16 de julio de 2024

El sí-mismo: un concepto filosófico con base neurocientífica

Nuestro sentimiento de identidad es más amplio que la noticia consciente que podamos tener de nosotros mismos, recogiendo lo que se suele conocer como la experiencia de nuestro sí-mismo, y que incluye todo aquello que también somos y que excede el ámbito de nuestra conciencia, y que está vinculado fundamentalmente con nuestra dimensión biológica. El asunto pasa por averiguar cómo podemos tener noticia de todo aquello que excede el ámbito de la conciencia. Hoy en día se piensa que ello es posible gracias a la noticia que de nuestra dimensión corpórea llega al cerebro, sirviéndose éste de ella para generarla. La identidad deja de ser una idea abstracta, ya no puede ser reducida a una mera res cogitans, sino que, en su conformación, aparece ineludiblemente nuestro cuerpo. No podemos pensar en nuestra conciencia al margen de nuestro cuerpo.

Damasio piensa que la conciencia tenía que ver precisamente con esto, con la integración en el cerebro de toda la información que recibe del cuerpo. En su opinión, el sentimiento de identidad está vinculado a los procesos homeostáticos en virtud de los cuales el cuerpo se autorregula. Tal y como explica Castellanos, esta teoría ha sido enriquecida por la que se conoce como teoría del ‘marco subjetivo neuronal’, propuesta por Tallon-Badry. Según ésta, la representación que cada uno se hace de sí mismo y de su relación con el entorno deriva del continuo diálogo que se da entre el cerebro y el organismo, así como con el entorno. Lo que se quiere decir es que nuestra consciencia de nosotros mismos, de que somos nosotros, es un precipitado de la noticia que estamos teniendo continuamente de nuestro cuerpo. «La experiencia interna y el cuerpo interno son las dos caras de la misma moneda, para algunos la misma». Nuestro sentimiento de existir tiene que ver con la continua actualización neuronal del cuerpo en el cerebro, así como de sus sucesivos estados. Por otro lado, continuamente nuestro cerebro está recibiendo información del entorno, añadiéndola a su haber, dispuesto a emplearla cuando la ocasión así lo solicite. Todo ello, lo interno y lo externo, lo va integrando para ir autorregulándose tanto en lo que se refiere a su atemperamiento con el entorno como con lo que se refiere a su atemperamiento interno, como decía Rof Carballo. Un equilibrio dinámico, siempre en proceso de autoajustamiento, en función de las circunstancias externas así como de las necesidades internas.

El cuerpo es, en principio, condición necesaria para que nuestra conciencia exista; lo que no implica que se confundan, pues son dos dimensiones humanas distinguibles, pero sí que expresa la dependencia: pueden existir cuerpos sin conciencia, pero no conciencia sin cuerpos.

Pues bien, la teoría del marco subjetivo neuronal trata de dar razón de nuestra experiencia subjetiva e interna; se han identificado aquellas estructuras cerebrales protagonistas, a saber: la ínsula, la corteza cingulada, la amígdala y la corteza somatosensorial. Lo cierto es que la red aferente al cerebro desde el cuerpo cubre no pocas estructuras encefálicas, las cuales están también muy conectadas con otras regiones, por lo que se observa cómo la información somática que recibe el cerebro afecta a muchos de los procesos superiores. Esto es muy importante, pues la conciencia pertenece a ese conjunto de los procesos superiores específicamente humanos.

Lo que nos lleva a un aspecto fundamental de nuestro modo de ser personas, más allá de la actividad consciente que podamos ejercer. En nuestro organismo ocurren un sinfín de procesos ajenos a nuestra consciencia, una pequeña parte de los cuales aflora a la consciencia, en determinadas ocasiones. No todo lo no consciente se hace consciente, y seguramente sea mejor así, pues en caso contrario recibiríamos mucha más información de la que podríamos gestionar, y la noticia somática colapsaría nuestras posibilidades cognitivas. Lo cierto es que, por lo general, centramos nuestra atención en lo consciente, en lo mental, y poco nos detenemos en la sensación de nuestro cuerpo. Esto es una carencia notable, pues las sensaciones corporales nos avisan de lo que se está fraguando en nuestro cuerpo; el mismo Damasio, con su idea de los marcadores somáticos, afirmaba que quien posee esa sensibilidad para con su cuerpo, estaba mejor dispuesto para tomar las decisiones adecuadas; algo análogo a lo que se trabaja desde el ‘enfoque corporal’ de Gendlin. Se sabe que no pocos procesos vegetativos (digestión, respiración, circulación, etc.) influye en la funcionalidad cerebral superior, y que ésta, a su vez, según sus propios procesos, influye en aquélla, más allá del control ‘automático’ que realiza el tronco cerebral. La medicina psicosomática no es un castillo en el aire, ni mucho menos; que se lo digan a Rof Carballo si eso, uno de sus principales introductores en la medicina de nuestro país durante el siglo pasado.

