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22 de septiembre de 2020

El proceso evolutivo de la mutación: una suerte ruidosa

Un proceso paradójico es que, si bien por una parte parece que los cuerpos vivos mantengan cierta autonomía frente al entorno que les rodea, autonomía relativa ya que siempre dependen de su ambiente para poder vivir, por otro lado, su capacidad de reproducción parece que los lleva a compartirse, a ‘repartirse’ a sí mismos dando luz a nuevos organismos vivos. De hecho, la reproducción no es sino la génesis de un organismo nuevo con una parte, con un pequeño fragmento, de otro. El carácter individual de todo organismo no es tal; y ello en dos sentidos. El primero, en el que acabamos de comentar: que todo organismo está íntimamente inserto y vinculado con su entorno, sin el cual no podría sobrevivir; el segundo, en el sentido de que todo organismo presenta una tensión a darse a sí mismo en beneficio de lo que será su descendencia (independientemente de que tenga mayor o menor fortuna en tal empresa, algo que decidirán las leyes de la vida).

Sabemos que el código genético de una especie se transmite de individuo a individuo gracias al ADN, en cuyo seno hay fragmentos ‘con sentido’ —los genes— que poseen la información necesaria para que se puedan formar las moléculas fundamentales del nuevo organismo. Son como los moldes en los que sólo pueden encajar distintos tipos de moléculas. ¿Cuáles son, a grandes rasgos, los papeles que juegan los principales elementos que solemos manejar cuando hablamos de estas cosas? El profesor Manuel Alfonseca lo explica (en este post) de un modo muy intuitivo, en analogía con el funcionamiento de un ordenador, una analogía simplificada pero que puede servir para comprenderlo . En todo ordenador hay una CPU, una central de procesos en la que se ejecutan los programas, se recogen las variables, etc.; y una serie de recursos guardados según sus características: la información almacenada en el disco duro, la memoria caché (memoria intermedia empleada para acelerar los procesos), memorias externas para llevar información de un ordenador a otro. Pues bien, el ADN sería algo así como el disco duro del ordenador, en tanto que su principal función es almacenar el código genético; pero el caso es que no es capaz de ‘ejecutar los programas’, para lo cual necesitará el resto de la ‘maquinaria celular’. El ARN sería algo así como la memoria caché, en tanto que sirve de intermediario entre el ADN y la ‘maquinaria celular’, «trasladando del uno a la otra una copia de un solo gen». ¿Qué es lo que compone la maquinaria celular para poder procesar la información genética? Pues entrarían los ribosomas (que descifran la información del ARN y sintetizan las proteínas), las mitocondrias (que, oxidando la glucosa, proporciona los recursos energéticos necesarios), y los cloroplastos (en el caso de los organismos que necesiten realizar la función clorofílica). Una maquinaria, ciertamente descentralizada, pero extremadamente eficaz. Pero no todos los genes funcionan idénticamente, afirmación que hay que aclarar. Primero hay que decir que no está para nada claro —todo lo contrario— que cada gen esté asociado a una determinada funcionalidad; lo que hoy en día se piensa es que los genes no actúan por separado, sino estructuralmente, dato que es importante y que evita que se den simplificaciones reduccionistas, tal y como explica por activa y por pasiva el profesor Sanmartín (en Los nuevos redentores, por ejemplo).

Y a lo que iba. Cuando decía que los genes no funcionan siempre idénticamente, me refería al hecho de que, si bien los genes tienen en principio unas mismas potencialidades, no todos las actualizan por igual. Por ejemplo, si hablásemos del gen del color de los ojos, ese gen bien se puede actualizar en marrón, verde o azul. En todos los individuos se trata del mismo gen, aunque con distintas variantes, cada una de las cuales se denomina alelo.

