20 de octubre de 2026

La actitud que actualiza el objeto de la filosofía

Como decía, es importante hacerse eco de la problematicidad intrínseca a la definición del objeto de la filosofía. No hay que dar por supuesto que este objeto es algo que ‘está ahí’, delante de nosotros, esperando que sea atendido por un espíritu filosófico. Nada más lejos de la realidad. Esto sí que puede ser algo más próximo a las ciencias naturales, independientemente de la dificultad intrínseca a dicho objeto de estudio. En el caso de la filosofía, su objeto de estudio no es que sea un objeto distinto al de las ciencias, sino que, de alguna manera, está en todos ellos, aunque sin identificarse con ninguno. La filosofía no estudia algo que no estudien las ciencias, pero lo hace desde un marco y enfoque diversos, ajeno por definición al científico. Por esto aquello de latente y de fugitivo, porque se escapa continuamente a la simple mirada de la mente; no basta esta mirada primera sobre la realidad, sino que es menester que, «después de haber aprehendido los objetos bajo quienes late, un nuevo acto mental reobre sobre el anterior para colocar al objeto en una nueva dimensión que haga, no transparente, sino visible, esa otra dimensión suya», decía Zubiri.

Con esto tiene que ver el segundo de los asuntos tratados en el prólogo mentado, el de la actitud del filósofo. Lo que desde el punto de vista científico se ve escandaloso en referencia a la filosofía, no sólo no es algo que ésta deba evitar, sino que debe conservarlo y cuidarlo. Que el científico no participe de ello, ni aun el hombre cotidiano, no es óbice para que el filósofo siga fiel a su vocación. Y éste es un asunto interesante, a saber: qué hace que unos tengan una sensibilidad para descubrir este nivel latente de las cosas, y otros no.

Quizá ello tenga que ver con el modo en que cada uno de nosotros esté situado en la vida. Hay momentos en la vida en que uno se detiene y empieza a pensar un poco en sí mismo: uno necesita hacer un alto, y cuestionarse en profundidad quién es, cómo es, por qué ha llegado a ser como es. Y desde el momento en que no se contenta con respuestas más o menos fáciles, comienza a descubrirse realmente. Y lo primero que se encuentra es que está siendo lo que es porque ha tenido cierto pasado, a la luz de lo cual espera realizar cierto futuro. La situación de cada cual está formada por ese punto de convergencia entre lo que hemos vivido, lo que estamos viviendo y lo que esperamos vivir: «Al entrar en nosotros mismos nos descubrimos en una situación que nos pertenece constitutivamente y en la cual se halla inscrito nuestro peculiar destino, elegido unas veces, impuesto otras».

Esa situación va a una con el marco mental en el cual nos encontramos, cada uno el suyo. Un marco mental desde el cual leemos precisamente nuestra situación, y que ha sido conformado por muchos factores y de distinta índole: biográfico, histórico, cultural, social, familiar, político, económico... configurando una comprensión de las cosas, una sensibilidad afectiva y unas expectativas de futuro, unos proyectos de vida. Ese marco mental es necesario, todos tenemos uno. Y fácilmente podemos descubrir que presenta una doble faz: la que da afuera y la que da adentro.

Por lo general, en ese marco nos solemos sentir cómodos, pues no deja de corresponderse con nuestro modo de vida cotidiano. Tanto como par sentir una irritación en mayor o menor medida ante lo que nos haga salir de él. En este sentido, el marco mental se puede convertir en una torre de marfil, sintiéndonos muy cómodos dentro; pero sus barrotes bien adornados pueden muy bien encarcelarnos: nos protegen del exterior, sí, pero también nos aíslan de él. No se habla aquí tanto en sentido espacial, de extensión, de anchura de nuestro mundo, como de profundidad, de espesor... del calado de nuestra mirada.