El estado de nuestro cuerpo y nuestro comportamiento consciente están mucho más vinculados de lo que pudiéramos pensar en un principio. Por ejemplo, se ha logrado observar en los laboratorios qué ocurre con los cerebros de dos personas cuando se comunican entre sí. Primeramente, se activan las áreas de atención y de escucha, pero curiosamente se armonizan las involucradas en los procesos somáticos. «Los cerebros se comunican, la actividad cerebral de la persona que habla está influyendo en la actividad neuronal del que escucha», sincronización que se extiende también al ritmo de los latidos, por ejemplo. Caso paradigmático de esto es la sincronización existente entre una madre y un hijo.

En fin, parece que no es ocioso introducirnos en las dinámicas de nuestro cuerpo, no sólo porque influyen relevantemente (o son parte constitutiva) de la experiencia de nuestro sí-mismo, sino también en tanto que nos ayuda a conocernos mejor con todo lo que puede aportar para mejorar nuestras vidas. Parece razonable extender esa máxima de siempre que tiene que ver con conocernos a nosotros mismos, para que no se quede únicamente en la dimensión espiritual (¡que no es poco!) sino que incluya también nuestra dimensión biológica. «Conocerse es también conocer las vísceras. Comprender la biología desde lo sapiencial es aprender a afinar la orquesta orgánica que llevamos dentro» dice bellamente Castellanos.

9 de julio de 2024

El concepto: malabarismos de nuestra conciencia

En opinión de Peirce, podemos definir concepto como un estado de la mente, una disposición de nuestra mente que es la que se da cuando tenemos en nuestra conciencia dicho concepto; como se dice ahora, se trataría de un ‘engrama cognitivo’. Lo interesante del concepto, pues muy bien podemos tener otros estados mentales, es que posee una significación. Gracias a esta significación podemos reconocer precisamente a ciertos objetos porque poseen las características que tal concepto explicita. Ahora bien, en esto tan sencillo, a saber, reconocer a ese objeto que tengo ante mí según tal concepto, por ejemplo como ‘árbol’, es en el fondo un asunto muy complejo. Como ya nos tiene acostumbrados, Peirce es muy agudo. En esto que acabamos de hacer, reconocer a tal objeto como árbol, si nos fijamos, están presentes simultáneamente dos representaciones: por un lado la del concepto ‘árbol’, y por el otro la de la cosa que está ante nosotros y estamos percibiendo. Y cada una de estas representaciones no deja de ser un estado mental, un ‘pensamiento’ como él dice. De este modo, reconocemos a un objeto como tal cuando coinciden ambos estados mentales: la percepción del objeto y el concepto con el cual lo identificamos. Pero, si Peirce tiene razón, el caso es que cada uno de estos estados mentales no dejan de ser una experiencia, no dejan de acontecer en el tiempo. Si esto es así, si ciertamente se tratan de dos experiencias diferentes, ¿cómo pueden coincidir?

Tendemos a hablar de pensamientos iguales o diferentes, pero, en el fondo, no puede haber dos pensamientos iguales, pues cada uno de ellos deviene en el tiempo, y cada uno de ellos tiene un principio y un final. «Los pensamientos no tienen ninguna existencia, salvo en la mente; sólo existen en tanto se les considera. De ahí que dos pensamientos no pueden ser similares, a menos que se pongan juntos en la mente. Pero, en lo que respecta a su existencia, dos pensamientos están separados por un intervalo de tiempo», dice Peirce.

Si lo he comprendido bien, lo que Peirce está tratando de poner de manifiesto es lo problemático de emparejar pensamientos o estados mentales entre sí; que, cuando asociamos una representación de una intuición sensible a un concepto, en el fondo se trata de una comparación entre dos representaciones mentales, la proporcionada por la rememoración del concepto y por la percepción sensible que estamos teniendo, dos estados mentales que no pueden estar presentes a la vez y que, por lo tanto, no podemos emparejar. Ahora bien, si esto es así, surge la duda de cómo efectivamente somos capaces de reconocer objetos conceptuándolos; si esto no puede derivarse de la percepción inmediata, y si esto es algo incuestionablemente posible por los mismos hechos (¡todos reconocemos objetos!), hay que dar con otra justificación. La hipótesis que propone Peirce es que tal emparejamiento, o cuasi-emparejamiento, algo cuyo fundamento hay que buscar en otro lado.

Esta ‘hipótesis’ no es gratuita, sino que está avalada por los hechos, es decir, por las sucesivas experiencias en que lo hemos ido empleando. Y aquí viene lo interesante: ¿cuál es el fundamento, entonces, de dicha hipótesis? A su modo de ver, «la formación de tal pensamiento representante tiene que depender de una fuerza efectiva real subyacente a la consciencia, y no meramente de una computación mental». Esta idea no puede sino recordarme a Merleau-Ponty.

