El hecho de afirmar la existencia real de las cosas allende su presencia en la mente se debe ―en opinión de Berkeley― al abuso de la abstracción: «¿puede haber más flagrante abuso de la abstracción que el distinguir entre la existencia de los objetos sensibles y el que sean percibidos, concibiéndolos existentes sin ser percibidos?» (§5). ¿Cómo es posible separar la existencia de las cosas en sí mismas, allende la noticia sensible que podamos tener de ellas? ¿Cómo es posible separar las cosas de su propia percepción?

El punto de partida de Berkeley es que la noticia que tenemos de los objetos es a base de sensaciones e impresiones sobre nuestros sentidos, generándose así las ideas, etc. Y se pregunta: «¿Y será posible separar, ni aun en el pensamiento, ninguna de estas cosas de su propia percepción?» (§5). Lo cierto es que podemos, con nuestra imaginación, concebir por separado cosas que sensiblemente no hemos percibido así. Podemos concebir, por ejemplo, el olor de una rosa sin tenerla presente. Pero esto no es sino una abstracción, porque sin la presencia de la rosa, difícilmente podremos olerla.
La abstracción se puede corresponder bien con cosas que hemos percibido antes pero ahora no (el olor de la rosa) bien con cosas que nunca hemos percibido (un canguro verde). Toda imaginación lo que hace es combinar cosas de la que de alguna manera ya hemos tenido noticia sensible; no podemos imaginarnos nada que no se construya a partir de las cosas que ya hemos percibido. Pero el poder de la abstracción no va más allá. Entiendo, pues, que para Berkeley hay una diferencia entre la noticia mental producto de una abstracción, y la noticia mental producto de una percepción. Aquí Berkeley juega con dos tipos de ideas: las que hemos ‘percibido’ de una determinada manera ‘impuesta’ por la cosa que hemos percibido, y las que hemos ‘construido’ con nuestra abstracción imaginativa jugando con aquéllas. Las primeras se nos imponen, no podemos manejarlas a nuestra voluntad; las segundas dependen de nuestra imaginación, y sí que las podemos manejar. Y son distinguibles unas de otras. Pero de ambas ideas tenemos noticia, ambas tienen presencia en nuestra mente: tanto la de la rosa, como la del canguro verde, pero no de la misma manera: unas se nos imponen, y las otras no. Las segundas las manejamos a nuestro antojo, aunque dependamos de lo percibido previamente como elementos sobre los que ejercer la imaginación, mientras que las primeras son como son, y nos dicen cómo son las cosas.
El caso es que no nos es posible ver o sentir ninguna cosa sin poseer una sensación actual de ella; y, en continuidad con ello, no es posible tener presencia mental de un objeto diferente a la percepción o sensación del mismo. Dice: «así como es imposible ver o sentir ninguna cosa sin la actual sensación de ella, de igual modo es imposible concebir en el pensamiento un ser u objeto distinto de la sensación o percepción del mismo» (§5).
Todo lo que vemos y sentimos son impresiones sobre nuestros sentidos que se hacen presentes en nuestra mente, y las cosas no se pueden separar de su percepción, pues son de alguna manera lo que percibimos de ellas. De aquí concluye Berkeley su famosa aseveración. Si no se puede asegurar la existencia real de lo abstraído, sólo cabe concluir que la existencia real de los cuerpos se da en tanto que son percibidos, es decir, ‘sólo tienen sustancia en una mente’: «su ser (esse) consiste en que sean percibidos o conocidos» (§6). Es decir: ‘ser es ser percibido’. De hecho, nos reta a que tratemos de distinguir en nuestro pensamiento el ser de una cosa sensible de la percepción de ella.
Pero la abstracción puede ir también en otro sentido, a la luz de un diálogo crítico que Berkeley realiza con la tradición clásica. Según ésta —cuyo paradigma puede ser muy bien Aristóteles— las cosas naturales están formadas por sustancias y accidentes. Los segundos no pueden existir por sí mismos, necesitan a la sustancia, pero son perceptibles sensiblemente; la sustancia, por el contrario, es lo que constituye la esencia de la cosa pero no es sensible, sino inteligible. Pues bien, para Berkeley la existencia de la sustancia no era defendible, era un abuso de la abstracción: afirmar que había algo así como una sustancia que era el soporte de los accidentes (sensibles) era una abstracción injustificada (García Nuño, 2025: 214). La sustancia no es perceptible, sino de lo único que podemos tener noticia de la cosa es de sus accidentes, de sus cualidades sensibles. Así, cuando Berkeley afirma que ‘ser es ser percibido’ nos está queriendo decir —así lo entiendo yo— que no hay más cosa que aquello que nuestra percepción sensible nos ofrece; no hay una sustancia, sólo hay cualidades, accidentes. Cuando habla de la ‘materia de los filósofos’ en distintas partes del libro, se refiere precisamente a esto: a la sustancia.
Esto nos lleva a un problema muy interesante, que Berkeley tratará de resolver ‘a la cartesiana’, es decir, apelando a Dios, como veremos. El problema es que, si bien en el esquema clásico era la sustancia la que daba ‘consistencia’ a la cosa, de modo que los accidentes le dotaban de ciertas cualidades a algo que ya existía, en el esquema de Berkeley, al considerar que sólo existían los accidentes, estos se encontraban, por decirlo así, como montados sobre sí mismos, sin un soporte (la sustancia) que les diera fundamento. Berkeley postulaba que la cosa era lo sensible, lo perceptible sensiblemente, pero el caso es que ahora esa cosa aparecía intelectualmente como hueca, como vacía por dentro, al no poseer sustancia, tal y como le reprocha Hilas en el tercero de sus diálogos: «¡Cosas! Podrás pretender lo que quieras; pero es cierto que no nos dejas nada sino las formas vacías de las cosas, la parte exterior sólo que afecta a lo sentidos». Si el fundamento de la cosa ya no era la sustancia, ¿cuál era? Por aquí pasa el recurso a Dios, como veremos más adelante. Lo cierto es que, seguramente sin saberlo, Berkeley estaba apunando hacia la concepción sistémica de la realidad, sólo que en su marco mental esta posibilidad no podía caber. De hecho afirma a continuación Filonús que lo que Hilas llamaba ‘las formas vacías y la parte exterior de las cosas’ no eran sino las cosas mismas.
YO TE PIENSO LUEGO EXISTES
ResponderEliminarBueno, creo que Berkeley no lo decía en el sentido en que creo que lo dices tú, pero no por ello es menos cierto. Claro que sí. Un saludo.
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