Cuál sea nuestra situación en este sentido amplio no es cosa baladí. Nos damos cuenta de que todos esos ingredientes nos han ido configurando, constituyen quiénes somos y condicionan quiénes podemos ser. Esta situación no nos determina, pero sí que circunscribe nuestras posibilidades. Y es desde ahí desde donde cada uno (cuando sea el caso) comienza a filosofar. En un momento dado, y por motivos difícilmente acotables, uno ya no se siente cómodo en el interior de su castillo, y quiere asomarse fuera; empieza a limar los barrotes, dejando atrás esa seguridad sibilina, atreviéndose a pisar una intemperie insegura. Y comienza a plantearse cuestiones que hasta la fecha no lo había hecho, o cuanto menos de un modo muy diverso. Se puede decir que es entonces cuando comienza su itinerario filosófico. Estas cuestiones sólo se hacen presentes ante una actitud adecuada: sin esta actitud, el objeto de la filosofía no sea hace actual; siendo tanto más profundo cuanto lo es aquélla, en función de hasta dónde uno esté dispuesto a llegar, o hasta dónde tenga la posibilidad de alcanzar. En cuanto desaparece la actitud filosófica, su objeto se desaparece como el agua entre los dedos de la mano.

Pero si dicha actitud no desaparece, el objeto va creciendo y profundizándose. De algún modo uno comienza a vivir en primera persona lo que colectivamente conforma la misma historia de la filosofía. Empieza a buscar preguntas, observando que no le son suficientes las que venía barajando, ni las que pueda encontrar en él mismo; busca, pregunta, lee, estudia, investiga... todo lo cual va a una con su capacidad para salir de su castillo, para modificar su marco mental. Una vez conseguido el impulso inicial, es la capacidad para salir de nuestro marco, de abrir nuestra mirada para poder hacernos eco en la medida en que nos sea posible de otros marcos, otras miradas, lo que nos hace avanzar. A mi modo de ver, esto es difícil, muy difícil, pues precisamente por ser nuestro marco se nos muestra inicialmente tan evidente como incomprensible cualquier otro. Ante ese reto, o bien se descalifican o se desestiman otros marcos, o bien se hace el esfuerzo por aventurarse para conocerlos, ya se verá si para habitarlos. Siempre es una tentación traer a nuestro terreno cualquier novedad; pero cuando uno no se queda en su charquito (como decía santa Teresa a sus monjas), gracias a este esfuerzo filosófico el mundo se ensancha, la comprensión de aquello que es, así como de la persona y de la vida, se ilumina y se enriquece de un modo insospechado.

La filosofía no descubre nuevos objetos, sino nuevas dimensiones de todo objeto. Y estas nuevas dimensiones no nos arrojan más conocimiento de lo que las cosas son, algo que ya hacen y muy bien las ciencias, sino que nos enriquecen aportando otro tipo de consideraciones. Esto que parece algo nimio y sencillo, nos coloca en un nuevo plano desde el cual la realidad alcanza un relieve diverso y, junto con ella, nuestra propia existencia. Porque a todo lo que nos descubre la actitud filosófica no puede llegarse mediante la actitud natural o cotidiana de una vida, tampoco mediante la actitud científica; no entra en oposición con ellas, ni las sustituye ni mucho menos, sí que las complementa.

Así, la distinción entre ciencia y filosofía no tiene por qué ser una objeción, sino más bien un poner de manifiesto que se trata de dos tipos distintos de saber. Se puede decir que, mientras la ciencia (y el conocimiento natural) considera las cosas como son y tales como son, la filosofía hace lo propio en tanto que son; es un conocimiento que va más allá del conocimiento instrumental y empírico, es un conocimiento trascendental, pero no en confrontación con el resto de modos de conocer, sino en colaboración. De hecho, no deja de ser una tentación para todo filósofo detener su marcha y que su quehacer se convierta en un saber cotidiano o científico, a los que pretende sustituir de alguna manera; ello no supondría sino su fracaso como filósofo. Porque no es fácil la filosofía, pues no le queda más remedio que perseguir continuamente su objeto, conquistarlo: «la filosofía —dice Pons Domenech— consiste en la constitución activa de su propio objeto, en la puesta en marcha de la reflexión». En esto consiste la tarea del filósofo: esto es el problema, el contenido y el destino de la filosofía. De todo esto hablábamos en la primera noche de este curso de ‘Filosofía entre tapas y vinos’.

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