No se trata de recuperar una imagen mental partiendo de un concepto, como si de un programa informático se tratara, sino que estamos hablando de procesos orgánicos, fisiológicos, ninguno de los cuales es exactamente igual ni al anterior ni al posterior, aunque estén enderezados hacia el mismo término; cada uno de estos procesos fisiológicos son una entidad en sí misma, y su fundamento está en lo aprendido y memorizado por el individuo pero no como un archivador informático a base de bytes, sino de engramas mnemónicos que son biológicos y están en continuo devenir tempóreo. Y en cada momento, sólo podemos tener una: no podemos tener dos experiencias simultáneas, sino una detrás de otra. En su opinión no es posible que haya dos representaciones genuinas simultáneas, sino que toda representación lo es genuina, sin partes, «sin similaridad alguna con ninguna otra cosa» (§25). Todo estado mental (pensamientos, sensaciones, etc.) son absolutamente simples e inanalizables, y no se puede afirmar que están compuestos de otros estados mentales. En este sentido, todo pensamiento supone una experiencia única, y supone una experiencia inexplicable, incomparable. Lo que cambia mucho el modo de comprender esa experiencia ‘tan sencilla’ de identificar a ese objeto como árbol.

Todo acto de conciencia presupone ya un acontecimiento sobre el que recae, de modo que cuando reflexionamos sobre una sensación, ésta ‘ya’ ha pasado; y, una vez pasada, ya nunca la podremos recuperar en su originalidad en tanto que ya no está presente. Y será de toda esa información percibida que trataremos de emplear la oportuna para identificar lo percibido con algunos esquemas retenidos mnemónicamente en nuestro cerebro. Es el único modo que tenemos de dotarle de significatividad, de modo que, de cualquier sensación, solo permanece como inexplicable todo aquello que no podamos predicar de ella, todo aquello sobre lo que no podamos volver reflexivamente. El resto, intentaremos ubicarlo en nuestro ‘almacén personal’. Y el caso es que todo ello no se realiza en el nivel del pensamiento, como juego de ideas, conceptos, etc., sino que se da por esa ‘fuerza efectiva subyacente a la consciencia’. Creo que este planteamiento es muy interesante.

Apurando más este análisis, si nos fijamos, ninguna sensación tiene per se valor intelectual, sino que dicho valor reside en aquellas conexiones que se puedan establecer en la misma representación con otras representaciones pasadas (conceptos, perceptos, recuerdos). Aquí cabe establecer la función representativa del signo, en que es capaz de evocarnos ciertos conceptos partiendo de ciertas intuiciones sensibles. «Tenemos, así, en el pensamiento tres elementos: primero, la función representativa que le hace ser una representación; segundo, la pura aplicación denotativa, o conexión real, que pone a un pensamiento en relación con otro; y, tercero, la cualidad material, o cómo siente, que da al pensamiento su cualidad». La verdad es que no sé si he alcanzado a comprender lo que explicaba Peirce, pero me ha parecido interesante el análisis que realiza, un paso muy interesante que nos ayuda a crear un marco desde el cual, por ejemplo, leer los avances de la neurociencia y de la funcionalidad cerebral, por ejemplo.

2 de julio de 2024

Sin metamatemática, no hay matemática… ni creatividad

Veíamos cómo no se podían eludir las interpretaciones metamatemáticas en el cálculo formal, estando siempre presentes en una o en otra forma en el despliegue de cualquier sistema axiomático. ¿Por qué, entonces, todo este esfuerzo axiomatizador? Supongamos que fuésemos capaces de llegar metamatemáticamente a una deducción inmediata, porque se ha hecho un uso riguroso de conceptos inequívocos siguiendo las reglas de la lógica común; en este caso, no tendría mucho sentido buscar un sistema formal que nos ofreciera un mayor rigor lógico o una mayor certeza en la deducción, porque ese nivel de justificación ya lo habíamos alcanzado desde la razón común. Pero claro, sabemos que no siempre es así: se puede muy bien dar el caso de que el uso del lenguaje común sea ambiguo y no nos sea suficiente con su uso habitual para garantizar cierto rigor en las deducciones, situación en la que parece razonable apoyarse en un sistema axiomático. Esto y no otra cosa era la silogística aristotélica. Y, si lo pensamos, se da aquí cierta paradoja: parece recomendable obtener una conclusión mediante las reglas lógicas de un sistema formal, en tanto que nos ofrecen verdades más rigurosas que las que se obtienen mediante el razonamiento común, pero un sistema formal que hemos axiomatizado apoyándonos en las convenciones semánticas más elementales de nuestra razón común. Lo que viene a ocurrir es que, en virtud de convenciones semánticas simples podemos crear un sistema formal, gracias al cual podemos llegar a conclusiones complejas con mayor grado de rigurosidad que empleando únicamente el lenguaje común.
  
