28 de abril de 2026

El ADN de cada individuo es seguramente único (o casi)

Hay un fenómeno que se observa en la naturaleza, especialmente en la materia viva, y que no deja de llamar la atención. Me refiero al hecho de que, para que se constituyan moléculas complejas, se parta de moléculas sencillas, y no de los componentes de estas últimas. Los componentes de una estructura de nivel superior son las estructuras del nivel inferior, y no los componentes de estas estructuras más sencillas. Esto implica que la estructura compleja no se forma a partir de los ladrillos simples de la materia, sino de estructuras intermedias. Entre esas grandes moléculas, de las que hay muchísimos tipos diferentes, hay algunas que se constituyen formando largas cadenas y que —como digo— serán los elementos de la futura integración. Los ácidos nucleicos son de este tipo.

Pensemos que queremos realizar un collar de cuentas, a partir de cuatro cuentas de diferentes colores. ¿Cuántos collares diferentes de una cuenta podríamos formar? Pues uno por cada tipo de cuenta, es decir, 4. ¿Y de dos cuentas? Pues si la primera cuenta es de un color, la segunda podrá ser de cualquiera de los cuatro colores que hay; esto, para cada uno de los cuatro colores, nos dará 4² posibilidades, es decir, 16. ¿Y de tres? Por el mismo razonamiento habrá 4³ posibilidades, es decir, 64. Conforme vamos aumentando las cuentas del collar, las posibles combinaciones aumentan exponencialmente. Si quisiéramos hacer un collar de cien cuentas, habría 4¹ºº posibles combinaciones, es decir, 1’6·10⁶⁰. Una cifra exorbitante. Como dice Bresch, si toda la humanidad se dedicara durante milenios a formar collares de cien cuentas escogidas al azar, habría mucha probabilidad de que no hicieran dos collares iguales. ¿Por qué digo todo esto? Porque algo de ello tiene que ver con los ácidos nucleicos, también con las proteínas.

Las ‘cuentas’ de los ácidos nucleicos son los nucleótidos, que son cuatro: adenina, timina, guanina y citosina, cada uno de los cuales es ya una molécula bastante compleja. Se dividen en dos partes: una inferior, comunes a todos los nucleótidos, y que es la que se encarga de ir uniendo las cuentas unas con otras: está formada por un azúcar y un grupo fosfato; y otra superior, que permite también enlaces, pero de otro tipo, y que es la que especifica a cada uno de los cuatro nucleótidos. Son los enlaces de estas partes superiores las que dan lugar a la gran diversidad de cadenas nucleicas.

Como es sabido, el ADN es el portador de la información genética de todos los seres vivos. El orden que siguen los nucleótidos en él no es ni caótico ni fortuito, algo que, cuando se descubrió fue un paso hacia la comprensión biológica de la vida. Se trata de una disposición con dependencias externas e interrelaciones entre sus componentes. Las partes superiores están configuradas de tal manera que se pueden enlazar dos a dos, formando parejas, a modo de peldaños de una escalera. Estos enlaces son débiles, pero como son muchos, dotan de estabilidad a la molécula siempre que sea lo suficientemente larga. Para que se pueda formar esta escalera (la famosa doble hélice) es necesario que las secuencias de los elementos básicos en cada uno de los dos bastidores se organicen adecuadamente. ¿Cuándo ocurre esto? Pues cuando enfrente de la adenina esté la timina, y de la guanina la citosina. La idea básica es que cada una de las cuatro bases (A, T, G y C) sólo se puede enlazar a una del resto, pero no a cualquiera, formando parejas: A-T, G-C.

Este ‘collar’ que es la doble hélice está formado por cuatro tipo de ‘cuentas’ o nucleótidos, pero tiene muchas más cuentas que las cien que habíamos previsto para nuestro collar. En concreto, tiene en torno a tres mil millones. Si elevamos cuatro a esa potencia, es inimaginable la cantidad de combinaciones a que pueden dar lugar. Una locura. La probabilidad de que dos individuos posean exactamente el mismo código genético es prácticamente despreciable.

21 de abril de 2026

La antigua filosofía de la naturaleza y la ciencia moderna

La ciencia moderna deriva de alguna manera de la filosofía de la naturaleza de los griegos, la cual tuvo su origen en el seno de un grupo de pensadores denominados presocráticos, por ser previos al gran Sócrates, lo que los sitúa entre los siglos VII a V a. de C. Pero esto no es del todo cierto, pues los últimos filósofos presocráticos fueron contemporáneos a él, aunque se engloban en este grupo por coincidir en el tema y en el carácter de su especulación. Estos pensadores —justo es decirlo— son parte de ese gran movimiento cultural que se da en la Grecia antigua, y que la caracteriza. Esta época sucedió a la anterior, la t    radición poética propia de las sociedades heroicas, en la que encontraron un apoyo firme para poder avanzar. No sólo en el ámbito de la filosofía, sino que hubo prohombres presentes en distintos ámbitos, sobre todo en el del arte y en el de la política; gracias a todos ellos, Grecia adquirió ese estatus singular y primordial que provocaría que su influencia en Europa durante los siglos sucesivos fuera básica y radical, mucho más de lo que ellos nunca fueron conscientes, evidentemente.