Esto es algo que ocurre en todos los genes de todos los seres vivos. Y nos podemos preguntar por qué esto es así: ¿no sería más fácil que todas las personas, tuviéramos ojos marrones?, ¿por qué la diversidad de colores de ojos?... Preguntas que podemos extender a cualquier rasgo característico de cualquier ser vivo. Pues bueno, el caso es que más que una desventaja es una ventaja: si todas las especies gozaran de dicha uniformidad, tendrían poca flexibilidad, y ello dificultaría su posible adaptación a un entorno siempre cambiante. Porque una de las condiciones para poder adaptarse a estas condiciones cambiantes del entorno, es gozar de cierta holgura de respuesta, la cual se da precisamente gracias a la variabilidad genética; será esta variabilidad genética la que dote al organismo de una holgura de respuesta mínimamente exigible para poder adaptarse a su entorno. Esta holgura, esta flexibilidad que dota de posibilidades a un organismo para que se pueda adaptar al ambiente, se da gracias a la existencia de ruidos en el proceso de transmisión genética. Si dicha transmisión fuese siempre perfecta, no habría lugar a ‘errores’ en las replicaciones del ADN, es decir, no habría lugar a mutaciones, y todos los individuos serían exactamente idénticos. Pero no es así; y gracias a ello, la evolución es posible, y con ella el mantenimiento de la vida sobre la superficie de nuestro planeta.

Tampoco pensemos que estas mutaciones son todas provechosas o útiles. Muchas de ellas se perderán en el olvido de las generaciones, pero otras no, y persistirán en las especies a modo de alelos de los distintos genes, unos expresados morfológica o funcionalmente, otros en silencio esperando la ocasión para mostrar su utilidad. En este sentido es necesario que las poblaciones cuenten con el número de individuos mínimo para que esta variabilidad genética sea funcional; en números inferiores a este mínimo, es fácil que el grupo poblacional no sea viable y con el tiempo desaparezca.

Aunque estas mutaciones son útiles para la viabilidad de la especie, tampoco pueden ser demasiado frecuentes, tanto como para poner en peligro la estabilidad de ésta y de sus procesos reproductivos. Con tantas modificaciones, no habría ya información genética que transmitir, pues todo sería un aglomerado de moléculas sin más información orgánica, y sin utilidad real para que el organismo sea viable y la especie pueda continuar existiendo. ¿Cuál es el equilibro adecuado, entre estabilidad y variabilidad, entre código genético y mutaciones, para que la especie sea viable de modo óptimo? No hay ningún dato que nos pueda ayudar en este sentido. Será el propio devenir del tiempo el que irá diciendo si, el modo de darse esas variables en esta especie en concreto, fue adecuado o no, en cuyo caso ya no existirá para contarlo.

25 de junio de 2019

Transhumanismo: evidencia científica o utopía mítica

La semana pasada tuve la suerte de participar en un tribunal para la evaluación de un TFG de mi Facultad que trató sobre el transhumanismo. Vaya por delante que no soy un gran conocedor del tema; pero cuando me llegó el texto, noté que el título ya anunciaba un modo diferente de tratar un asunto que hoy en día está en boca sino de todos, sí de muchos; un asunto muy presente en el imaginario social y en los medios de comunicación, también en los ámbitos científicos y filosóficos. Hay en su exposición dos ideas sobre todo que, tal y como le dije al autor en mi valoración, me parecieron fundamentales.

No voy a hacer aquí una explicación de lo que sea el transhumanismo; muy brevemente se puede decir que se trata de una doctrina o una corriente de pensamiento filosófico-científica que propugna una superación de la naturaleza humana en todas sus dimensiones, también en sus capacidades psíquicas y fisiológicas, gracias sobre todo al desarrollo tecnológico actual; un progreso, que se percibe con cierta inminencia, gracias al vertiginoso ritmo con que se van sucediendo la renovación y las posibilidades de los distintos dispositivos que —cada vez más— inundan nuestras vidas; un progreso, al final del cual nos espera una nueva naturaleza, un estadio poshumano, en el que viviremos una vida centenaria, liberados de los problemas inherentes a nuestro carácter específicamente humano (sufrimientos, dolor, infelicidad, enfermedades…). Todo lo cual parece que esté —así se nos dice— ‘a la vuelta de la esquina’, dentro de unas pocas décadas a lo sumo; efectivamente, ante un futuro distópico, se insiste en convencernos de la inminencia de los resultados.