Ciertamente esto ocurre, sobre todo cuando nos elevamos a niveles de razonamiento elevados y con consideraciones de un número elevado de variables simples y complejas. Puede ser una buena herramienta de ayuda, pero de ayuda, pues muy bien se puede volver en nuestra contra, podemos ser devorados por el monstruo que hemos creado, salvo que, menos mal, para su creación no hemos podido renunciar a la necesidad de las convenciones semánticas (metamatemáticas) para la creación del sistema formal. De esta manera, esta creación no será del todo lógica, sino que participará en alguna medida del carácter ambiguo del lenguaje habitual, independientemente de que se pueda conseguir un mayor rigor en su uso, como acabamos de ver. Gracias a ese carácter ambiguo del lenguaje habitual cabe cierta holgura, que será la que dé pie, precisamente, a la creatividad. Hay unas palabras del genial físico francés Louis de Broglie que no tienen desperdicio, en este sentido. Dice:

«Más que las puras deducciones, son las inducciones atrevidas y las concepciones originales la raíz de los grandes progresos de la Ciencia. Sólo el lenguaje ordinario, por ser más flexible, más matizado, más rico en su relativa imprecisión que el severo lenguaje algebraico, permite formular ideas verdaderamente nuevas y justificar su introducción por sugestiones o analogías. Aun en el curso de los razonamientos puramente deductivos, es el lenguaje ordinario el que permite expresar observaciones o comentarios susceptibles de ampliar los resultados obtenidos y de hacer percibir, como en una penumbra, los matices y las prolongaciones posibles».

Tal y como argumenta de Broglie, las convenciones semánticas son imprescindibles para los objetivos de la matemática, así como para los de la ciencia en general, de modo que ambas precisan de una metamatemática que se desarrolle concomitantemente con ella, creando nuevos contenidos y nuevas demostraciones , independientemente de que, gracias al empleo del cálculo formal, podamos luego alcanzar un mayor rigor en la demostración de afirmaciones y juicios esbozados metamatemáticamente.

Este vínculo entre lo matemático y lo metamatemático se percibe en estas dos situaciones. En primer lugar, en el hecho de la necesidad de definir semánticamente los elementos básicos del sistema axiomático, así como sus reglas sintácticas y de transformación, etc. En segundo lugar, y que es menos evidente pero quizá pone más de manifiesto esta idea, es la expresión conceptual de diferentes sistemas cuyos elementos comparten ciertas propiedades; por ejemplo: ¿por qué denominamos N al conjunto de los números naturales y R al de los racionales?, ¿es casualidad?

En el origen de todo sistema formal, pues, hay un momento de convenio, de arbitrariedad, no siendo posible demostrar lógicamente qué significa cada uno de sus elementos básicos. Y esto es algo que también ocurre en el lenguaje habitual: «es imposible pretender entenderse sin antes ponerse de acuerdo sobre el significado de algo y sin adoptar, aunque sea supuestamente, algunas reglas básicas de formación de las frases. Sobre estas convenciones no queda más que aceptar un grado indefinible (esperamos que suficiente) de comprensión», dice Raguní. Si bien no podemos desestimar ―entiendo― el avance en el rigor que nos ofrece el pensamiento formal en las materias que así lo soliciten, creo que tampoco ello nos debe llevar a desestimar las bondades de todo lo que cabe cerrar en el amplio y rico ámbito de lo metamatemático.

25 de junio de 2024

El fundamento de la hermenéutica desde la experiencia de una buena conversación

Veíamos cómo, bien pensado, y así nos lo enseña Gadamer, la dinámica de la pregunta es un mundo: supone una actitud previa por parte del que pregunta, se sitúa en un horizonte en el cual adquiere su sentido… Pero Gadamer da una vuelta de tuerca más, haciéndose eco de la necesidad de que, en un momento dado, surja una pregunta. La verdad es que Gadamer es aquí muy fino; ya siento resumir reflexiones muy jugosas en unas pocas líneas.

Gadamer se hace eco de que toda pregunta supone que haya algo que no sepa, pero, ¿cómo surge en mi vida tal consideración?, ¿cómo sé yo que no sé lo que no sé?, ¿cómo soy consciente de que puedo saber más cosas de las que sé?, ¿cómo puedo preguntar algo que no sé que lo puedo saber? Aunque estas preguntas puedan parecer evidentes, cuando uno comienza a profundizar en ellas, y se realiza en el contexto de una vida que trata de comprenderse a sí misma y a la realidad, pues resulta que no lo son. Porque ―como dice Gadamer― «no hay método que enseñe a preguntar», ni a averiguar qué es lo cuestionable en un momento dado. Si bien se puede partir de un saber que no se sabe todo, ¿hacia dónde he de encaminar mi saber? No todo ‘no saber’ es igual.

Hay un ‘no saber’ que no se hace eco de ello, que no es consciente ni le importa; otro ‘no saber’ es consciente de su limitación, y busca saber más, y será en el contexto en que esto se dé que uno realizará la pregunta, la cual aparecerá entonces así enmarcada: «Todo preguntar y todo querer saber presupone un saber que no se sabe, pero de manera tal que es un determinado no saber el que conduce a una determinada pregunta».