El pensamiento de los primeros filósofos no deja de tener cierta aura de misticismo, en el sentido de que, al ser cronológicamente los primeros, puente entre el pensamiento prefilosófico (sin menospreciarlo, ni mucho menos) y el estrictamente filosófico, se sitúan en un marco mental muy diferente al nuestro, y en el que no es fácil situarse. No faltan quienes sitúan en sus intuiciones barruntos de conceptos físicos contemporáneos, algo que, si bien es verdad, no es toda la verdad. Digo esto en el sentido de que realizar extrapolaciones rápidas de este tipo puede llevarnos a engaño, y no comprender bien qué es lo que ellos pensaban, si es que esto podemos llegar a averiguarlo alguna vez. Hacernos con su marco mental, todavía muy próximo al de las tradiciones heroicas de los poetas y sus cosmogonías repletas de personajes divinos y semidivinos, de historias de carácter mítico, es muy complicado. Pero creo que es un esfuerzo interesante, porque nos ayuda no sólo a pensar los grandes interrogantes que podamos tener en este ámbito, sino también porque sus postulados no están tan lejos de los nuestros.

Nos equivocaríamos si redujéramos sus teorías a meras especulaciones, sin respaldo empírico. Claro que lo que ellos decían tenía un respaldo empírico, aunque en un marco mental diverso al nuestro. Y con ello no debemos pensar que nuestros conceptos son claros, con una evidencia empírica fuera de toda duda: la historia de la ciencia habla por sí misma, una historia que se parece más a un tanteo que a un camino seguro.

Los primeros filósofos seguirán, salvo excepciones como la de Heráclito, el ejemplo de los poetas itinerantes. Serán capaces de abandonar sus posesiones, sus medios de vida, en orden a vivir para su inquietud intelectual, no dudando en viajar allí donde sus ansias de aprender los llevara. También es cierto que serán presiones de otro tipo las que a veces los obligaban a abandonar su ciudad natal, como por ejemplo la presión persa en la Jonia, que provocó la expatriación de filósofos y poetas, y facilitó por otro lado el conocimiento de sus teorías más al occidente. De un modo u otro, el caso es que el impulso intelectual de estos filósofos, que nació al otro lado del Egeo en las colonias de Asia Menor, se difundió por todo lo que entonces era Grecia, especialmente en Atenas, Sicilia y sur de Italia.

¿Y cuál es el tema central de esta especulación? Su preocupación fundamental fue el origen de la naturaleza, de todo lo que existe; pero no sólo su origen, sino también por lo que es, por cómo están hechos los entes que en ella existen. Ellos fueron los primeros en percatarse de que, ante la visión natural de la realidad, no todo lo que pensaban que era existente lo era; se percataron de que había cosas que aparentaban existir, más no existían en realidad. Observaban también que unas venían a la existencia, y que otras desaparecían: ¿de dónde venían?, ¿cómo llegaban a la existencia?, y ¿a dónde iban?, ¿qué pasaba cuando dejaban de existir?

Y en este sentido encaminaron sus esfuerzos: hacia un discernimiento entre lo que existe de veras y lo que no, y en base a qué se puede determinar que eso efectivamente existe. Cuando uno se aproxima primeramente a ello, puede pensar que es de fácil respuesta; nada más lejos de la realidad. Precisamente por ello surgió esta cuestión, este problema: si hubiera estado tan claro, no se hubiera constituido en problema; ese ‘no estar tan claro’, el plantearse este problema es el mejor indicador de que se había superado esa visión natural de la realidad, para la cual todo era obvio. Así, el primer esfuerzo filosófico pasó por aquí. No se piense que esto fue problemático para ellos porque vivieron hace muchos años y claro, entonces no sabían lo que ya sabemos ahora; es cierto que ahora sabemos muchas más cosas que entonces, pero en absoluto tenemos respuestas a las cuestiones fundamentales que ellos plantearon. Y no pocas ideas que ellos barajaron, siguen estando perfectamente activas hoy en día. Quizá no sea una mala idea dialogar con ellos.

14 de abril de 2026

La utilidad gráfica de un ciclo térmico

Estuvimos viendo cómo, aplicando la ley de Charles, podíamos emplear energía calorífica para generar un trabajo, pudiendo emplearlo para distintos fines, como para mover las ruedas de un tren. La energía calorífica generaba un trabajo elevando la tapa (un pistón) y aumentando su energía potencial la cual; dejada caer la tapa, disminuía dicha energía, generando un trabajo que podía ser empleado para distintos fines. Lo interesante es que esto no sólo ocurra una vez, sino que ocurra muchas veces, repetitivamente, cíclicamente. Para comprender qué es lo que ocurre en un ciclo es frecuente emplear diagramas, en los cuales aparezcan expresados los distintos estadios que se dan en la evolución del sistema. Con esto tienen que ver los famosos ciclos de Carnot, que veremos más adelante. Hoy vamos a tratar de aproximarnos a ello, representando en ejes de coordenadas los distintos estados, así como los tránsitos de unos a otros. De lo que se trata es de comprender cómo evoluciona el sistema, para lo cual la capacidad para leer los diagramas es más que beneficiosa. Se suele representar el volumen en las abscisas, y la presión en las ordenadas.