Cuando uno se acerca a este problema, se da cuenta de que no todo es blanco o negro sino que, con frecuencia, en la práctica las barreras se tornan difusas. Pero el autor del TFG no se sitúa en esta clave, sino en otra muy distinta: él sitúa al transhumanismo como uno de esos grandes relatos que la humanidad utiliza para poder encontrar sentido a su existencia; narraciones que nos han acompañado desde siempre, y gracias a las cuales alcanzamos «la estructura básica cultual social y emocional para poder vivir».

No todos estos grandes relatos son iguales en cuanto a sus posibilidades, humanidad, descriptores de la realidad, etc., ni tampoco son fáciles de identificar ya que —a menudo— se mueven en un nivel profundo, guiando nuestras vidas, aunque no siempre conscientemente. En el fondo, son mitos. Actualmente se entiende a los mitos peyorativamente, como relatos irracionales, acientíficos, que poco tienen que ver con la realidad de las cosas, imputables a mentes infantiles. Nada más lejos de la verdad. En todas las épocas —también en la nuestra— hay mitos. Los mitos no ocultan la verdad de las cosas, sino que la ofrecen en un nivel que subyace nuestro modo cotidiano de desenvolvernos en ella, con matices y aspectos que, usualmente, permanecen inadvertidos. «La estructura mítica no oculta la verdad, es un nivel subyacente a cualquier creencia o ideología de una época».

El concepto de mito se complementa con otro fuertemente empleado (aunque no siempre) en el ámbito de la modernidad: se trata de la utopía, muy afín al ideal de progreso, también especialmente acentuado en la época ilustrada (aunque también en otras). Este término, igual que el anterior, suele ser confundido también con cierta facilidad: no se trata de una ensoñación, de una ilusión que por definición nunca se podrá alcanzar, sino de «la proyección futura de las líneas de creencias actuales que convergerían en un escenario posible», definición que me pareció muy sugerente.

Pues bien, el transhumanismo no sería sino una nueva utopía de progreso, en la que subyace el gran tema mítico de la salvación, una salvación alcanzable gracias a la redención del ser humano a través de la ciencia y la tecnología. El transhumanismo, amparado en la todopoderosa tecnociencia, ofrecería como alternativa al futuro distópico sugerido por el posmodernismo, un futuro utópico transhumano, un paraíso en el que todos viviremos centenariamente (¿eternamente?) libres de sufrimiento, en feliz plenitud.

Ante ello cabe plantearse dos cuestiones. Dado por hecho de que podamos vivir vidas centenarias, e incluso libres de enfermedades con una salud perfecta, ¿qué nos dice que vayamos a ser felices?, ¿cómo se va a articular en esa nueva vida la felicidad?, ¿es la felicidad únicamente un asunto de longevidad, o de salud? Que estos aspectos puedan influir en la felicidad, supongo que sí, aunque esto sería matizable; pero afirmar que la felicidad pende de eso, o pretender que, una vez alcanzada una longevidad en plena salud seremos necesariamente felices, es otra muy distinta. Y este salto para nada es evidente.

La segunda cuestión a la que hacía mención tiene que ver con el hecho de que, dado el estado actual de la tecnociencia, si efectivamente estamos tan próximos del paraíso transhumanista. Según el autor, la tecnociencia es per se transhumanista, en su espíritu es profundamente transhumana; pero, otra cosa es que pueda llegar a serlo realmente, pues quizá su nivel de desarrollo (a pesar de sus sorprendentes adelantos) esté todavía lejano a ese futuro prometeico ‘tan próximo’. Quizá los resultados palpables que ya disfrutamos, así como la debida labor de divulgación, hagan el resto.

