22 de septiembre de 2026

Las bases del emotivismo ético

Cabe plantearse cómo encajaba en el proyecto ético de Moore su punto de partida de carácter intuitivo, es decir: dada su postura intuicionista-lógica, cabría pensar por qué, si el punto de partida era intuitivo, se debía continuar estrictamente con un razonamiento ético de carácter lógico. ¿Tiene sentido una ética lógico-intuitiva al modo de Moore? Quizá la respuesta sea que, en definitiva, los sistemas formales son así, necesitando unos axiomas, unos primeros principios, que en sí mismos son indemostrables en el seno del propio sistema, pero que son imprescindibles para levantar el edificio lógico. Como ya había ocurrido en su tradición reciente, autores como Benjamin Whichcote o Henry More habían intentado sentar la ética en una serie de principios morales evidentes por sí mismos, principios que, al examinarlos, resultaban ser meras tautologías. Moore optó por cimentar su sistema mediante la intuición de estos axiomas fundamentales: no mediante un discurso teórico, sino por una intuición moral, porque pensaba que era lo que mejor se adaptaba a la realidad humana. Ciertamente, esto no era tan novedoso: en otras tradiciones se había echado mano de otros modos de dar razón primaria de lo que sea bueno: apelando a la conciencia (concebida como ‘voz de Dios’), en relación con una sensibilidad volitiva (‘buen corazón’) o apelando a cierto ‘sentido’ o ‘discernimiento’ moral en función de las normas sociales. En el caso de Moore, era esta intuición la que permitía inteligir las premisas morales, a partir de las cuales la razón formulaba sus normas éticas; pero, como dice Lewis, «no había duda de que el razonamiento sobre las cuestiones morales recibía todas sus premisas del intelecto [intuición], de igual forma que la geometría es un asunto de la razón, a pesar de basarse en axiomas a los que no podemos llegar por el razonamiento».

Hubo otros autores que insistieron en este momento, en el intuitivo, extendiéndolo más allá de ser el responsable de la identificación de los axiomas, para llevarlo también hacia la construcción del sistema moral en cuanto tal. Pues bien, el intento de construir la ética extendiendo el intuicionismo desde los axiomas hasta la ética en general es la propuesta conocida como emotivismo, cuyo origen se puede establecer en autores como Ayer y Stevenson. Ellos no negaban la importancia de los enunciados morales, pero sí que había que supeditar la moral… ¿a qué?, pues a la aprobación o desaprobación previa de quien experimenta una determinada situación moral. Pionero del espíritu neopositivista, Ayer entendía que las valoraciones morales (así también las estéticas, por ejemplo) no aportaban conocimiento de los hechos, sino que eran expresión de una valoración subjetiva por parte del individuo, realizada en clave afectiva. De hecho, las normas morales no eran sino la expresión formulada lingüísticamente de juicios morales que ‘ya’ habían sido realizados en el seno de ese sentimiento de aprobación o de rechazo que se poseía previamente. El ‘corazón’ salía favorecido respecto a la ‘cabeza’. Como decía, esta postura fue refrendada por el neopositivismo (al cual Ayer contribuyó a fundamentar, y al que también se adhirió Wittgenstein inicialmente), para el cual los juicios éticos no tendrían ‘sentido’ desde un punto de vista racional, en tanto que no pertenecen a las ciencias formales ni pueden ser verificados experimentalmente. En el marco neopositivista, estrictamente de carácter lógico-científico, cabían con cierta facilidad los entes naturales, pero más complicado era considerar en él a los seres humanos.

El caso es que se cayó inevitablemente en un callejón sin salida, al entender al individuo como mera conciencia lógica, relegando todas las dimensiones existenciales humanas a un segundo plano, irrelevante. Lo relevante de la persona era la conciencia lógica, la razón científica, un sujeto, en el fondo, inexistente, al haberlo reducido del resto de dimensiones que no por no ser lógico-científicas dejaban de ser humanas.

Estas dimensiones que el neopositivismo lógico desplazaba fueron las que precisamente trató de recuperar Stevenson caracterizando al juicio ético según una naturaleza dual, frente al juicio científico: posee, como éste, una dimensión cognitiva (en tanto que acuerdo o desacuerdo con ciertas convicciones o creencias), pero también una dimensión conductual (en tanto que propicia una dimensión actitudinal). Si la ética tiene por finalidad modificar al sujeto para bien, ello lo puede hacer gracias a estas dos dimensiones: sólo con la primera no. ¿Cómo acometer la segunda? En opinión de Stevenson, el cambio de actitud se puede realizar por dos vías: ‘desde fuera’ mediante la persuasión, la sugestión, la propaganda, o ‘desde dentro’, por el cambio de las convicciones o creencias a las que uno se adhiere; cada una de las cuales tiene que ver con las dos dimensiones que se asocian al lenguaje, en concreto al lenguaje ético: la descriptiva y la emotiva, de modo que la primera posibilita la reflexión, el diálogo, la argumentación, el debate, la comunicación, y la segunda apela a la interioridad afectiva de cada cual, con gran peso en la acción personal concreta. La gran aportación de este autor en el panorama británico es la consideración de la dimensión emotiva del lenguaje ético al mismo nivel que la descriptiva: en la comunicación humana lo cognitivo es sólo una dimensión, menesterosa de ser complementada por la emotiva, y que tanto papel hace en la conducta humana. Lo emotivo también posee una significatividad ética nada despreciable, aunque no al margen de lo cognitivo, sino en mutua colaboración.

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