El ejemplo que vimos se trataba de un ejemplo sencillo, en el que la presión era constante, por lo que el diagrama se va a simplificar mucho, reduciéndose a una línea horizontal. ¿Por qué no ponemos en los ejes de coordenadas las dos magnitudes que varían en nuestro caso, el volumen y la temperatura? Lo normal es que la presión varíe, algo que acometeremos también enseguida; y lo cierto es que, para el estudio de la termodinámica, es más interesante observar la relación presión-volumen (enseguida veremos por qué), por lo que cuanto antes nos familiaricemos con ello mejor. Vamos a nuestro caso. Partimos de un estado inicial (1), en el que tenemos un volumen de un determinado gas V₁ a una T₁, y sometido a una presión P (que era igual a la resultante de sumar la ejercida por la tapa más la atmosférica), y que se mantiene constante, es decir, siempre va a seguir siendo P, no va a variar.

¿Qué es lo que ocurre a continuación? Pues que, al aumentar la temperatura a T₂, también aumenta el volumen del gas (a V₂) subiendo la tapa, y manteniéndose la presión constante —como sabemos—, pues recordemos que se trata de un proceso isobárico, en el que la tapa está sencillamente dejada caer. ¿Por qué decía que es interesante representar estos procesos en diagramas presión-volumen? Pues porque, de un modo intuitivo (aunque se pueda calcular también gráficamente) se puede saber enseguida cuál es el trabajo realizado en el proceso, que no es otro que el representado por el área encerrada por el rectángulo dibujado por el segmento que uno los puntos 1 y 2 y su proyección en el eje de abscisas. Esto es muy interesante, porque, una vez dibujados distintos ciclos, se puede ver de modo muy intuitivo cuál de ellos realiza más o menos trabajo.


Y esto, ¿por qué es así?, ¿por qué ese rectángulo nos da la magnitud del trabajo generado? La explicación es muy sencilla. Decíamos que el trabajo generado tenía que ver con el desplazamiento de la tapa hacia arriba una determinada altura, en virtud de la cual se alcanzaba ese incremento de energía potencial. Lo cierto es que, para calcular el trabajo generado, se puede hacer tanto a partir de la variación de energía del sistema como por el efecto de las fuerzas aplicadas: son dos modos de decir lo mismo, por decirlo así. En función de lo que sea más fácil, se puede emplear un procedimiento o el otro. Por lo que a nosotros compete, nos interesa aquí el segundo, en virtud del cual se define trabajo como el producto de una fuerza por el desplazamiento obtenido: W = F·d; y se mide en julios (J), que se define como el trabajo realizado por una fuerza de 1 newton para desplazar un objeto 1 metro: J = N·m.

Es fácil de ver que el gas, al calentarse, ha ejercido una fuerza hacia arriba a la tapa, motivo por el cual ha subido una determinada altura. Decíamos que el gas estaba inicialmente a una presión P, que era causada por la presión atmosférica y por el peso de la tapa (el cual no deja de ser una fuerza, el peso digo, la cual, dividida por la superficie de la tapa, nos daba la presión que ejercía). En este caso, sabida la presión P del gas, si queremos calcular la fuerza F ejercida habrá que multiplicarla por la superficie de la tapa: F = P·Stapa. En virtud de esa fuerza, la tapa ha ascendido una determinada altura, que se corresponde con el aumento de volumen del gas, el cual será igual al producto de la superficie de la tapa por la altura elevada de 1 a 2 (tal y como se calcula el volumen de un cilindro, o de cualquier prisma): ΔV = Stapa·h. De este modo tenemos que la distancia vertical que asciende la tapa, la altura, es igual al cociente entre el volumen obtenido y su superficie: h = ΔV/Stapa.

Como decíamos que el trabajo es igual a la fuerza realizada por el desplazamiento del objeto (la altura que ha subido la tapa), tenemos que: W = F·d = P·Stapa · ΔV/Stapa = P· ΔV. Este resultado, si volvemos al diagrama, equivale precisamente al cálculo del rectángulo sombreado, cuyo lado horizontal es ΔV = V₂₁ - V, y el vertical P. Algo que, por otro lado, nos indica una idea interesante, como es que, a efectos del trabajo realizado, no importa el tamaño de la superficie de la tapa, porque como la fuerza ejercida es proporcional a ella y el aumento de altura inversamente proporcional, se compensa y queda el trabajo únicamente en función del valor de la presión y del aumento de volumen.

