15 de marzo de 2022

Los primeros pasos modernos en el estudio de la luz

No se puede negar la fascinación que ha originado en no pocos científicos e intelectuales algo tan cotidiano en nuestras vidas como la luz. Así lo expresó Louis de Broglie en el comienzo de una conferencia dictada en 1959 referida a la luz, titulada “La luz, los quanta y la técnica del alumbrado”:

«La naturaleza de la luz, lo que varía en ella según sea intensa o débil, blanca o coloreada, la manera como se propaga sin debilitamiento notable en el vacío mismo a lo largo de las inmensas distancias de los espacios interplanetarios, el modo como esa propagación es afectada por el encuentro de obstáculos o la travesía de medios materiales, son problemas que desde hace siglos han preocupado a todos los espíritus curiosos deseosos de comprender mejor los diversos aspectos del mundo físico».

¿Qué es la luz? ¿De qué está hecha? ¿Qué propiedades tiene? Preguntas como estas han sido formuladas desde hace muchos siglos. Qué duda cabe de que nuestro conocimiento al respecto ha avanzado mucho, sobre todo gracias al giro que supuso para su comprensión el trabajo de Maxwell y su consideración como onda electromagnética. Pero lo cierto es que Maxwell no fue el primero que afirmó su carácter ondulatorio; su mérito fue otro, como ya vimos, porque, desde luego, la idea de que se tenía sobre la luz cuando se realizaron estas primeras afirmaciones sobre su carácter ondulatorio no era la que tenía Maxwell en mente, quien ‘jugaba en otra liga’, como se suele decir.

El caso es que en el imaginario de la modernidad había cierta perplejidad. Por un lado, era evidente que los rayos luminosos se propagaban de forma rectilínea, y no era difícil interpretar que algo hubiera en su interior, es decir, que la luz estuviera formada por ciertos elementos que seguían precisamente esa trayectoria. Se observaba cómo la luz seguía la misma trayectoria rectilínea que seguía cualquier proyectil que pudiéramos lanzar; y que rebotaba en un espejo igual que cualquier otro proyectil rebotaba sobre una superficie; y variaba su dirección igual que variaba la trayectoria de otro objeto al pasar de un medio a otro. A la vista de estas analogías, ¿no era más que razonable pensar que, efectivamente, la luz estaba compuesta por pequeños corpúsculos, razón por la cual su comportamiento era similar al de partículas proyectadas? De hecho, está fue la interpretación generalizada de la luz durante estos primeros pasos.

Los primeros pasos de la óptica geométrica se dieron en este sentido de la mano de Snell y Descartes, quienes enunciaron matemáticamente por primera vez las leyes de la reflexión y de la refracción de la luz.

El astrónomo holandés Willebrord Snell (1580-1626) tuvo la inquietud de profundizar en las investigaciones que en su día hiciera Ptolomeo (85-165), sobre todo en lo que se refiere a la refracción de la luz. El resultado de ello fue su famosa ley, la ley de Snell, en virtud de la cual los ángulos de incidencia y de refracción (respecto a la normal) de un rayo de luz cuando pasa del aire (en principio) a cualquier otro medio (agua, por ejemplo) es proporcional a sus senos respectivos, siendo esa constante de proporcionalidad lo que se conoce como índice de refracción, el cual depende del medio en cuestión. De modo que: sin⁡ϑ1/sinϑ2=n. Snell no se preocupó por la naturaleza de la luz, dando por supuesto lo que se consideraba por tradición, y que era que la luz estaba compuesta por partículas que provenían del Sol o de los cuerpos calientes o incandescentes. Inicialmente, en la antigüedad se pensaba que la visión se producía porque el ojo lanzaba una serie de partículas específicas que rebotaban en la superficie de los objetos no transparentes, volviendo de nuevo al ojo. Tal fue la hipótesis de Herón de Alejandría (18-62), teoría que predominó durante muchos siglos hasta que el astrónomo árabe Ibn-al Haytam (965-1039) la corrigió, afirmando lo que hemos comentado: que la luz era emitida por los cuerpos calientes (también el Sol), siendo captada por el ojo en su rebote sobre la superficie de los diferentes objetos.