Caben así, pues, varias posturas. En primer lugar, la del que no pregunta. El que no sabe, pero cree que sí, situándose en el plano de la opinión. El que opina, por lo general no sabe que se mueve en este nivel, pensado que sí que sabe; porque, el que se sitúa en la opinión, difícilmente reconocerá que no sabe: «Opinión es lo que reprime el preguntar». En segundo lugar, tenemos la ocurrencia. Agudamente Gadamer nos hace ver que cuando hablamos de ocurrencias solemos asociarlas más a las respuestas que a las preguntas: suelen darse ante un reto que se nos plantea, y que queremos darle solución, tal y como ocurre con los acertijos. Se echa mano aquí de cierta intuición. Pero también es propio de la ocurrencia esa pregunta que le empuja a uno hacia más allá de sí mismo. Esta ‘pregunta ocurrente’ está motivada frecuentemente por ese carácter negativo de la experiencia, por ese momento inesperado, sorprendente, que nos desubica. Mientras lo experienciado quepa en lo esperable de nuestros esquemas, no suscitará la pregunta; pero en cuanto nos sentimos descolocados, surgen preguntas. Es aquello que no entra en nuestros conocimientos preestablecidos lo que nos impulsa a realizar preguntas. En este sentido la pregunta se nos impone: «llega un momento en que ya no se la puede seguir eludiendo ni permanecer en la opinión acostumbrada».

Y como decíamos al hilo de la experiencia, la dialéctica como arte de preguntar no está dirigida hacia un saber definitivo, sino en un seguir manteniendo al espíritu ávido de nuevas preguntas porque, en definitiva, está uno dispuesto a no vivir en su rutina, sino a vivir desde una honda apertura existencial. Preguntar no es un infinitivo, sino un gerundio: «El arte de preguntar es el arte de seguir preguntando, y esto significa que es el arte de pensar». Sólo pregunta de verdad quien piensa; y sólo piensa quien vive; y sólo vive quien se detiene, y mira.

Vanessa Bell_Conversación (1913-6)
Todo ello supone no sólo el arte de vivir y el arte de preguntar, sino el arte de conversar. ¿Cuándo se da una conversación? La conversación se da cuando los interlocutores se sitúan en una determinada posición, caracterizada por dos rasgos. En primer lugar, no se pueden situar en horizontes distintos, lo que imposibilitaría el encuentro. Y, en segundo lugar, y aun en el seno del mismo horizonte, puede ocurrir que el interlocutor no siga nuestros pasos (y viceversa), y que en lugar de un decir y de un escuchar haya, bien un diálogo de sordos, bien un aplastamiento dialéctico, sin escuchar en ninguno de los dos casos los argumentos del interlocutor.

Tristemente, esto es muy frecuente, y mina de raíz cualquier posibilidad de encuentro conversacional. La conversación es sustituida por un enfrentamiento dialéctico; no se busca conversar, sino vencer, buscando estratégicamente los puntos débiles del argumento del interlocutor, para optimizar las posibilidades propias. Nada de esto tiene que ver con el que sabe conversar; porque éste no busca potenciar artificialmente el punto débil de lo dicho, sino buscar la fortaleza de aquello que nos sitúa en la vía de la verdad, aun cuando eso sea dicho no por él, sino por el otro. Por eso, porque va en pos de la verdad, no se arredra ante la necesidad de ceder ante la opinión del otro. El fin de la conversación no es (con)vencer, sino enderezarse hacia la verdad, a pesar de todo lo problemático que pueda ser esta afirmación. El buen conversador es capaz de extraer lo mejor del otro quien, lejos de ser un oponente o un enemigo, es el mejor aliado. «Pues la dialéctica consiste no en el intento de buscar el punto débil de lo dicho, sino más bien en encontrar su verdadera fuerza. En consecuencia no se refiere a aquel arte de hablar y argumentar que es capaz de hacer fuerte una causa débil, sino al arte de pensar que es capaz de reforzar lo dicho desde la cosa misma».

El que de verdad quiere conocer, no se queda en el ámbito de las opiniones. De ahí el carácter mayéutico del diálogo socrático: busca acceder a lo verdadero, traspasando el saber superficial, buscando la verdad de las cosas. En el diálogo no se enfrentan opiniones, sino que se mira juntos en la dirección de la verdad. El diálogo entre preguntas y respuestas posee así una dimensión creativa, estética. Pues bien, su elaboración como arte en el caso del texto escrito es la tarea de la hermenéutica: «Lo trasmitido en forma literaria es así recuperado, desde el extrañamiento en el que se encontraba, al presente vivo del diálogo cuya realización originaria es siempre preguntar y responder».