Como dice Gómez Esteban (autor en el que me estoy inspirando) «el trabajo de expansión de un gas en un proceso isobárico es igual a la presión multiplicada por el aumento de volumen», algo que se observa perfectamente en el diagrama en cuestión. Cualquier otro caso, por ejemplo, que hubiera que subir la tapa una altura doble, la superficie de dicho rectángulo sería doble, del mismo modo que el trabajo a realizar también sería doble, pues habría que aplicar la misma fuerza durante el doble de altura. Y lo mismo valdría para el caso en que la presión no fuera constante: si bien cálcularlo matemáticamente, siendo posible, sería más engorroso al tener que emplear ecuaciones diferenciales, gráficamente es mucho más intutivo.

El mismo diagrama podría servirnos en el caso contrario, es decir, en vez de ir de 1 a 2, comenzar en 2 e ir a 1: en este caso el gas no ‘realiza’ un trabajo sino que lo ‘recibe’, convirtiéndose la energía mecánica (el descenso de la tapa) en energía calorífica (calentamiento del gas). Si nos damos cuenta, acabamos de definir un ciclo: estábamos en 1, en donde un gas calentado (externamente) ejercía un trabajo al enfriarse, expandiéndose y elevando la tapa, llegando a 2; luego partimos de 2, descendiendo la tapa, comprimiendo al gas y calentándolo. En definitiva, después de estos cambios el sistema ha vuelto al punto de partida, encontrándose al final igual que estaba al principio. Esto y no otra cosa es un ciclo. Ciertamente, en la realidad son más complejos que este desplazamiento 1 – 2 – 1; pero su comprensión es análoga a lo que acabamos de hacer. De todo ello seguiremos hablando.

 

7 de abril de 2026

Crecimiento antropológico como condición de posibilidad del crecimiento espiritual: del ego al yo

Hoy en día se habla con frecuencia de la meditación, sobre todo la de corte oriental, que posee unos caracteres que la diferencian sensiblemente de la meditación occidental cristiana, más inclinada a la presencia de lo cognitivo, de lo reflexivo. La meditación oriental se aproxima más a lo que en nuestra tradición se conoce como contemplación, como oración de contemplación, la cual se considera que propicia un encuentro más elevado con lo transcendente, con Dios. Y veíamos cómo iniciarse en ella pasaba por el desarrollo y crecimiento de todo lo que somos. No se puede orar contemplativamente de cualquier manera, sino que uno debe haber madurado como persona para iniciarse en ello. De hecho, el inicio en la contemplación pasa precisamente por esto, por experienciar niveles de nuestro sí-mismo cada vez más hondos, todo lo cual nos enriquece y nos hace crecer. Conforme se va avanzando en este proceso, uno se va dando cuenta de que los efectos van más allá de lo que podía pensar o calcular: no sólo que uno recibe más de lo que pone, sino que eso que recibe desborda cualquier expectativa. Se puede decir que Dios levanta nuestro estado oracional por encima de nuestra propia naturaleza, consecuencia de lo cual nuestra perfección llega mucho más allá de lo que seríamos capaces por nuestras solas fuerzas. Para ello es menester sumergirse en la oscuridad de su luz y de su amor infusos, como dice Merton.

No se puede crecer espiritualmente si no se crece a una antropológicamente. Y, en el sentido opuesto, se podría decir que una persona no contemplativa es una persona que, antropológicamente hablando, puede dar más de sí, está en disposición de crecer más. En absoluto hay aquí un juicio de valor, pues de lo que se está hablando es de hondura existencial, de espesor vital, que es muy diferente. Lo que nos lleva al asunto de qué es crecer antropológicamente. Porque es desde una cabal comprensión antropológica, de lo que es la persona, de lo que significa existir, que nos damos cuenta de que los recursos para crecer en la oración ya están en nosotros, forman parte de nuestro modo personal de ser: tan sólo hemos de descubrirlos y aprovecharlos inteligentemente, desde la situación vital de cada cual, determinada con realismo y sinceridad. Es desde ahí —desde ‘cualquier ahí’, siempre que haya empeño y honestidad— que se puede crecer hacia una elemental disponibilidad para que el acontecimiento de gracia que es nuestro encuentro contemplativo con Dios se pueda dar.

Destaco la necesidad de que debe haber ‘empeño y honestidad’, porque no es fácil ser serios en la oración; ser curiosos, sí, pero ser serios, no. Tomar en serio a la oración supone tomarnos en serio a nosotros mismos, entrando en una dinámica teologal que, desde una sana antropología, nos abre a los misterios de Dios, más allá del marco egocentrado en que nos solemos mover. Para ello es menester trascender planteamientos personales cotidianos, en los que prima el tan manido ego, un trascender silencioso y pobre. Y esto es fundamental: para crear las condiciones del encuentro contemplativo con Dios es preciso descondicionarnos de nuestro egocentramiento.