El filósofo y científico René Descartes (1596-1650) sí que hizo ya mención explícita a la naturaleza de la luz, afirmando que estaba formada por corpúsculos que viajaban a una velocidad cuasi infinita, de modo que sus efectos eran prácticamente instantáneos. Ello daba lugar a una paradoja. Cuando un rayo de luz se reflejaba, la componente horizontal de la velocidad se mantenía constante, mientras que la vertical cambiaba de sentido. En la refracción se pensaba que ocurría algo parecido, pero no igual. Por razones de simetría, no había razón para pensar que se modificaría la componente horizontal de la luz, paralela a la línea de separación de ambos medios, de modo que el cambio de dirección sólo podría darse si aumentaba la componente vertical de su velocidad. Si, efectivamente, cuando la luz pasa de un medio menos refringente (como el aire) a otro más refringente (como el agua) se acerca a la normal, y la componente horizontal era la misma, ello implicaba que la componente vertical de la velocidad sería mayor, concluyendo que la luz se aceleraría al pasar del aire al agua. Claro, esto era difícil de justificar, pues parece que las partículas de que estaba formada la luz encontrarían mayor dificultad para viajar a través del agua que del aire, pero así fue cómo se interpretó este modelo.  De hecho, el mismo Newton (que se adhería a la teoría corpuscular de la luz) le dio una explicación: él pensaba que debería haber una especie de atracción entre las partículas de que estaba compuesta la luz, y el medio en el que se desplazaba; como el agua era más densa que el aire, atraía con más fuerza a las partículas de la luz, motivo por el cual la componente vertical aumentaba.


Pero pronto surgió un problema al estudiar la refracción. Desde siempre se pensaba que la luz siempre seguía el camino más corto: así ocurría, por ejemplo, en la reflexión. Sin embargo, cuando se comenzó a estudiar más científicamente la refracción, se vio que este fenómeno no cumplía aquel principio, sino que la luz seguía un camino más largo que el más corto posible. Para ir del punto A al punto B (en la figura), no sigue la luz la línea recta entre A y B, sino que hace el quiebro mediante el punto M. ¿Por qué esto era así?

En un plazo corto de tiempo, Fermat (1601-1665) demostró que ambos fenómenos, el de la reflexión y el de la refracción, se apoyaban en un principio más general (y que lleva su nombre), cuyo valor fue fundamental para la física posterior. Este principio consistía en la afirmación de que los rayos luminosos se comportan de tal manera que el tiempo que tardan los corpúsculos en llegar de un punto a otro a lo largo del rayo es mínimo. No siempre el camino más corto es el más rápido, sino que en ocasiones puede no ser así. De modo concomitante, Fermat introdujo en la ciencia de la época un modo de pensar distinto, que tiene que ver con el hecho de que haya variables que tienden a minimizarse en su comportamiento, lo cual interviene en el asunto en cuestión. Evidentemente, Fermat nunca imaginó el alcance que estos pilares iban a llegar a tener en toda la física posterior.

A lo largo del siglo XVII, sobre todo en su segunda mitad, se empezaron a observar fenómenos curiosos en el comportamiento de la luz, que no encajaban en su consideración corpuscular. Uno de ellos fue el de la doble refracción o birrefringencia; Bartholin (1616-1680) comprobó cómo, al hacer pasar un rayo de luz a través de algunos cuerpos, se desdoblaba en dos haces polarizados que lo cruzaban a distintas velocidades. ¿Por qué los mismos proyectiles luminosos poseían comportamientos diferentes cuando atravesaban el mismo medio material? Otro es el de la difracción de la luz en el borde de una superficie, o al hacer pasar la luz por un orificio muy pequeño, tal y como comprobó Grimaldi (1618-1663): las proyecciones generadas no eran las esperadas considerando únicamente un desplazamiento lineal de la luz, pues había zonas difusas en los bordes.

El caso es que no se supo interpretar muy bien a qué se debían estos fenómenos. De hecho, se comprobó que, con los conocimientos que se poseían de la luz, no se podía dar razón de ellos. Fue necesaria la aportación de un genio original de la física, Huygens, para poder ofrecer una novedosa explicación, imaginando una hipótesis aventurada, totalmente diferente de la establecida.

8 de marzo de 2022

La experiencia hermenéutica frente a la experiencia científica

Decíamos en el anterior post que el punto de encuentro entre lo real y la razón lo situaba Gadamer en la experiencia, categoría relevante para su análisis hermenéutico de la historia efectual. El análisis que realiza Gadamer de la experiencia es muy interesante. Lo que va a hacer a lo largo de estas páginas es ir desgranando distintas concepciones de la experiencia que, si bien no son falsas, sí que las estima insuficientes, entendiendo que no encierran toda la verdad, o que no acaban de agotar lo que para él significa la ‘experiencia hermenéutica’. La experiencia no es uniforme, monolítica, sino que encierra una riqueza multiforme, plural.