18 de junio de 2024

La vivencia del tiempo

Un modo interesante de conocer a una persona, o de conocernos a nosotros mismos, tiene que ver con el modo en que ocupamos el tiempo, en qué cosas invertimos los minutos de que disponemos a lo largo de una jornada, en nuestros quehaceres cotidianos. O aún más: con la actitud de fondo con la que lo hacemos. Cómo cada cual emplee su tiempo no deja de revelar su pretensión vital, una pretensión que no pocas veces se nos oculta a nosotros, primeros protagonistas. Ciertamente, cuál sea la pretensión auténtica, la real, no la pensada o razonada, que subyace a nuestro día a día permanece con frecuencia inadvertida. Que devengamos en el tiempo es algo natural, tal y como acontece a cualquier otro ente de la naturaleza, sea vivo o no; pero, en nosotros, nada es del todo natural, sino que la presencia de lo humano va de suyo con un ejercicio de nuestra inteligencia en sentido amplio, con todo lo que conlleva de libertad e imaginación, de modo que ese devenir no es un mero devenir ‘físico’, sino ‘vital’, o mejor, 'biográfico', dotado de sentido. Todo lo que nos ocurre no son sino ingredientes de nuestras vidas personales, de nuestras biografías; ingredientes, no lo olvidemos, constitutivos.

Un día da para mucho, o para poco. Veinticuatro horas no son siempre veinticuatro horas de reloj: a unos, se les pasan sin darse cuenta, deseando que el día tuviese más horas para vivir; a otros, se les antoja un tiempo interminable, buscando estrategias para poder distraerse ‘matando el tiempo’.

Reducir el tiempo a su dimensión física, o cronológica, es en nuestro caso cuanto menos insuficiente. Saber a la perfección la hora, el minuto y el segundo en que vivimos, adaptando nuestras vidas a su ritmo implacable, si lo pensamos, es algo reciente en la historia de la humanidad. Buena parte de nuestros antepasados, no sólo vivieron ajenos al interminable tictac, sino que, aun habiendo relojes, vivían su jornada diaria… de otro modo, sin esa presión continuada de la agenda. ¿Seremos conscientes de cómo nos afecta esa presión continuada?

Marías lo expresa muy bien, explicando que ello ocurre no sólo cuando el tiempo comienza a cuantificarse, sino cuando nosotros adaptamos nuestras vidas a dicha cuantificación. Esto es algo que aparece «con los relojes exactos, cuando cada hora se abre y vuelca sobre nosotros, como una granada, su terrible contenido: sesenta minutos, cada uno de los cuales encierra ―y ello es sencillamente pavoroso― sesenta segundos». Es desde ese momento ―continúa― que «el tiempo, en lugar de fluir más o menos aceleradamente, o bien bañarnos pausadamente al remansarse en el deleite, o hacerse compacto y resistente en la espera, se convierte en una magnitud mensurable y exacta que llega, pasa, se acaba, se desfasa y nos hace vivir sobre aviso y desazonados».

Ortega y Gasset distinguió, en lo que se refiere a nuestro tiempo, aquel que es nuestro y aquél que no, que más o menos identificaba con lo felicitante y lo trabajoso. Es un hecho que todos necesitamos ‘vender’ tiempo nuestro sencillamente para poder vivir, realizando tareas a las que, por lo general, uno se siente obligado; diferente es el resto de tiempo, el que es nuestro, el tiempo libre del que uno pueda disponer para lo que quiera, el felicitante. Este reparto difiere en las distintas personas en base a muchos factores: sociales, profesionales, familiares, personales. También su cualificación, pues para no pocos el tiempo trabajoso es felicitante a la par, del mismo modo que para otros muchos el felicitante también es trabajoso, quizá más que el estrictamente dedicado al trabajo; no es difícil que el ocio se convierta también en un problema, contando uno las horas para poder volver a su ocupación, pues siente que el tiempo personal le asfixia y no le deja respirar. Muy agudamente añade Marías otro ámbito para nuestro tiempo diario, un tercer tipo de tiempo, como es el tiempo de nadie, es decir, un tiempo intermedio que no lo dedicamos ni al ocio ni al negocio, sino a otros menesteres tales como los desplazamientos, las colas en los establecimientos o en algunos trámites burocráticos, los infinitos minutos detenidos ante un semáforo en rojo… un tiempo que, en el fondo, se pierde, y al que le brindamos mucho espacio en nuestras vidas.

A lo que iba: en qué llenemos nuestra jornada cada cual dice mucho de nuestro modo de ser y de nuestro modo de vivir; y no tanto lo que hagamos, como la actitud de fondo desde la que lo hacemos. Ciertamente nos vemos impelidos gravemente por nuestra circunstancia al tiempo trabajoso, pero no menos gravemente depende también de nuestras propias decisiones que sea más o menos trabajoso o más o menos felicitante. ¿Es felicitante nuestro trabajo, o es una losa pesada que no tenemos más remedio que sobrellevar para llegar a final de mes? ¿Cuántos momentos hay en el día en que ‘pierdo el tiempo’? ¿Qué hago con ese tiempo ‘de nadie’ en mi vida? ¿De cuánto tiempo libre disponemos?, y ¿cómo lo empleamos? ¿Tengo espacio para aburrirme en mi vida?, o, aún mejor ¿sé aburrirme en mi vida, o me da pavor no tener nada que hacer? Todas son cuestiones fundamentales para aquél que quiere hacer de su vida, no un mero devenir cronológico, sino un fructífero devenir personal.

