Hemos visto cómo lo estético propiamente hablando ‘comienza’ cuando uno cae en la cuenta de que junto a lo dado sensiblemente en una percepción, hay algo co-dado que lo excede, algo co-dado que, si bien de alguna manera no deja de ser sensible, lo cierto es que traspasa lo dado sensiblemente de modo primario: hablábamos de una percepción de segundo nivel, de una percepción oblicua, difusa, abierta, que es la que posibilita precisamente la experiencia estética. Vamos a tratar de aproximarnos a esa percepción de segundo nivel, puerta de entrada a lo estético, detallando en la medida de nuestras posibilidades cuál es específicamente el contenido de dicha percepción superior. Por lo pronto, parece razonable pensar que los contenidos de la percepción superior no son del tipo ‘todo o nada’, sino que pueden darse estratificados, a la vez que difusamente, a una percepción espiritual cada vez más elevada.
Esto es algo que ha solido identificarse con la idea de intuición. El asunto pasa por determinar qué es lo que se intuye en una intuición. Una interpretación clásica de esto es la de que, partiendo del dato sensible, lo que busca la percepción de segundo nivel son contenidos espirituales cada vez más abstractos, pensamientos o ideas extraídos ‘intuitivamente’ a partir del dato sensible, lo cual podría entenderse como un modo de conocimiento superior, tanto como para que se distinga del conocimiento ordinario. Se podría pensar que en lo más alto de este proceso están las esencias, intuidas por una facultad humana elevada, tal y como lo entendían los clásicos. Así, la percepción sensible estaría guiada ‘desde arriba’ por estas ideas esenciales de todo lo que conforma a los entes de la naturaleza, siendo necesario desprenderse de lo externo (reducirlo, como diría Husserl) para que se nos haga presente lo esencial. De alguna manera esto es algo que se da en la experiencia cotidiana, en la que se intuye lo que las cosas son ante su mera presencia sensible en tanto que cosas reales; a la cosa en tanto que realidad asociamos de modo intuitivo e inmediato un sentido: no vemos un cilindro de plástico alargado con una sustancia viscosa en su interior, sino que vemos un bolígrafo. De lo que se hablaría aquí es de extender este proceso hasta un ámbito metafísico, en el que lo co-dado junto a lo dado se sitúa en este nivel de profundidad, enderezado por la significatividad que posee para el sujeto. La percepción superior estaría enderezada hacia esas esencias metafísicas que están esperando ser intuidas.
También podría pensarse un proceso similar en referencia a los valores morales, valores a cuya luz situamos nuestras vidas prácticas. Estos valores vitales guían nuestra percepción de las cosas, enderezándolas desde arriba, como los anteriores, invitándonos a ver la viveza de un amanecer, la fuerza de un animal, la finalidad de la naturaleza, la elegancia de un trote, la bondad de una madre cuidando a sus crías, así como tantos otros valores: sinceridad, justicia, sacrificio, valentía, altruismo... aunque también los disvalores: egoísmo, avaricia, falsedad, engaño, etc. Cuántas figuras artísticas están percibidas a la luz de estos valores morales.
Pues bien, hay que destacar que ni los contenidos metafísicos ni los valores morales son estrictamente hablando elementos de lo estético. Ciertamente, pueden estar presentes ―y de hecho lo están― en una percepción estética como contenidos de la misma, igual que están los contenidos sensibles: son algo co-dado junto a lo dado, pero no son todo lo co-dado. Puede ocurrir ―incluso― que estos contenidos morales o metafísicos nos generen satisfacción, bien porque nos enderezan hacia lo considerado como bueno o porque nos enderezan hacia lo considerado como verdadero; pero esta satisfacción no conforma lo estético como tal, no es la auténtica fruición estética. Como digo, pueden estar presentes en la experiencia estética, mantenidos en ella, pero no constituyen su fundamento; si ese fuera el caso, la fruición dependería de elementos extraestéticos (morales o metafísicos), lo que iría en contra de su propia definición: es necesario, pues, que queden superados.
| Giovanni Boldini: "La mujer de rojo" (1916) |
La fruición estética desborda por arriba, tanto lo sensible como estas otras satisfacciones extraestéticas, tales como pueden ser la gnoseológica o la práctica. Idea que está presente en Hegel, también en Kant, quien seguramente fue el primero que reivindicó el carácter estético en su pureza y autonomía, al margen de lo verdadero y de lo bueno. Tradicionalmente ha sido frecuente confundir, o entremezclar, estos valores con los estrictamente estético, seguramente porque faltaba el andamiaje conceptual para poder discernirlo con mayor rigor y finura. Démonos cuenta de que los contenidos gnoseológicos son siempre gnoseológicos, y de que los valores morales son siempre morales; e, independientemente de que puedan estar presentes en lo estético ―insisto― no constituyen su fundamento; si han de iluminar al sujeto en este sentido lo propio sería percibir esos valores no en clave gnoseológica o en clave moral, sino estéticamente. La prueba evidente es que disvalores molares o escenas falsas pueden propiciar percepciones estéticas. Ante la percepción estética, lo gnoseológico y lo vital son elementos extraestéticos en cuanto tales; sólo contarán estéticamente cuando se les depure de su carácter gnoseológico o vital para atenderlos estéticamente. Una actitud estética que, cuando se está en proceso de ejecución, revierte sobre todo ello lo extraéstetico, depurando todo interés espurio, para atender únicamente a su ‘aparecer estético’. Casi como sin querer hemos afirmado una clave fundamental: lo estético no está en los contenidos que aparecen, sino el aparecer de los contenidos, algo sólo aprehensible estéticamente, ya que cae fuera del orbe de lo gnoseológico y de lo volitivo.
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