El profesor Conill explicaba que de algo de esto ya se hizo eco Heidegger, reivindicando la necesidad de ‘vencer la costumbre de pensar por una sola vía’, que somete todo bajo el dominio de la ‘univocidad’. La riqueza la aporta una predisposición a escuchar abriéndonos a lo inicialmente desconcertante, un campo libre en el que uno ha de dejarse decir por lo nuevo, por lo otro. Heidegger entendía que para ello es preciso situarse en un momento previo al propio ejercicio de la razón, y que posibilita precisamente su ejercicio desde distintas claves, ese momento de claridad en que pensar y ser son uno. «Esta unidad de ser y pensar sólo es posible a partir de un encuentro experiencial, de una ‘experiencia previa de la Aletheia como Lichtung’. Sólo desde este carácter experiencial del pensar pueden surgir todas las ulteriores determinaciones e interpretaciones». Estamos hablando de un momento pre-racional, pre-lógico, una experiencia originaria en virtud de la cual son posibles las diversas razones y las diversas lógicas.

Gadamer tratará de comprender hasta el fondo este nuevo horizonte que se abre tras la experiencia originaria; una experiencia originaria que no sólo es previa a cualquier ejercicio discursivo, sino que es gracias a ella que el pensar puede tener sentido, también el pensar lógico. Es la fuente de la que mana el sentido.

El concepto de experiencia ha sido tradicionalmente circunscrito a la experimentación científica, ámbito en el que alcanzaría su máxima rentabilidad. Sería oportuno preguntarse hasta qué punto es así, hasta qué punto este tipo de experiencia científica es suficiente para ámbitos ajenos al científico, como por ejemplo el de la vida; ¿es aplicable a la vida este tipo de experiencia, o es menesterosa de ser complementada o sustituida por otro tipo de experiencia más… ‘experiencial’? Cuando hablamos de la vida, ¿no es necesario ampliar el concepto de experiencia? A juicio de Gadamer, sí.

En su opinión, una experiencia científica no es sino una esquematización epistemológica, lo cual supone una reducción importante porque, por su propio carácter, el ejercicio científico lo que busca precisamente es «objetivar la experiencia hasta que quede libre de cualquier momento histórico», consiguiéndolo mediante su propia metodología. Lo que hace la experiencia científica es recortar todo lo accidental y casuístico, para quedarse con el esquema del fenómeno a estudiar, y que será lo que pueda expresarse matemáticamente. De la experiencia real, el científico suprime todo lo que sobra, que, en el fondo, es su contenido inicial, imposibilitando de raíz cualquier aproximación a su momento hermenéutico. Al científico no le interesa tanto ‘esta’ experiencia concreta, con su contenido y situación concreta, sino lo que ella me puede aportar en orden a la generalidad que está buscando.

Uno de los grandes errores de las ciencias del espíritu fue aproximarse a este enfoque propio de las ciencias naturales, intentando objetivarlas como si fueran algo que está ahí, como los fenómenos naturales, sin considerar la dimensión efectual. Entendida así, la experiencia como tal cercena de raíz su propia historia en cuanto ejecución, se la aísla, se la desconecta de lo vital porque en definitiva lo que hace todo esto no es sino desvirtuarla. La experiencia científica intenta minimizar todo lo que no sea objetivable, para lo cual debe suprimir todo aquello que le estorbe para tal fin.

De algo similar culpa Gadamer a Husserl, aunque en un sentido diverso porque, en su opinión, el padre de la fenomenología ilustra «la parcialidad inherente a la idealización de la experiencia que subyace a las ciencias». Aunque Husserl parte de una experiencia vital, según Gadamer no la acaba de considerar como tal, sino que lo que hace es proyectar esa idealidad científica a la experiencia perceptiva-eidética. Husserl se ciñe a la aprehensión fenomenológica de la esencia de las cosas, según la estructura noético-noemática de la percepción, la cual se consigue reduciéndola de todo aquello que la dificulta. Probablemente esta interpretación no sea compartida por muchos husserlianos, sobre todo porque parece que se están dando a conocer textos inéditos de Husserl en los que se pone de manifiesto su interés por lo fáctico, argumentando así la crítica que se le realiza a Heidegger de que en su filosofía hay más de Husserl de lo que parece. Pero bueno, esto es otra historia.