La humanidad posee dos grandes peligros: su destrucción —el más evidente— pero también la pérdida de su esencia. Nadie sabe a ciencia cierta en qué nos convertiremos cuando seamos transhumanos; sabemos lo que se nos dice, pero no lo que seremos en realidad. Estamos vendiéndonos —consciente o inconscientemente— al diablo, un diablo vestido con ropajes tecnocientíficos el cual cada vez está ejerciendo más poder y control sobre nosotros, sin nadie que le dirija; hemos creado (y lo seguimos creando) un monstruo que paulatinamente va cobrando autonomía propia, siendo cada vez más difícil dirigir su desarrollo, algo de lo que no somos del todo conscientes; y, «la falta de conciencia es lo mismo que la falta de responsabilidad». La tecnociencia es muy buena para la humanidad (¡qué duda cabe!), pero no podemos ser tan ingenuos —algo que ya nos decía José Sanmartín hace más de treinta años— de pensar que esa bondad pende de ella misma; normalmente subyacen intereses económicos, políticos, etc., que para nada coincidirán con los que éticamente serían oportunos para nuestra especie. Casualmente, en el reciente Congreso EBEN organizado por nuestra facultad, Adela Cortina nos recordaba la necesidad de que Europa asuma este reto. Nada más, y nada menos.

21 de agosto de 2018

La ¿pureza? del quehacer científico

En el post anterior ponía así, como de pasada, entre paréntesis, un pequeño comentario que me ha supuesto algún que otro tirón de orejas. Vaya por delante que de lo que en él estaba hablando no era de la ciencia, sino del cientificismo, que es algo diferente. A poco que alguien me conozca, sabrá que un servidor nada tiene contra la ciencia, todo lo contrario; siendo fiel a mi formación técnica, creo que hoy en día no es recomendable —ni posible, diría yo— pensar filosóficamente sobre cualquier tema desconociendo el estado de la cuestión del conocimiento científico (entre otros) en tal asunto.

La frase a la que me refería es aquella en la que dudaba de la posibilidad de que la ciencia fuera un asunto de conocimiento de ‘hechos’, de verdades eminentemente ciertas referidas a un conocimiento absoluto de la realidad. Evidentemente, el conocimiento científico por ser como es y por apoyarse en una experiencia empírica sensible de objetos físicos (llamémosles así), goza de un estatuto de objetividad del que no gozan otros tipos de conocimiento, como el filosófico, por ejemplo, más especulativo. Pero —a mi juicio— ello no quiere decir, por un lado, que no haya conocimiento válido fuera de ella y, por el otro, que su conocimiento sea perfectamente objetivo, que es a lo que iba. También hay que decir que tampoco todos los científicos piensan así (algo de lo que puedo dar fe). Como decía, no se trata de ir contra la ciencia, sino contra el cientificismo, sencillamente para caer en la cuenta de que no todo es tan bonito.

A mi modo de ver, se puede dudar de esa pretendida ‘objetividad absoluta’ de la ciencia en dos aspectos, aunque en este post me referiré sólo al segundo. El primero tiene que ver con el hecho de que los científicos antes que científicos, son personas. Esto que, dicho así, resulta obvio, arroja una serie de matizaciones que es preciso considerar, como el hecho de que, en tanto que personas, y como el resto de personas, ven influido su quehacer profesional no pocas veces por elementos —digamos— poco profesionales, científicos en su caso: estados de ánimo, momentos de inspiración, inquietudes, intereses personales, problemas afectivos, trastornos de distinta índole… Pensar que por el hecho de estar aplicando una metodología científica el resultado no se ve afectado por todas estas ‘contaminaciones del quehacer científico’ me parece sencillamente simplista. Se me dirá que, independientemente de todo ello, el resultado de la ciencia ha de ser capaz de soportar su crisol metodológico; y, ciertamente, es así, claro, pero no es menos cierto que gran parte de los resultados no dependen únicamente de la metodología científica, sino de todo lo que se hace previamente a comenzar dicha metodología en una experimentación, y que con no poca frecuencia es de todo menos científico. La ‘creatividad’ del científico tiene mucho que decir aquí (experiencias de distinto carácter que les marcan el rumbo a seguir); y, por qué no, también el factor suerte, casualidad… (llamémosle como queramos) el cual, no pocas veces tampoco, ha sido determinante para realizar grandes descubrimientos. Y, por qué no, también deberíamos hablar aquí del grave problema de la inducción. Con estos comentarios no quiero decir que la metodología científica no sirva para nada, ni mucho menos; tan sólo pretendo poner de manifiesto que, además de ella, hay otra serie de factores o de dimensiones que también están presentes en el ejercicio de la ciencia, y que no hay nada de malo en ello, todo lo contrario.