Aunque más adelante abundaré sobre esto, vaya por delante que me parece más oportuno emplear el término egocentramiento, o egocentrado, que el de egocéntrico; no sólo por la carga semántica negativa que este último conlleva, sino porque creo que se ajusta más a la realidad. Ciertamente en toda persona egocentrada hay algo de egocentrismo, pero a los primeros les subyace una actitud —así lo creo yo— muy distinta. Muy bien se puede ser egocentrado, y encontrarse lejos de ser un ‘egocéntrico’. El egocentramiento se corresponde con un modo de vida ‘normal’, cotidiano, trajinando en el día a día con las cosas y con nuestros proyectos en la vida. Estamos nosotros y están las cosas y aquello que hacemos con ellas: tratamos de llegar a fin de mes, trabajamos con los compañeros y disfrutamos con los nuestros, tenemos nuestras formas de pensar, nuestras creencias, nuestros deseos y proyectos, etc. Prima aquí el ego, entendido como esa estructura en virtud de la cual nos relacionamos con el mundo; prima aquí el modo de ser egocentrado, el cual puede ser más o menos egoísta, egocéntrico.

En todos hay una dimensión egocentrada, en virtud de la cual solemos vivir y relacionarnos con el mundo. Es más, mientras no seamos conscientes de este modo de vida habitual y hagamos un esfuerzo consciente por profundizar en nosotros, seremos personas egocentradas, porque viviremos desde el ego, y ello por muchas cosas importantes que hagamos o por muchos pensamientos elevados que podamos tener. Desde el punto de vista espiritual, el caso es que la persona que vive egocentradamente sólo puede tener una relación con la realidad ‘de superficie’, porque no ha descendido a los niveles profundos de su ser, ni por ende a los de la misma realidad. Ya digo, es el modo de ser habitual, cotidiano, espontáneo, sintiéndonos cómodos así en el mundo: prima el pensamiento, los sentimientos, los proyectos. Esto es muy común. Pero cabe la posibilidad de que uno se haga eco de que su ser posee un espesor que con esa forma de vida queda velado: toma consciencia de que hay un ‘yo’ por debajo de su ‘ego’. La persona ‘yocentrada’ es aquella que tiene abierto ese canal de comunicación con su interior, que ‘ha despertado’ a esta dimensión suya espiritual en sentido profundo, arraigando el sentido de su vida en esta unión profunda con Dios. Con esto tiene que ver ese crecimiento antropológico al que me refería: podemos crecer en el ámbito del ego, pero también y sobre todo podemos crecer —digamos— ortogonalmente, es decir, en el ámbito del yo.

Esto es algo más difícil de lo que parece, pues nuestra cultura no ayuda demasiado. El ajetreo cotidiano, la optimización del tiempo y la eficacia, el mero vivir con los demás puede revertir en lo que Ebner definía como el ‘sueño del espíritu’. ¿Por qué? Pues porque nuestra relación con los demás se sitúa en ese nivel de superficie, impidiéndonos vivirnos en nuestra hondura, truncando de raíz la posibilidad de una relación profunda con Dios que nos despierta a la verdadera realidad.

31 de marzo de 2026

La primera batería eléctrica del mundo: la pila de Alessandro Volta

Qué duda cabe de que Alessandro Volta (1745-1827) fue una figura fundamental en la historia del electromagnetismo. Nació en la idílica ciudad italiana de Como, ejerciendo su vida científica en la universidad de Pavía. Como vimos, estuvo interesado en los trabajos de Galvani, a los que siguió de cerca. Pero pronto se distanció en lo que a la interpretación de los fenómenos descritos por su colega se refiere, dando comienzo a una discusión científica que perduró bastantes años. Siguiendo con su investigación. Galvani descubrió que, cuando se conectaban con un arco bimetálico (es decir, con un arco formado por dos metales distintos) los nervios con los músculos de las ranas muertas, estos últimos respondían activándose; él interpretó que la electricidad debía formar parte natural de los propios animales, pues, en caso contrario, no encontraba explicación al origen de esa interacción, no veía ninguna fuente de electricidad próxima que la pudiese generar. Algo que no era tan descabellado si tenemos en cuenta el descubrimiento que se realizó en aquella época de especies de peces que generaban electricidad (como el pez torpedo).

Pero Volta no pensaba así: él entendía que el origen de la electricidad no debía estar en los animales, sino en los mismos metales que componían el arco: era el propio arco la fuente de electricidad. Este giro fue fundamental. Si Galvani daba los primeros pasos de la electrofisiología, Volta hacía lo propio en el estudio de los fenómenos eléctricos en general. No sólo anticipó de algún modo el concepto de potencial eléctrico, sino que, cambiando el enfoque en la investigación, resultó su famosa pila, la primera batería química. Este invento tuvo una importancia descomunal, pues gracias a ella los científicos podían contar ya con una fuente estable de corriente eléctrica, lo que amplificó sus posibilidades de experimentación.

