste fue su primer contacto con el mundo judío.

En aquel entonces (sobre 1935) Hitler era admirado como estadista: el país prosperaba, y había un ambiente pacífico. Aunque al inicio de su mandato prohibió a los judíos ejercer cargos públicos del Estado, no se inmiscuyó (todavía) en sus actividades privadas. Ello comenzaría a partir de 1938, período en el que ya se estaban dando de forma pacífica las emigraciones. Al principio, estas emigraciones no fueron consideradas como algo extraordinariamente anormal; salvo algunas emigraciones forzosas (sobre todo por causas políticas), se fueron muchos jóvenes por entender que en Alemania su futuro profesional se veía comprometido. Pero en breve, en la noche de los cristales rotos, se puso brutalmente de manifiesto que dicha 'normalidad' no era tal. Es llamativo que las crecientes restricciones que fue imponiendo el régimen nazi a los judíos (cero cargos públicos, no a los matrimonios mixtos, ciudadanos civiles de segunda,…) pasaran más o menos sin mayor eco en el contexto general. Y es que a pesar de ello, los judíos se sentían miembros del Estado Alemán, y de alguna manera protegidos pues había una normativa que les consideraba y por tanto, en el seno de dicho marco jurídico, estaban a salvo.

Por otro lado, había grupos judíos (sionistas principalmente) que veían en esta coyuntura una posibilidad de materializar por fin su sueño. Incluso se hablaba de un renacimiento del judaísmo alemán (tanto por parte de sionistas como asimilacionistas). Se discutía de estos temas, sin imaginar para nada en qué se iba a convertir todo aquello. De hecho, hubieron muchos contactos entre sionistas y alemanes en este sentido. Los sionistas eran bien considerados por Eichmann por su idealismo (no así los asimilacionistas, a quienes rechazaba de plano); tanto que incluso simpatizaba con la idea de proporcionarles un lugar en el que pudieran vivir dignamente.

Su primer destino de importancia, en Austria, tenía que ver con la coordinación con el pueblo judío para gestionar la emigración. Pero en 1938, la emigración pasó de ser ‘voluntaria’ a ser forzosa. Eichmann realizó esta tarea eficientemente, y en colaboración con los emigrantes. Salieron muchísimas personas legal y pacíficamente. Llama la atención cómo se pudo vivir esta situación ‘pacíficamente’ suponiendo como suponía una omisión del reconocimiento de cualquier tipo de derecho a la población judía. Que estaban siendo oprimidos y vejados, eso ya era una cosa normal; lo que había que hacer era irse del mejor modo posible.

Cuando se le hacía ver estas cosas, Eichmann sólo respondía con frases hechas, con clichés fruto de esa conformación de las conciencias propia de todo movimiento opresivo. No pensaba por sí mismo; decía lo que el movimiento le decía que dijese, lo que había grabado a fuego en su mente. Y esto no era una pantomima: era el reflejo de una persona alienada a un movimiento que le absorbía por completo. Incapaz de ser crítico consigo mismo y mucho menos con el movimiento, era a la vez incapaz también de ponerse en el lugar de otra persona; ya no sólo de empatizar afectivamente sino ni siquiera cognitivamente. Todo lo que hizo era necesario, creencia derivada de la mentira que vendía el movimiento, a saber: Alemania no quería la guerra pero el destino le obligaba a ello.