1 de marzo de 2022

Casualidades, sí, pero no del todo: el caso de Becquerel

Recién descubiertos los rayos X, los investigadores enseguida continuaron trabajando sobre esta nueva forma de radiación, tratando de generarla de modos diferentes a los empleados por Roentgen. Henri Becquerel (1852-1908) fue uno de los elegidos. Su trabajo es el perfecto ejemplo de cómo en ocasiones la casualidad se alía con la ciencia, y el éxito depende de situaciones fortuitas que nada tienen que ver con ella: en su caso, el hecho de dejar un paquete con sales de uranio ―material todavía poco conocido en la época― en un cajón, junto con una placa fotográfica; lo que le llevó, allá por 1896, a uno de los descubrimientos más importantes de cara al siglo XX, que se denominó radiactividad. Es conocida por muchos esta anécdota; lo que no lo es tanto es por qué Becquerel guardó en un cajón oscuro con una placa fotográfica un trozo de uranio. No parece que sea algo muy común; es decir, no es muy frecuente que tengamos en casa placas fotográficas y trozos de uranio, que puedan coincidir casualmente en un cajón, ni aun siendo científicos. De hecho, nunca había ocurrido hasta la fecha o, si ocurrió, nadie le dio la lectura adecuada, pero él sí. ¿Por qué?

Becquerel fue un estudioso de los fenómenos de fluorescencia y fosforescencia, siguiendo la tradición familiar. Una sustancia fluorescente es aquella capaz de emitir energía visible mientras absorbe energía (que fue la que empleó Roentgen para el descubrimiento de los rayos X), y una fosforescente es capaz de mantener la emisión en ausencia del fenómeno de la absorción. A causa su propia investigación, Becquerel se interesó por el descubrimiento de los rayos X por Roentgen; o, mejor dicho, por un fenómeno asociado al mismo, a saber: el de que los rayos X obtenidos eran emitidos por una pared de la misma ampolla de vidrio en la que chocaban rayos catódicos; es decir, que la pared de vidrio actuaba como una sustancia fosforescente una vez habían incidido en ella rayos catódicos, emitiendo acto seguido rayos X.

Lo que se planteó Becquerel era si el fenómeno de la fosforescencia estaba asociado generalizadamente a la emisión de rayos X, de modo que materiales fosforescentes que emitían energía visible por estar expuestos a la luz, emitían también rayos X.

Para estudiar esto empleó un material común en su laboratorio, unas sales de uranio con propiedades fluorescentes y fosforescentes. Así, «guiado por una idea que debía finalmente revelarse como falsa, el hábil físico se puso a investigar una hipotética emisión de rayos X por sales de uranio hechas fosforescentes por una exposición previa a la luz solar», explica de Broglie. Lo que hizo fue exponer a la luz solar sales de uranio para, posteriormente envolverlas en papel negro y encerrarlas en un cajón junto con una placa fotográfica, con la esperanza de que dicha radiación X fuera emitida por el cuerpo fosforescente y, atravesando el papel negro, impresionara a la placa. Comprobó felizmente que la placa había sido afectada, con lo que pensó que su experimento fue un éxito, comunicando sus resultados a la comunidad científica el 24 de febrero de 1896.

Y es aquí donde entró la casualidad, para hacerle ver a Becquerel que su interpretación no era adecuada; casualidad que, como suele ser en estos casos, debe ir asociada a un espíritu laborioso y trabajador. Cuando se dice que la suerte sonríe a los sabios, no es ‘por casualidad’. Ilusionado por su ‘éxito’ siguió preparando muestras para continuar investigando; el caso es que se sucedieron unos días en los que no brilló el sol, por lo que Becquerel no expuso las muestras; a la espera de un día más indicado para poder hacerlo, Becquerel las guardó en el cajón de siempre, esperando el día en que podría emplearlas. El día 1 de marzo, escasos días después de su anterior experimento, el sol salió y Becquerel cogió las muestras del cajón para ponerlas a su luz; como buen profesional, repasó todo el material y, al repasar las placas fotográficas, se dio cuenta de que estaban veladas. ¿Por qué podría ser, si no había lugar a la presencia fosforescente de los rayos X?

Pero no sólo es que las placas fueron impresionadas por un material no expuesto a la luz solar, sino que su impresión era exactamente igual a las anteriores. ¿Qué quería decir esto? Becquerel postuló la única hipótesis posible: que «el uranio debía emitir continuamente, y sin que ninguna exposición previa a la luz fuese para ello necesaria, radiaciones muy penetrantes de una naturaleza desconocida, que serían completamente diferentes de la de los rayos X», fenómeno que Becquerel dio a conocer al día siguiente, el 2 de marzo de 1896, y al que denominó radiactividad. Acto seguido, Becquerel compartió su descubrimiento con una colega joven, recién graduada, una polaca desconocida: una tal Marie Curie.