Volta postuló que estos dos metales debían contar con diferentes cargas debido a su naturaleza y que, puestos en contacto al ser unidos por un extremo, y al cerrarse el circuito a través de los nervios y de los fluidos de la pata de la rana, se producía esa pequeña corriente que activaba efectivamente a los músculos. Pero entendía que la corriente era generada por las distintas naturalezas de los metales, y no por el propio animal: por este motivo denominó a esa corriente generada electricidad de contacto. Volta pudo demostrar la diferencia de carga eléctrica entre ambos metales gracias a un electroscopio. Volta demostró, pues, que la corriente eléctrica que propiciaba el movimiento de la pata de la rana era un fenómeno inorgánico, no orgánico, posibilitado por la diferente carga eléctrica de los dos metales puestos en juego.

Fue a raíz de todo esto que empezó a barruntar lo que en un futuro sería su famosa pila. Trabajó poniendo en contacto metales diferentes los cuales, unidos mediante un circuito, generaban una corriente eléctrica. Fue así como fabricó en 1799 un esbozo de lo que a la postre será su pila. Acabó sumergiendo en agua salada dos varillas de cobre y cinc de modo que, cuando las unía, circulaba efectivamente por el circuito una corriente eléctrica más intensa y más duradera de lo hasta entonces conseguido, que básicamente eran unos pocos chispazos más o menos intensos. Con su pila, se podía generar corriente de modo continuado durante un tiempo asombrosamente extenso. En honor a su contrincante y amigo, Volta denominó a este fenómeno galvanismo. Y lo que hizo fue desarrollar esta idea, dando origen a lo que sería la primera pila. ¿Por qué en una solución salina? Pues porque el agua con sal es mucho mejor conductora que sin ella, tal y como se puede apreciar en este vídeo.


¿Cómo pudo saber esto Volta? La verdad es que lo desconozco, pues en absoluto estaba en condiciones de comprender estos fenómenos en lo que a su fundamentación química se refiere. Seguramente echando mano de lo que había oído o conocido de otros colegas, o quizá extrayendo conclusiones de los múltiples intentos que hubiera podido realizar ‘trasteando’ a modo de prueba y error. Esto no deja de ser algo fascinante. Me refiero al hecho de que estos auténticos pioneros de la ciencia se lanzaron a la conquista de un diáfano territorio totalmente por descubrir, intentando averiguar no se sabe muy bien qué, todo lo cual tuvo unos frutos que ni ellos mismos eran capaces de imaginar. Pero bueno, sigamos.

El caso es que, y como no podía ser menos, se le ocurrió unir varios artefactos como estos, cada uno con sus dos tiras metálicas de cinc y de cobre, conectándolos en serie. Esto fue, en definitiva, la primera batería eléctrica del mundo, construida por Volta en 1800, la cual fue capaz de suministrar una cantidad de corriente eléctrica continua más que considerable. Una batería de cuyo funcionamiento —como decía, y como es natural— Volta no estaba en condiciones de dar razón. Será gracias a estos descubrimientos que también se irá avanzando en la comprensión electroquímica de estos fenómenos, con el tiempo.

24 de marzo de 2026

La percepción de segundo nivel se estratifica

Hemos visto cómo lo estético propiamente hablando ‘comienza’ cuando uno cae en la cuenta de que junto a lo dado sensiblemente en una percepción, hay algo co-dado que lo excede, algo co-dado que, si bien de alguna manera no deja de ser sensible, lo cierto es que traspasa lo dado sensiblemente de modo primario: hablábamos de una percepción de segundo nivel, de una percepción oblicua, difusa, abierta, que es la que posibilita precisamente la experiencia estética. Vamos a tratar de aproximarnos a esa percepción de segundo nivel, puerta de entrada a lo estético, detallando en la medida de nuestras posibilidades cuál es específicamente el contenido de dicha percepción superior. Por lo pronto, parece razonable pensar que los contenidos de la percepción superior no son del tipo ‘todo o nada’, sino que pueden darse estratificados, a la vez que difusamente, a una percepción espiritual cada vez más elevada.

Esto es algo que ha solido identificarse con la idea de intuición. El asunto pasa por determinar qué es lo que se intuye en una intuición. Una interpretación clásica de esto es la de que, partiendo del dato sensible, lo que busca la percepción de segundo nivel son contenidos espirituales cada vez más abstractos, pensamientos o ideas extraídos ‘intuitivamente’ a partir del dato sensible, lo cual podría entenderse como un modo de conocimiento superior, tanto como para que se distinga del conocimiento ordinario. Se podría pensar que en lo más alto de este proceso están las esencias, intuidas por una facultad humana elevada, tal y como lo entendían los clásicos. Así, la percepción sensible estaría guiada ‘desde arriba’ por estas ideas esenciales de todo lo que conforma a los entes de la naturaleza, siendo necesario desprenderse de lo externo (reducirlo, como diría Husserl) para que se nos haga presente lo esencial. De alguna manera esto es algo que se da en la experiencia cotidiana, en la que se intuye lo que las cosas son ante su mera presencia sensible en tanto que cosas reales; a la cosa en tanto que realidad asociamos de modo intuitivo e inmediato un sentido: no vemos un cilindro de plástico alargado con una sustancia viscosa en su interior, sino que vemos un bolígrafo. De lo que se hablaría aquí es de extender este proceso hasta un ámbito metafísico, en el que lo co-dado junto a lo dado se sitúa en este nivel de profundidad, enderezado por la significatividad que posee para el sujeto. La percepción superior estaría enderezada hacia esas esencias metafísicas que están esperando ser intuidas.

