La docencia institucional es apasionante, pero no es menos cierto que puede convertirse, cuanto menos en determinados momentos o etapas, en una experiencia difícil, dura, frustrante, tanto como parta tener uno que hacerse violencia al levantarse por las mañanas para ir al centro educativo. Si bien el entusiasmo por la docencia puede ser una de las experiencias más plenas de un profesional de la educación, el desencanto por la misma puede ser una de las experiencias más duras. Y es que la profesión de ‘profesor’ o de ‘maestro’ abarca una buena gama de matices, como muy bien hace ver Steiner: «desde una vida rutinaria y desencantada hasta un elevado sentido de la vocación». Y las consecuencias de ambas posturas alimentan tanto otra actitud: la experiencia apasionada motiva y hace crecer al docente, mientras que la desencantada desmotiva y lo hunde emocionalmente; algo que no es sólo patrimonio exclusivo de éste, sino que también afecta al centro en general, todo lo cual revierte sobre el alumnado. Igual que hay climas institucionales motivadores, los hay del signo opuesto; como dice Torralba, «el desencanto es un virus terrible, letal, que se infiltra en las organizaciones, en las aulas, en los claustros y en el fondo del alma del maestro y acaba destruyendo el deseo de educar, de transformar el mundo a través de su acción». No es difícil pasar del ‘maestro carismático’ al ‘pedagogo destructor de almas’.
Ni el entusiasmo ni el desencanto son fruto de la casualidad: son el precipitado de actitudes y experiencias previas, algunas de las cuales se las encuentra el docente, y otras seguramente sean propiciadas por él, de modo consciente o no. Ciertamente, la profesión docente, quizá la más importante de un país, no goza en la actualidad del reconocimiento social que se merece, todo lo contrario: más bien es una pieza perteneciente a un engranaje social en el que la búsqueda del bien del alumno no es algo que se perciba a primera vista, y si por su culpa la maquinaria se ve entorpecida, se verá sometido al correctivo (de cualquier tipo) pertinente. Pero que el ambiente social sea éste, no desemboca necesariamente en el entusiasmo o en el desencanto ni del centro, ni del docente: no cabe aquí la causalidad lógica. Intervienen más factores, que habrá que analizar. Factores que darán pie a distintos escenarios: aquellos en los que ciertos profesores ‘destruyan’ a sus alumnos, aquellos en los que ciertos alumnos ‘tergiversen y traicionen’ a sus maestros y, finalmente, aquellos en los que se dé un intercambio enriquecedor propiciado por la mutua confianza y el mutuo interés, en el que no sólo aprende el alumno sino que el propio maestro aprende de él cuando le enseña.
Démonos cuenta de lo paradójico que es que un docente esté desencantado en su tarea educativa: ¡si lo suyo es un anhelo para educar! Un docente podrá poseer más o menos conocimientos en referencia a su área de especialización, pero si no siente ese anhelo en lo más profundo de su corazón, si no vibra cuando transmite a los alumnos dicho conocimiento, su esencia como docente queda en entredicho. Lo suyo de un docente es el entusiasmo, no un entusiasmo ingenuo y facilón, sino realista y con los pies en el suelo; pero entusiasmo. Esta dimensión realista y con los pies en el suelo del entusiasmo es fundamental; es fácil crearnos castillos (educativos) en el aire que se desmoronan ante cualquier viento que arrecie en contra, originado por la realidad de las cosas y de las personas. No es difícil que nos imaginemos impartiendo exitosamente nuestras clases ante alumnos admirados; seguramente será entonces cuando suene el despertador para levantarnos por la mañana.
Ese entusiasmo realista no es fácil adquirirlo: hay que cuidarlo, alimentarlo día a día, y eso ni es fácil (cada uno tiene sus momentos) ni nos lo ponen fácil (las dinámicas sociales se suelen caracterizar más por su carácter antipedagógico que por el pedagógico). El docente tiene que ser una persona más o menos equilibrada a nivel personal y más o menos formada a nivel profesional y pedagógico, y debe saber dónde está, es decir, debe poder identificar los enemigos de la buena educación que están muy presentes en el contexto sociocultural contemporáneo: los contenidos audiovisuales que se consumen por doquier con valores muy poco educativos (películas, series, programas, publicidad), las disfuncionalidades educativas (y existenciales) que se viven en las familias (sobreprotección, violencia, trastornos de distinta índole, abandonos, orfandad afectiva), las RRSS y las nuevas tecnologías (que dificultan la atención y las relaciones personales, y propician trastornos cognitivos y afectivos). No es difícil observar (de hecho, es el modelo de muchos) la admiración que nace en nuestros jóvenes (y no tan jóvenes) ante esa gente que se ¿enriquece? por los motivos más estrambóticos, la mayoría groseros, lindando incluso con la mala educación o con la barbarie; prima el objetivo de ganar mucho con poco, de triunfar sin esfuerzo, sin importar nada ni nadie. El otro no existe, salvo que interese su existencia para los objetivos de uno: no hay capacidad de reflexión, de argumentación, de diálogo, de encuentro. El buen docente es consciente de todo ello, pero no sólo de ello; porque el docente considera que, a pesar de ello, sus alumnos no están perdidos, que valen la pena, que se pueden cambiar las cosas, que la sociedad puede dar mucho más de sí, puede dar la vuelta a las cosas, o por lo menos contribuir siquiera un poco. Si uno es buen observador, comienzan a aflorar muchas más experiencias nobles de las que uno pudiera imaginar.
Junto con el trigo aparece la cizaña, junto a lo bueno de las personas también hay circunstancias menos buenas, y tan irresponsable sería olvidar las unas como las otras. Solemos quedarnos antes con lo malo que con lo bueno: desdichada condición humana. Entre esas dos aguas se mueve todo docente, y también todo alumno; lo cierto es que toda la sociedad, todas las personas. Si a alguien le compete luchar por mejorar ese equilibrio inestable, es ―a mi modo de ver― al maestro. Supongo que ello competerá a todo miembro de la sociedad, pero la responsabilidad del educador (familiar en primera instancia, institucional en segunda) creo que es especialmente relevante, dada su profesión específica. Sería más que oportuno que todo profesional asumiera este reto sobre sus espaldas, dado el carácter del ‘objeto de trabajo’ del docente; y a una con ello su sensibilidad en este sentido, así como su responsabilidad. A pesar de que la sociedad no se lo acabe de reconocer, e incluso valore todo lo contrario.
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