22 de febrero de 2022

¿Cómo no se originan las palabras en nuestro hablar?

En el sexto capítulo de su Fenomenología de la percepción, titulado “El cuerpo como expresión y palabra”, Merleau-Ponty analiza el origen del lenguaje en el ser humano. Creo que se trata de un texto denso, pero fascinante, en el que sitúa el origen de la palabra hablada entroncándolo con las expresiones prelingüísticas de los organismos más sencillos. Con ello pretende argumentar a favor del carácter unitario de nuestra expresión, frente al dualismo gnoseológico moderno que realizaba esa distinción tan clara entre sujeto y objeto, algo para nada evidente en su opinión, tal y como dice nada más comenzar: «Tratando de describir el fenómeno de la palabra y el acto expreso de significación, tendremos una oportunidad para superar definitivamente la dicotomía clásica del sujeto y objeto».

Comienza estas páginas reflexionando sobre la génesis de las palabras. La interpretación más común, tal y como podemos pensar cada uno de nosotros, suele ser la de partir del hecho de la existencia de ‘imágenes verbales’, las cuales son convertidas en ‘expresiones habladas’, en palabras, en un momento determinado. Las palabras no responden sino a imágenes mentales que ‘ya’ poseen un término que las identifica y las define: pensamos en árboles, en piedras, en casas, etc., todo lo cual se encuentra en nuestra mente como las fotografías en un álbum. Según esta interpretación, ¿cómo sucede el discurso?, es decir, ¿cómo van aflorando a nuestro hablar los distintos conceptos?

En su opinión, hay asumidos dos modos distintos según los cuales esto ocurre: a) que los estímulos desencadenen, según las leyes mecánicas de la estimulación nerviosa, la articulación de un vocablo; b) que sea la conciencia la que, en términos de asociación (de alguna manera también mecánicos, o mecanizados) asocie a determinados estímulos dicho vocablo. En el primer caso, nuestros sentidos fisiológicos perciben un objeto, información que se transmite a nuestra mente y que propicia que un determinado concepto aflore a la conciencia de modo automático: vemos un árbol, y automáticamente aflora en nuestra mente el concepto de árbol. En el segundo caso, el proceso no es automático en base a nuestra fisiología, sino que es la mente la que asocia a la impresión sensible recibida el vocablo correspondiente, bien por costumbre, bien por aprendizaje, etc. (proceso en el que no deja de haber también cierta mecanización).

Como muy agudamente ve Merleau-Ponty, en ambos casos parece que la expresión del vocablo esté vinculado a un proceso en paralelo al del yo, como fenómenos en tercera persona, en el sentido de que más que alguien que hable, hay un proceso lingüístico que acontece sin mayor intención del que habla por gobernarlos.

En estos casos, dice él, «el sentido de los vocablos se considera como dado con los estímulos o con los estados de consciencia». Las cosas ocurren, bien por procesos fisiológicos automáticos, bien por procesos mentales automatizados, podríamos decir. Esto es algo de lo que todos podemos tener experiencia: pensemos cuando miramos a un determinado objeto, mejor si nos es familiar: una flor, por ejemplo; cuando la vemos, nos viene a la cabeza inmediatamente eso, el término ‘flor’, tal y como la denominamos, ocurriendo todo ello de modo ajeno a nuestras intenciones. No elegimos conscientemente que nos venga a la mente el término ‘flor’, sino que, sencillamente, nos viene. Así parece que el origen de la palabra se sitúe en los procesos fisiológicos o psíquicos, no siendo estrictamente una ‘acción’ del sujeto, sujeta a sus posibilidades y disposiciones interiores; como muy gráficamente dice, «el hombre puede hablar como la lámpara eléctrica puede volverse incandescente». Lo que cuestiona Merleau-Ponty es si este proceso ‘mecánico’, esté motivado por un proceso nervioso o por un proceso psíquico, es tal, motivo por el cual trata de ahondar en su génesis.