11 de junio de 2024

La investigación contemporánea sobre el electromagnetismo

Este post viene a ser como la segunda parte de uno que escribí hace ya bastantes meses; lo cierto es que tenía pensado publicar los dos consecutivamente, pero se me olvidó. Si en aquél hablaba de cómo fue avanzando la investigación de la electricidad y el magnetismo, desde las primeras noticias que se tuvieron de estos fenómenos hasta la modernidad, hoy la extenderé hasta la época contemporánea. Quizá el autor que figure como gozne entre una época y otra fue Ampère, conocedor evidentemente de lo que se hizo hasta la fecha, cuya aportación fue muy relevante en este ámbito. De hecho, recogiendo lo que había hecho, y juntándolo con sus propios experimentos y estudios teóricos, es reconocido como el científico que consolidó en 1820 lo que hoy se conoce como Electrodinámica, de la que se considera su fundador. Ayudado por otros científicos (Arago, Biot, Savart y Laplace) estableció las ecuaciones que rigen la producción de los campos magnéticos por corrientes eléctricas, siguiendo la intuición del danés Oersted. El siguiente paso, las leyes de la inducción, lo daría en 1831 el inglés Faraday, otro monstruo. Sin olvidar a Ohm, quien enunció la ley que lleva su nombre, y que relaciona la generación de una corriente eléctrica con su circulación.

Durante las primeras décadas del siglo XIX los descubrimientos y los hallazgos se sucedían no sé si un poco atropelladamente; tanta era la actividad. Cosas de la vida, tuvo que aparecer una figura no estrictamente física, sino matemática, para poner en orden toda esta efervescencia de formulaciones de leyes físicas: el matemático Gauss. Gracias a él, las principales leyes del electromagnetismo observables a escala humana quedaron definidas, conservándose casi hasta la actualidad. Falta añadir la genialidad de Maxwell quien, apoyándose en todos estos conocimientos, integró los fenómenos electromagnéticos con los luminosos, verdadero culmen de la ciencia decimonónica, como relata de Broglie:

«Esta maravillosa fusión de los dos dominios de la Física hasta entonces totalmente separados, fusión que va a permitir, algunos años más tarde, comprender la naturaleza de las ondas hertzianas y el papel de la electricidad a la escala atómica, constituyen el coronamiento de una época que, en menos de un siglo, de Coulomb a Maxwell, había conducido a los físicos al conocimiento de todas las leyes macroscópicas de la electricidad y el magnetismo».

Parecía que ya estaba todo dicho, pero el caso es que estaba a punto de abrirse un nuevo mundo, hasta entonces desconocido: fue el paso de la escala humana a la escala subatómica, impulsado de alguna manera por el descubrimiento de las ondas hertzianas. Maxwell postuló que todas las radiaciones, visibles o invisibles, eran de naturaleza electromagnética. Sin embargo, a su muerte en 1879, aunque su teoría de campos se mostraba interesante, todavía no convencía del todo, predominando en la ciencia de la época el planteamiento rival de las acciones a distancia: «La predicción más espectacular de la teoría de Maxwell, que los campos eléctricos y magnéticos podían adquirir vida propia y propagarse como ondas auto-renovadas, no se había verificado», explica Wilczek. Ello cambió años más tarde gracias a Hertz quien, en 1886, fue capaz, sometiendo a prueba la idea de Maxwell, de crear la primera generación de emisores y receptores de radio: al descubrir ondas electromagnéticas de una longitud de onda mucho mayor que la de la luz, contribuyendo decisivamente a la telegrafía sin hilos. En torno a las primeras décadas del siglo XX, las técnicas de comunicación se apoyaron íntimamente en las propiedades de los electrones descubiertas por los trabajos de la física teórica.