Pero bueno, paso ya al segundo aspecto referido a ‘la’ ciencia en general, más que al científico en particular. Se suele tener la impresión de que el quehacer científico es algo que se debe a sí mismo, que la ciencia misma se dicta su propio camino. Se dice que la ciencia es la búsqueda de la verdad por excelencia, capaz de superar supersticiones y sofisterías de distinta índole, ‘a golpe de metodología científica’, distinguiendo así el conocimiento verdadero de ‘otras’ formas de conocimiento. La ciencia sería así un ‘conocimiento puro’, ajeno a las vicisitudes de la vida cotidiana y de su aplicación, desvinculándose incluso de cualquier responsabilidad ética, la cual recaería no sobre ella sino sobre la tecnología en tanto que aplicación suya. Pues bien, tal y como explica José Sanmartín en su libro Los nuevos redentores, quizá esto no sea tan así; o, seguramente, no es tan así.

Porque el devenir de la ciencia no es algo ‘decidido’ únicamente por la ciencia, sino que se debe en mayor o menor medida a distintas ‘presiones’. Creo que aquí hay que distinguir el quehacer de los científicos ‘auténticos’ que, seguramente, serán multitud, del quehacer de los que manejan los hilos de la ciencia o de las investigaciones científicas, que esto es harina de otro costal.

Para explicarlo, el profesor Sanmartín nos habla de tres niveles en las teorías científicas, mediante los cuales pone de manifiesto que esa pretensión de conocimiento puro es más una ilusión que una realidad, y ello por el hecho de que los caminos por los cuales avanza la ciencia están íntimamente relacionados con el contexto social, cultural y tecnológico en el que se lleva a cabo, así como el político y, cómo no, el económico.

El primer nivel estaría compuesto por aquellas teorías científicas que tienen su origen en tradiciones operativas ya asentadas y generalizadas, como la elaboración del pan o de la cerveza. En dichas técnicas, se sabe cómo funciona la naturaleza, pero no se sabe por qué. Lo que hace la ciencia es avanzar en el conocimiento de dichos fenómenos, para amplificarlos e incluso, reemplazar a la naturaleza en aquellos casos que sea posible; reemplazo que, en no pocos casos, dista mucho de ser inocuo como, por ejemplo, en los que tienen que ver con la modificación genética.

Las teorías de segundo nivel suelen acompañar a las anteriores; se apoyan en una tecnología dada, y lo que suelen hacer es tratar de justificar científicamente los beneficios que dicha tecnología puede aportar a la humanidad. Frente a los distintos riesgos que toda nueva aplicación tecnológica (genética, energética…) pueda aportar, de los que la opinión social pueda hacerse eco y ejercer presión en sentido contrario a su desarrollo, estas teorías prometeicas nos dibujan paraísos futuros, pero próximos, que serán alcanzables gracias a estas nuevas tecnologías. Estas teorías no sólo existen, sino que están a la base de grandes enfrentamientos entre los mismos científicos.

Por último, están las teorías científicas de tercer nivel, que tienen que ver con la cosmovisión que en un momento dado se tenga de la realidad; están referidas, pues, a un marco más amplio, conformado por enunciados generales, comúnmente aceptados, y que no son susceptibles de falsación. Estas teorías son extrapoladas del ámbito científico, y permean todos los sectores de la población.

Pues bien, en el seno de esta estructura (para nada inocente) se sitúa el quehacer científico, en el cual habrá sin duda una dimensión de autenticidad, pero que es acompañada en una proporción elevada de momentos no tan puros. Por un lado, la ciencia está determinada por los intereses de su aplicación tecnológica, y por otro, por los intereses de grupos de presión que, por qué no decirlo, a lo mejor (sólo a lo mejor) se benefician de su aplicación, moneda de pago de la financiación (des)interesada que han realizado previamente, cuanto menos en algunos sectores. Y sí, la ciencia también está dirigida por la búsqueda de la verdad y la comprensión de la realidad. Supongo que sería del interés general que sólo perviviera esta última, la ciencia básica, pero como vemos no siempre es así. Y el caso es que, cuando es así, también genera grandes beneficios; para muestra un botón.