15 de febrero de 2022

Pues no es tan fácil ser un fósil

La verdad es que no solemos hacernos eco de lo complicado que es que un animal se convierta en fósil. Como dice Bryson, son muy reducidas las posibilidades de que un animal acabe convertido en uno. Han de coincidir diversas circunstancias, como morir en el lugar adecuado en un terreno que lo posibilite (sólo un 15% de rocas pueden conservar fósiles), que la forma impresa se mantenga identificable con el paso de los miles y miles de años, y otra no menos importante: que alguien los encuentre y sepa identificarlos como tales. Hemos de ser conscientes de que la mayor parte de los seres que han vivido sobre la Tierra no han dejado el menor rastro sobre ella. O, dicho al revés: la información fósil que poseemos no es más que la de una mínima parte de todos los seres vivos que han poblado nuestro planeta. Además de que ese registro es altamente sesgado, ya que la mayoría de los animales terrestres no mueren en sedimentos apropiados, sino que suelen morir en la superficie y ser devorados y descompuestos sin dejar rastro. De hecho, la mayoría de los animales de los que tenemos registro fósil son marinos (en torno al 95%).

A todos nos suena el fósil quizá más famoso: el de los trilobites, unas criaturas extrañas que aparecieron totalmente formados hace unos 540 millones de años, en el seno de lo que se conoce como la gran explosión cámbrica. Reinaron a lo largo de 300 millones de años, el doble de lo que lo hicieron los dinosaurios. En el siglo XIX, época en la que los descubrimientos y estudios de los fósiles se comenzaron a sistematizar, los trilobites fueron casi las únicas formas de vida primitiva identificadas, y su repentina aparición fue un auténtico misterio. Eran seres que tenían extremidades, agallas, sistema nervioso, antenas sondeadoras y unos ojos muy extraños (que constituían el sistema visual más antiguo conocido). Y lo llamativo fue que aparecieron no puntualmente en un sitio para luego extenderse, sino simultáneamente en muchos lugares. El lugar que causó más furor fue descubierto accidentalmente (como suele ocurrir en estos casos) en 1909 por Walcott, en las Rocosas canadienses, un afloramiento denominado Burgess Shale. Walcott recogió una cantidad de fósiles espectacular (decenas de miles) y de muy diversas formas que, dada la poca preocupación de entonces por el tema, se limitó a almacenarlos y a archivarlos en un museo de Washington. Décadas más tarde, en 1973, un recién graduado llamado Morris visitó la colección maravillándose de todo lo que allí había. Junto con un equipo de trabajo, trataron de realizar una clasificación, encontrándose con criaturas muy extrañas: algunas con cinco ojos, otras con un hocico largo y una especie de garra en el extremo, otra circular como una rodaja de piña, etc. Con el tiempo se concluyó que no es que estos animales fueran tan extraños o diferentes, sino que su reconstrucción no se hizo bien en su día: hoy parece que estos especímenes de Burgess Shale no eran tan espectaculares, lo cual sigue dejando en pie el origen de su explosiva aparición.

Se postuló la posibilidad de que pudieran derivar de una especie descubierta más tarde, en 1946, que, aunque pasó inadvertido en la época, fue muy importante. Sprigg descubrió unos fósiles en Australia (en las montañas de Ediacaran) cuando estaba inspeccionando unas minas abandonadas, con la idea de volverlas a poner en funcionamiento. Se trataba de unas criaturas muy extrañas, motivo por el cual no fueron reconocidos como fósiles, sino como huellas aleatorias que había dejado la naturaleza por otros motivos. Hubo de ocurrir que se encontraran fósiles similares en Inglaterra para que se despertará el interés por ellos. Ciertamente, eran animales que no parecía que tuvieran ni boca ni ano, ni órganos internos. Parecía que su vida se limitara a permanecer sobre un fondo arenoso, alimentándose por su piel, no se sabe muy bien cómo. Incluso algunos piensan que no eran animales siquiera.

Aunque algunos postularon que estas criaturas de Ediacaran pudieran situarse a los orígenes de los trilobites, no hay ninguna teoría consolidada en este sentido. El origen de estos sigue siendo un misterio. También se valora que sus antecesores fueran criaturas de tales características que impidieran su fosilización, por lo que difícilmente podríamos dar hoy en día con ellas.