También podría pensarse un proceso similar en referencia a los valores morales, valores a cuya luz situamos nuestras vidas prácticas. Estos valores vitales guían nuestra percepción de las cosas, enderezándolas desde arriba, como los anteriores, invitándonos a ver la viveza de un amanecer, la fuerza de un animal, la finalidad de la naturaleza, la elegancia de un trote, la bondad de una madre cuidando a sus crías, así como tantos otros valores: sinceridad, justicia, sacrificio, valentía, altruismo... aunque también los disvalores: egoísmo, avaricia, falsedad, engaño, etc. Cuántas figuras artísticas están percibidas a la luz de estos valores morales.

Pues bien, hay que destacar que ni los contenidos metafísicos ni los valores morales son estrictamente hablando elementos de lo estético. Ciertamente, pueden estar presentes ―y de hecho lo están― en una percepción estética como contenidos de la misma, igual que están los contenidos sensibles: son algo co-dado junto a lo dado, pero no son todo lo co-dado. Puede ocurrir ―incluso― que estos contenidos morales o metafísicos nos generen satisfacción, bien porque nos enderezan hacia lo considerado como bueno o porque nos enderezan hacia lo considerado como verdadero; pero esta satisfacción no conforma lo estético como tal, no es la auténtica fruición estética. Como digo, pueden estar presentes en la experiencia estética, mantenidos en ella, pero no constituyen su fundamento; si ese fuera el caso, la fruición dependería de elementos extraestéticos (morales o metafísicos), lo que iría en contra de su propia definición: es necesario, pues, que queden superados.

Giovanni Boldini:
"La mujer de rojo" (1916)
La fruición estética desborda por arriba, tanto lo sensible como estas otras satisfacciones extraestéticas, tales como pueden ser la gnoseológica o la práctica. Idea que está presente en Hegel, también en Kant, quien seguramente fue el primero que reivindicó el carácter estético en su pureza y autonomía, al margen de lo verdadero y de lo bueno. Tradicionalmente ha sido frecuente confundir, o entremezclar, estos valores con los estrictamente estético, seguramente porque faltaba el andamiaje conceptual para poder discernirlo con mayor rigor y finura. Démonos cuenta de que los contenidos gnoseológicos son siempre gnoseológicos, y de que los valores morales son siempre morales; e, independientemente de que puedan estar presentes en lo estético ―insisto― no constituyen su fundamento; si han de iluminar al sujeto en este sentido lo propio sería percibir esos valores no en clave gnoseológica o en clave moral, sino estéticamente. La prueba evidente es que disvalores molares o escenas falsas pueden propiciar percepciones estéticas. Ante la percepción estética, lo gnoseológico y lo vital son elementos extraestéticos en cuanto tales; sólo contarán estéticamente cuando se les depure de su carácter gnoseológico o vital para atenderlos estéticamente. Una actitud estética que, cuando se está en proceso de ejecución, revierte sobre todo ello lo extraéstetico, depurando todo interés espurio, para atender únicamente a su ‘aparecer estético’. Casi como sin querer hemos afirmado una clave fundamental: lo estético no está en los contenidos que aparecen, sino el aparecer de los contenidos, algo sólo aprehensible estéticamente, ya que cae fuera del orbe de lo gnoseológico y de lo volitivo.

17 de marzo de 2026

Entre el entusiasmo y el desencanto en la docencia

La docencia institucional es apasionante, pero no es menos cierto que puede convertirse, cuanto menos en determinados momentos o etapas, en una experiencia difícil, dura, frustrante, tanto como parta tener uno que hacerse violencia al levantarse por las mañanas para ir al centro educativo. Si bien el entusiasmo por la docencia puede ser una de las experiencias más plenas de un profesional de la educación, el desencanto por la misma puede ser una de las experiencias más duras. Y es que la profesión de ‘profesor’ o de ‘maestro’ abarca una buena gama de matices, como muy bien hace ver Steiner: «desde una vida rutinaria y desencantada hasta un elevado sentido de la vocación». Y las consecuencias de ambas posturas alimentan tanto otra actitud: la experiencia apasionada motiva y hace crecer al docente, mientras que la desencantada desmotiva y lo hunde emocionalmente; algo que no es sólo patrimonio exclusivo de éste, sino que también afecta al centro en general, todo lo cual revierte sobre el alumnado. Igual que hay climas institucionales motivadores, los hay del signo opuesto; como dice Torralba, «el desencanto es un virus terrible, letal, que se infiltra en las organizaciones, en las aulas, en los claustros y en el fondo del alma del maestro y acaba destruyendo el deseo de educar, de transformar el mundo a través de su acción». No es difícil pasar del ‘maestro carismático’ al ‘pedagogo destructor de almas’.

