21 de octubre de 2025

El tránsito al helenismo de la concepción arcaica de la poesía y la música (y II)

Ya vimos cómo, en el tránsito de la época griega clásica al helenismo se produjo un fenómeno bidireccional, en virtud del cual la poesía y la música se aproximaron a las artes en general, y éstas a su vez se 'elevaron' de alguna manera al plano que hasta entonces había estado ocupado únicamente por aquéllas. Se puede decir que en la época mítica, había dos planos: el cotidiano, el del arte en sentido lato, y el espiritual, el de la poesía y la música. Este esquema, a una con el nacimiento de la filosofía, comenzó a ponerse en entredicho, a modo de una ilustración a la griega. El acceso a lo divino ya no era privilegio de los poetas y los músicos, sino que también era posible hacerlo desde la razón, desde la filosofía, y por tanto también desde la téchne: del mismo modo que la filosofía podía acceder a aquel ámbito reservado para los vates, también el arte podía hacer lo propio. Dejó de haber un mundo mítico, sustituyendo el acceso poético a lo metafísico por uno filosófico, pero también por otro artístico, lo que a la postre supuso un giro fundamental: la escultura o la pintura podían poseer también esa sabiduría tradicionalmente adscrita a la poesía. Los poetas y los artistas comenzaron a considerarse al mismo nivel. Postura que, si bien fue generalizada, no dejó de encontrar algunas resistencias.

Ello supuso un cambio generalizado también en la valoración del artista, cuyo trabajo ya no era meramente rutinario o manual, sino espiritual; era también creativo, inspirado, capaz de llegar hasta la esencia del ser. La opinión sobre el arte se transformó radicalmente, al dotarle de características que no tenía en el origen, capacitándole para acceder a lo metafísico y divino.

Plotino jugó un gran papel en la adquisición por parte del arte de esa dimensión interna y espiritual, proceso en virtud del cual la función mimética perdió vigor. O mejor, la resituó, pues las Ideas, inspiradoras de lo real, no tenían su fundamento en sí mismas sino que se debían al Uno-Bien, cima suprema del cosmos plotiniano, y a cuya luz había que contemplarlas. El talento del artista para tales menesteres comenzó a ser más valorado, así como el del propio arte, formando parte de la educación de la juventud. Dice Tatarkiewicz: «La poesía y el arte visual se pensaban que estaban ahora a un mismo nivel, y no coincidían sólo en el nivel más ínfimo de la técnica (como en Aristóteles), sino en el superior de la creatividad». La imaginación artística se enfrentó al respeto al canon técnico.

2 comentarios:

  1. Interesantísimo el post sobre una cuestión que, tantos siglos después, sigue plenamente viva y que a mí me apasiona. La técnica, los patrones, es lo que se puede objetivar, reproducir, enseñar, como prueban los asombrosos resultados de los algoritmos que producen música, imágenes y textos cada día más indistinguibles de los humanos. Eso lleva a la postura más popular hoy día, digamos reduccionista, que diría que no somos más que máquinas biológicas, análogas a los ordenadores. Por otro lado estaría la inspiración, lo espiritual, lo incomunicable. No son los mejores tiempos para lo espiritual, lo que lleva sus defensores más extremos a afirmar que eso, lo espiritual, sería lo auténticamente humano, con menosprecio de la dimensión objetiva, técnica, corporal. Habría un abismo entre ambas concepciones extremas (las caricaturizo, por supuesto). Más sensata me parece la postura de personalistas como Mounier, cuya reflexión sobre la técnica me sigue pareciendo modélica: “Por la técnica, el hombre objetiva su actividad y se objetiva a sí mismo, lo mismo que sucede con el Derecho, con el Estado, con las instituciones, con el conocimiento científico y con el lenguaje. Tales mediaciones son los medios de existencia necesarios para un espíritu que vive en medio del mundo. Donde hay mediación, la alienación acecha. Y acecha tanto al cristiano en su Iglesia como al intelectual con sus documentos; tanto al obrero en su fábrica como al consumidor de confort. Hay sociedades en las que la técnica petrificará como las hay en que el derecho, la teología o el poder han inmovilizado. Vigilar la propensión a la alienación no implica rechazar la mediación. O hay que renunciar a la condición humana, al lenguaje, al movimiento, y convertirse en el molusco incrustado en la roca. Es muy fácil gritar en nombre de la persona humana contra todas las formas de despersonalización. Pero el hombre no se forma ni en la subjetividad pura, ni en la pura objetividad. Lo impersonal le es indispensable a la vez como soporte de sus comunicaciones con el exterior y para reforzar su propia estabilidad amenazada de sutileza subjetiva” (“Juicio a la máquina”). Un saludo.

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    1. Estimado José Manuel, muchas gracias por tu aportación, que es sumamente interesante. Esa doble dimensión subjetiva-objetiva de lo humano, y que debe mantenerse en equilibrio para evitar el solipsismo o la alienación, creo que puede dar mucho de sí, además de ser muy pertinente y real, en mi opinión. Como muy bien dices, no son muy buenos tiempos para lo espiritual, pero el caso es que no es algo opcional: somos seres espirituales (en sentido amplio) y no podemos no serlo; el hecho de cercenar de cuajo esa posibilidad, creo que nos lleva necesariamente a la alienación. Quizá nos estemos dirigiendo hacia ahí. Muchas gracias de nuevo. Un saludo.

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