8 de febrero de 2022

Los orígenes del concepto moderno de conciencia

Cuando Aranguren nos explica en su Ética el concepto de ethos, distingue dos acepciones: êthos y éthos. En ambos casos significa ‘carácter’, pero con matices distintos, aunque complementarios e interrelacionados. En el primer caso, êthos hace referencia al carácter como modo de ser, no tanto entendido psicológicamente, como temperamento, etc., sino algo más profundo, como ese modo de ser radical desde el cual brota nuestro modo de vivir, de reaccionar, de actuar, de interpretar o de sentir; algo así como la fuente de nuestra vida, fuente de la que mana nuestro modo de ser. Pero ya los griegos se daban cuenta de que ese êthos no surgía así como así, sino que estaba en estrecha relación con nuestros actos y con nuestros hábitos, pero en el sentido opuesto al anterior: es decir, que nuestros actos contribuían a modificarlo y configurarlo; en este caso, el carácter no era tanto fuente de los actos como resultado suyo: es el éthos. Como digo, ambos momentos están íntimamente relacionados, en auténtica circularidad, la cual se puede erigir en una circularidad virtuosa (si nos endereza hacia nuestra mejor versión) o en una circularidad viciosa (si hace lo propio hacia la peor).

El caso es que ambos términos fueron vertidos al latín con el término mos, moris, que también significaba carácter; a juicio de Aranguren, al emplear un único término, fue complicado mantener ambos significados, imperando sobre todo el segundo.

Y esto tuvo una consecuencia importante, como fue la de perder ese momento fontanal, orgánico, fisiológico, de nuestro carácter, en beneficio del ejercicio de nuestras facultades superiores (inteligencia y voluntad), sobre las que recayó la atención al entender que eran las que dirigían nuestras vidas, conociendo lo que había que hacer y discerniéndolo para hacerlo. Se retomó la conceptuación hilemórfica, acentuando la dimensión formal (alma) en detrimento de la material (cuerpo), derivada de la interpretación platónica (y ésta de la órfica), con la que los pensadores medievales se sintieron cómodos.

Es la modernidad ―no olvidemos que este marco moderno no es un marco teocéntrico, sino antropocéntrico― la etapa en la que se produce una escisión metafísica entre los conceptos de persona y de naturaleza. Quizá no en Descartes, quien era deudor de un concepto sustancialista, aunque, al introducir la conciencia como dimensión humana esencial, dio pie a un proceso de desnaturalización, podemos decir. Así en Locke, para quien la separación cartesiana entre res cogitans y res extensa es insuficiente para explicar la identidad de la persona, aun cuando la conciencia estuviera claramente diferenciada y separada del cuerpo. Con la idea de des-sustancializar a la persona humana, el filósofo inglés hará recaer el peso del carácter personal no es su condición de res, de cosa, de sustancia, ya que, por muy espiritual que fuera, seguía siendo sustancia, sino como la toma de conciencia de la unidad de los distintos estados en que dicha conciencia se desplegaba en el tiempo. La unidad de la persona recae ahora no sobre su conciencia de carácter esencial, sino sobre la unidad de los distintos estados de conciencia, unidad que se manifiesta cuando es reconocida como tal por el recuerdo de los mismos que nos trae la memoria de nuestras propias experiencias. Es gracias a la memoria que alcanzamos nuestra identidad como personas, es la que nos permite recordar dichas experiencias y recordarlas como nuestras, como que somos nosotros las que las tenemos. Idea que será felizmente acogida en la tradición anglosajona, con amplia repercusión en los debates contemporáneos sobre la mente y la conciencia, sobre todo desde la neurociencia.

1 de febrero de 2022

Dimensión evolutiva de la percepción

El modo en que nos hacemos eco de nuestro entorno es fascinante, en el sentido de que nuestra percepción no es su representación exacta, sino que somos capaces (como, en el fondo, toda especie animal, en virtud del grado de formalización de su sistema nervioso) de representárnoslo aun cuando no contamos con toda la información necesaria, pero que nos es suficiente; o al revés: cuando hay un exceso de información tendemos a filtrarla para que no nos distorsione. No deja de ser una maravilla que las posibilidades de nuestra sensibilidad se hayan ido ajustando evolutivamente a la naturaleza, en función de nuestras necesidades de supervivencia. En el fondo, la sensibilidad de cada especie es como una llave que nos ayuda a comprender el diálogo que es capaz de establecer con el entorno, un modo de conocer, en definitiva, cómo es dicha especie. En lo que toca a nuestra dimensión biológica, nosotros estamos también ahí.