La historia de la física teórica sufrió paralelamente un giro en sus intereses. A finales del siglo XIX, como decía, ya estaban bien asentadas las bases del electromagnetismo a escala humana; la curiosidad incansable de los científicos se orientó entonces hacia el conocimiento de ese flujo de energía que circulaba a través de los circuitos. Pronto se observó la proximidad entre este flujo y la composición estructural de la materia. Gracias a la electrolisis de Faraday, así como a los rayos catódicos en los que trabajó un buen número de científicos (Hittorf y Crookes en su descubrimiento, Leonard, Wiechert, Perrin y Villard entre otros en su desarrollo), se fue poniendo en evidencia la existencia de que la corriente negativa estaba constituida por unos pequeños corpúsculos, todos iguales, a saber: los electrones. Se observó que eran los mismos electrones los que se encontraban en el fluido eléctrico, en la emisión de electricidad por ciertos cuerpos por efecto de la luz (el efecto fotoeléctrico descubierto por Hertz en 1887), también por cuerpos incandescentes (efecto termoiónico), en la desintegración de algunos cuerpos radiactivos (rayos β)… Pronto se postuló que los electrones debían formar parte de la constitución de la materia. Físicos como J.J. Thomson o Lorentz los incluyeron en sus teorías y experimentaciones respecto a las interacciones entre materia y radiación. H.A. Lorentz hizo una aportación significativa con su ‘teoría de los electrones’, llegando a prever y a describir la acción de un campo magnético sobre el espectro emitido por un foco de luz colocado en ese campo (Broglie, 1960a: 151), algo que fue comprobado experimentalmente por Zeeman en 1896. Poco a poco se iba consolidando la idea de que, efectivamente, el electrón jugaba un papel esencial en la estructura de los átomos, así como en los procesos de sus emisiones espectrales. «Así, en un período que se puede circunscribir entre 1880 y 1905, aproximadamente, la Física había adquirido preciosos conocimientos nuevos sobre la electricidad no considerada esta vez a nuestra escala, sino a la escala infinitamente más pequeña de los átomos y los electrones» cuenta de Broglie. El origen de la mecánica cuántica estaba próximo, curiosamente gracias a los estudios sobre la radiación del cuerpo negro realizados por un tal Max Planck. Pero esto es otra historia.

4 de junio de 2024

Cuando la mente es una tirana

Hablaba en otro post sobre la dificultad que supone que el profesor se haga entender por el alumno, especialmente en el caso de la filosofía. Destacaba allí lo importante que es tener bien presente, sobre todo por parte el docente, la diferencia entre su marco mental y el de sus alumnos. Porque no se comprende algo con lo que se dice, sino también en función del marco mental en que se recibe. Cuando nos comunicamos con palabras, en absoluto su significado es un mero ‘significado de diccionario’, sino que cada palabra conlleva una carga semántica mucho mayor, estableciendo una holgura en su interpretación, en función precisamente del marco desde el cual se haga. Por este motivo, cuando un alumno afirma comprender una idea profunda de un autor nada más escucharla, por lo general no la ha entendido, o cuanto menos en toda su riqueza; porque lo que ha hecho seguramente ha sido traerla, traducirla a su marco mental, en lugar de salir de su marco y situarse en el del autor. Ciertamente esta tarea es ardua, imposible de llevar a cabo en un día, pero es la tensión establecida por la asunción de esta circunstancia la que nos lleva a ir estirando o ensanchando nuestro marco mental. Una tarea que no acaba nunca.

Por este motivo, creo que hay que ser muy prudente a la hora de dar por comprendidos ciertos contenidos filosóficos. Como digo, cuando presento ciertas ideas más complejas y algunos alumnos me dicen que lo han comprendido, se me encienden las alarmas pues lo que fácilmente ha ocurrido es que ellos han traducido unas palabras dichas con un sentido diferente. La mente es como una tirana que curva la realidad a su escala, convirtiendo lo nuevo en lo que le es familiar, superando la inseguridad de la novedad en la seguridad de lo acostumbrado; y se necesita un esfuerzo continuado para invertir el proceso.

De hecho, el esfuerzo filosófico pasa, en la medida de lo posible, por salir de nuestro marco para hacernos con el del profesor o el del autor de que se trate. Y esto es algo que todo aprendiz (y todos lo somos siempre) debe tener claro: aspirar a conocer aquello que ni siquiera sé que puedo conocer, pretender comprender aquello que no sé ni siquiera si existe, pero de lo que barrunto su existencia.

Nos damos cuenta, pues, de que la filosofía pasa sobre todo por una actitud, antes que por unos contenidos. Se pueden tener muchos conocimientos filosóficos y no rozar ni de cerca lo que es una vida filosófica, manteniéndonos en una mera erudición, creyéndonos filósofos cuando no somos más que filosoferos, que decía Unamuno. Y en esta ambigüedad estamos todos, pues uno nunca sabe hasta qué punto es filósofo o filosofero, porque en este camino no hay seguridades, no hay balizas que nos guíen; sólo existe la convicción de quien vive honesta y conscientemente en primera persona esta problemática, y aspira a lo que todavía no sabe.

En mi opinión, creo que es tarea de todo intelectual ejercitarse en dicho proceso, en vencer la tiranía de nuestra mente, en tratar en comprender a un autor desde su marco, a sabiendas que esto es del todo imposible, y que siempre lo leeremos poniendo algo de nuestra parte. Lo mínimo que se puede pedir aquí es cierta sospecha cuando todo nos encaja con facilidad, y cierta prudencia en el ejercicio de la comprensión. El creer que ya hemos comprendido sólo indica probablemente que seguimos recluidos en nuestro marco mental, dando pábulo a nuestra vanidad y a nuestra complacencia, incapaces de acceder a ese mundo que queda por conocer más allá de lo que la cárcel de nuestros pensamientos nos permite atisbar.