Ni el entusiasmo ni el desencanto son fruto de la casualidad: son el precipitado de actitudes y experiencias previas, algunas de las cuales se las encuentra el docente, y otras seguramente sean propiciadas por él, de modo consciente o no. Ciertamente, la profesión docente, quizá la más importante de un país, no goza en la actualidad del reconocimiento social que se merece, todo lo contrario: más bien es una pieza perteneciente a un engranaje social en el que la búsqueda del bien del alumno no es algo que se perciba a primera vista, y si por su culpa la maquinaria se ve entorpecida, se verá sometido al correctivo (de cualquier tipo) pertinente. Pero que el ambiente social sea éste, no desemboca necesariamente en el entusiasmo o en el desencanto ni del centro, ni del docente: no cabe aquí la causalidad lógica. Intervienen más factores, que habrá que analizar. Factores que darán pie a distintos escenarios: aquellos en los que ciertos profesores ‘destruyan’ a sus alumnos, aquellos en los que ciertos alumnos ‘tergiversen y traicionen’ a sus maestros y, finalmente, aquellos en los que se dé un intercambio enriquecedor propiciado por la mutua confianza y el mutuo interés, en el que no sólo aprende el alumno sino que el propio maestro aprende de él cuando le enseña.

Démonos cuenta de lo paradójico que es que un docente esté desencantado en su tarea educativa: ¡si lo suyo es un anhelo para educar! Un docente podrá poseer más o menos conocimientos en referencia a su área de especialización, pero si no siente ese anhelo en lo más profundo de su corazón, si no vibra cuando transmite a los alumnos dicho conocimiento, su esencia como docente queda en entredicho. Lo suyo de un docente es el entusiasmo, no un entusiasmo ingenuo y facilón, sino realista y con los pies en el suelo; pero entusiasmo. Esta dimensión realista y con los pies en el suelo del entusiasmo es fundamental; es fácil crearnos castillos (educativos) en el aire que se desmoronan ante cualquier viento que arrecie en contra, originado por la realidad de las cosas y de las personas. No es difícil que nos imaginemos impartiendo exitosamente nuestras clases ante alumnos admirados; seguramente será entonces cuando suene el despertador para levantarnos por la mañana.

Ese entusiasmo realista no es fácil adquirirlo: hay que cuidarlo, alimentarlo día a día, y eso ni es fácil (cada uno tiene sus momentos) ni nos lo ponen fácil (las dinámicas sociales se suelen caracterizar más por su carácter antipedagógico que por el pedagógico). El docente tiene que ser una persona más o menos equilibrada a nivel personal y más o menos formada a nivel profesional y pedagógico, y debe saber dónde está, es decir, debe poder identificar los enemigos de la buena educación que están muy presentes en el contexto sociocultural contemporáneo: los contenidos audiovisuales que se consumen por doquier con valores muy poco educativos (películas, series, programas, publicidad), las disfuncionalidades educativas (y existenciales) que se viven en las familias (sobreprotección, violencia, trastornos de distinta índole, abandonos, orfandad afectiva), las RRSS y las nuevas tecnologías (que dificultan la atención y las relaciones personales, y propician trastornos cognitivos y afectivos). No es difícil observar (de hecho, es el modelo de muchos) la admiración que nace en nuestros jóvenes (y no tan jóvenes) ante esa gente que se ¿enriquece? por los motivos más estrambóticos, la mayoría groseros, lindando incluso con la mala educación o con la barbarie; prima el objetivo de ganar mucho con poco, de triunfar sin esfuerzo, sin importar nada ni nadie. El otro no existe, salvo que interese su existencia para los objetivos de uno: no hay capacidad de reflexión, de argumentación, de diálogo, de encuentro. El buen docente es consciente de todo ello, pero no sólo de ello; porque el docente considera que, a pesar de ello, sus alumnos no están perdidos, que valen la pena, que se pueden cambiar las cosas, que la sociedad puede dar mucho más de sí, puede dar la vuelta a las cosas, o por lo menos contribuir siquiera un poco. Si uno es buen observador, comienzan a aflorar muchas más experiencias nobles de las que uno pudiera imaginar.

Junto con el trigo aparece la cizaña, junto a lo bueno de las personas también hay circunstancias menos buenas, y tan irresponsable sería olvidar las unas como las otras. Solemos quedarnos antes con lo malo que con lo bueno: desdichada condición humana. Entre esas dos aguas se mueve todo docente, y también todo alumno; lo cierto es que toda la sociedad, todas las personas. Si a alguien le compete luchar por mejorar ese equilibrio inestable, es ―a mi modo de ver― al maestro. Supongo que ello competerá a todo miembro de la sociedad, pero la responsabilidad del educador (familiar en primera instancia, institucional en segunda) creo que es especialmente relevante, dada su profesión específica. Sería más que oportuno que todo profesional asumiera este reto sobre sus espaldas, dado el carácter del ‘objeto de trabajo’ del docente; y a una con ello su sensibilidad en este sentido, así como su responsabilidad. A pesar de que la sociedad no se lo acabe de reconocer, e incluso valore todo lo contrario.