Quisiera comentar algunos detalles de esto que digo, que no dejan de llamarme la atención. Por ejemplo, el de cómo nuestra vista se ha adaptado a la luz solar, en función de cómo ésta incide sobre la superficie de la Tierra atravesando la atmósfera. Hay dos hechos interesantes: a) la intensidad de la luz del sol según las distintas longitudes de onda (de acuerdo a la ley de radiación de Planck), presenta un máximo sobre la superficie terrestre en los 510 nm; b) la composición de nuestra atmósfera no deja pasar todas las frecuencias de la luz, sino que tanto los rayos X y ultravioletas (que son absorbidos por las capas altas de la tierra) como los infrarrojos (por las más bajas) no llegan a la superficie terrestre. A causa de este segundo fenómeno, nuestra atmósfera deja abierta una ventana entre 400 y 800 nm, ventana que coincide prácticamente con la ventana óptica de nuestra visión (380-760 nm). Como dice Vollmer, «nuestro ojo es pues sensible precisamente para el corte en el que el espectro electromagnético muestra un máximo». Un máximo, por su parte, que se sitúa en torno al verde amarillento, es decir, en el centro de nuestro espectro cromático: es decir, coincide el máximo de la luz solar justamente en la frecuencia en la que nosotros tenemos nuestra sensibilidad visual.

«No es que ‘precisamente’ el corte visible del espectro solar pueda atravesar con sus rayos nuestra atmósfera. Es exactamente lo contrario, que el corte comparativamente pequeño del amplio margen de frecuencias de la radiación solar (precisamente por esta razón convertido para nosotros en el ámbito visible de este espectro) se ha convertido en luz», dice von Ditfurth.

Podemos decir que el ojo se ha acomodado para aprovechar óptimamente la luz solar, algo que ocurre también en el ámbito de los animales; aunque en algunos casos se encuentre ligeramente desplazada (como en el de las abejas), siempre aprovechan el intervalo de frecuencias de la luz solar que llega hasta nosotros. «No porque el ojo sea parecido al sol puede contemplar el sol, sino porque se ha formado a lo largo de un desarrollo filogenético de miles de millones de años en un mundo en el que un sol real ya durante eones antes de la existencia de los ojos enviaba sus rayos», dice Lorentz.

Hay otra circunstancia que no quería dejar de destacar. Un fotorreceptor de la retina posee un umbral sensitivo de un cuanto de luz (10-18 julios); es decir, cuando le llega una onda de esa energía, dentro del espectro que es sensible, se activaría. Sin embargo, cuando llega esta cantidad de energía en una única ocasión, nuestro sistema nervioso no notifica sensaciones luminosas, sino únicamente cuando en muy poco tiempo son estimulados varios fotorreceptores o células visuales cercanas. ¿Por qué ocurre esto? Pues parece que es un modo de defensa, en el sentido de que así no se notifican sensaciones luminosas cuando hay manifestaciones aleatorias, u oscilaciones transitorias, etc. Cuando un receptor es muy sensible, le están llegando continuamente estimulaciones electromagnéticas, de modo que «si se registraran todos los quanta tendríamos permanentemente una impresión luminosa irregular sin ningún contenido informativo concreto. Estas señales insignificantes son pues arrinconadas por la censura del sistema nervioso». Lo propio ocurre con el resto de sentidos. Si pensamos en el oído, éste cuenta con una especie de filtrado que impide que escuchemos el continuo crujir contra el tímpano de las moléculas movidas por el movimiento browniano, lo cual nos daría seguramente una sensación continuada de ruido y alboroto.

Otro mecanismo de defensa es lo que se conoce como capacidad temporal de disolución de nuestra conciencia, es decir, el tiempo que deben poseer dos sucesos seguidos en el tiempo para que nos parezcan consecutivos o no en nuestra experiencia subjetiva. En el caso humano, el cuanto subjetivo de tiempo es de 1/16 seg, es decir, cuando desfilan ante nosotros 16 imágenes por segundo, nos da sensación de continuidad, que es lo que suele ocurrir en el cine; y, aunque sepamos que se trata de 16 imágenes discontinuas, no las podemos percibir separadas, sino en continuidad. Si fueran, por ejemplo, 10, las veríamos como una sucesión de diapositivas, pero las 16 ya las vemos ‘en movimiento’. Otras especies poseen un cuanto subjetivo de tiempo diferente: el de un perro, por ejemplo, es de 1/60 segs; es decir, cuando nuestro perro está viendo la tele, no verá una escena en movimiento como nosotros, sino que verá una serie de imágenes estáticas que se suceden. Esto da lugar a un fenómeno curioso, como es que muchos animales necesitan que sus presas se muevan a su alrededor, pues si están estáticas les pasan desapercibidas: por ejemplo, si una rana no ve moscas moviéndose no las considera como alimento; si están muertas a sus pies, no se las comerá. Algo de eso creo que le pasa también a mi gata, que en ocasiones sólo reacciona a estímulos en movimiento.