Hemos visto algunas teorías infructuosas para dar razón de la diversidad de especies sobre la Tierra. A pesar de su resultado, no se puede negar el mérito de estos autores dado que, gracias a su trabajo, la biología comenzó a caminar hacia un enfoque científico, en el seno del cual empezaron a ser objeto de observación las diferencias específicas en la naturaleza desde todos los puntos de vista posibles en la época. En el fondo, retomaron un testigo que les había dejado Aristóteles muchos siglos antes; que su propuesta no fuera exitosa es el menor de los problemas, el mínimo precio a pagar por su gran aportación, a saber: su contribución al nacimiento de la ciencia biológica contemporánea. Ellos supusieron el espaldarazo para que, desde la segunda mitad del siglo XIX primeras décadas del XX, desde los trabajos de Darwin hasta la recuperación por parte de Correns, de Vries y Tschermak de los trabajos de Mendel, y de su aplicación a los animales por Bateson y Cuénot, empezara a estudiarse la evolución desde una perspectiva dirigida hacia los procesos genéticos en el ámbito celular, cuya consolidación puede situarse en los primeros mapas cromosómicos definidos por Metz y Sturtevant (Hogben, 1947: 121).
En mi opinión no es justo pensar que en el origen de todo ello estuvo la teoría de la evolución darwiniana, sino, más bien ―como digo― todos aquellos autores que, previamente a Darwin, habían propiciado dicho giro en el estudio biológico de la naturaleza. De modo que para formarse una idea adecuada de las bondades y de los límites de la teoría de la evolución darwiniana, sería interesante hacerse un eco de ello.
| Arcimboldo, G.; "El bibliotecario" (1564) |
Por ejemplo, el concepto de especie, definido de modo científico por primera vez en 1700 por el zoólogo inglés John Ray, en los siguientes términos: «conjunto de individuos que se reproducen entre sí y tienen descendencia idéntica», y que se fue consolidando por esta época. Este concepto era fiel al conocido como principio de la unidad de tipo, en virtud del cual se trataba de agrupar a los animales según el criterio de anatomía comparada, identificando semejanzas y diferencias observables a simple vista. Este concepto fue fundamental en el trabajo de clasificación del famoso Linneo (1707-1778). Es fácil observar que un perro se parece a su padre y a su madre más que a cualquier gato; y que los gatos y los perros se parecen más entre sí que a un pez, o a un pájaro. De esta manera, los animales se podían agrupar según el grado de semejanza de aquellas propiedades compartidas y transmitidas hereditariamente. Partiendo de aquí escribió su famoso Systema naturae (1757), un importante paso que dio comienzo a grandes trabajos e investigaciones anatómicas dirigidos a perfeccionar las clasificaciones de esta índole. Démonos cuenta de que el criterio de clasificación era la afinidad o semejanza entre individuos o especies, no entrando todavía en escena la idea de parentesco evolutivo o genealógico.
La verdad es que esta época debió ser apasionante en este sentido. Los biólogos comenzaron a ser conscientes de los cientos y cientos de especies que había a su alrededor, tanto de animales como de plantas; a las que habría que añadir todas aquellas nuevas especies que se iban trayendo a Europa de los lugares más recónditos del planeta. Los científicos se sorprendían cada vez más de la inmensa riqueza de la vida, y el gran reto plateado fue su clasificación, la cual se fundamentó en lo ya conocido. Los criterios iniciales para emparentar las especies eran un tanto arbitrarios, determinados por acuerdos generales comúnmente apreciables, ciertamente según principios poco científicos (como si eran salvajes o domésticos, terrestres o acuáticos, grandes o pequeños, etc.), hasta que Linneo comenzó a establecer la clasificación en torno a sus atributos físicos. No se puede negar el gran servicio que ha prestado Linneo a la clasificación y a la nomenclatura de los seres vivos. Ciertamente él no fue el primero en emplear dos términos para designar a las especies, pero sí que fue el primero en sentar científicamente dicha nomenclatura binomial en una publicación menor, anterior a su obra estrella, a saber: Species plantarum, de 1753.
Linneo fue un estudiante poco aplicado, poniéndole su padre a trabajar como aprendiz en una zapatería; el joven Linneo se replanteó su vida, volviendo a los estudios con un éxito que le llevó a conseguir sucesivas distinciones académicas. Estudió medicina, aunque no tardó en dirigirse hacia el estudio de la naturaleza, su verdadera pasión. La idea germinal de su método clasificatorio la tuvo muy pronto, en torno a los 30, cuando comenzó a elaborar catálogos de las especies vegetales y animales que iba conociendo; su fama aumentó paulatinamente. La primera edición de su Systema naturae, que databa de 1735 contaba con tan sólo catorce páginas; en la decimosegunda, última de Linneo en vida, la de 1757, contaba con más de dos mil. No faltaron otros autores en proponer también clasificaciones, pero las de Linneo fueron las más coherentes, ordenadas y sencillas, por lo que acabaron imponiéndose. Lo cual no quiere decir que no hubiera errores, que sí que los había; aunque también había aciertos notables, como incluir a las ballenas en el grupo de los mamíferos (algo que nadie había hecho antes).
Este trabajo se circunscribía inicialmente al ámbito de los seres vivos (plantas y animales) de tamaño cotidiano, pero con la llegada de Redi, Spallanzani y sobre todo Pasteur a mitad del siglo XIX y la aparición del nuevo mundo de los microorganismos, se trató de extenderlo al ámbito de estos. Ello supuso un gran paso, dado que, en esta época, se pensaba que su origen era muy distinto: estaba presente en el imaginario colectivo el principio de generación espontánea, de corte aristotélico, en virtud del cual los seres vivos podían surgir de modo natural de la materia inanimada; incluso en estaba presente la idea de que las ratas provenían de la putrefacción (siguiendo la creencia aristotélica). Ciertamente, la sombra del pensamiento aristotélico fue muy alargada, extendiéndose durante muchos siglos, y era necesario que fuese iluminada para poder vislumbrar nuevos modos de enfrentarse a los fenómenos biológicos: el pensamiento de Linneo fue un gran paso en este sentido, aunque su teoría fijista no tuviera demasiada fortuna. Gracias a todo este giro, el principio de generación espontánea fue sustituido por el principio de la biogénesis, según el cual se reconoce que «animales y plantas surgen sólo, según nos dice la observación inmediata, de otros animales y plantas mediante el proceso de la reproducción», en palabras de Hogben.
A partir de este momento, pronto se observó que los criterios de clasificación que eran válidos para los animales de escala similar a la humana, no lo eran para los microorganismos, y se comenzaron a estudiar nuevos criterios de clasificación: ya no tanto por los parecidos anatómicos como por su origen, por los procesos mediante los cuales los animales se reproducían. Recordemos que un siglo antes, el holandés Leeuwenhoek fue el primero que logró ver gracias al microscopio los espermatozoides en el líquido espermático, sin saber muy bien cuál era su función; un siglo más tarde, el abad Spallanzani logró mostrar experimentalmente su papel fecundante; y no fue hasta 1879 que Hertwig y Fol descubrieron que la fecundación no se debía a todos los espermatozoides, sino a uno sólo de ellos (resultado que obtuvieron de su investigación en los erizos de mar, pero que enseguida se aplicó al resto de especies animales). El cambio de paradigma estaba en plena efervescencia.
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